Desde la antigüedad, durante el período de Adviento, la Iglesia propone a sus fieles la lectura de extractos del libro del profeta Isaías; en concreto el primer versículo del capítulo 35. Inevitablemente, La imagen tan evocadora de este versículo ha tenido un notorio impacto en la imaginación popular
"El desierto y el yermo se regocijarán
se alegrará el páramo y la estepa,
florecerá como flor de narciso,
déjala florecer; sí, cantad con alegría y júbilo".
Así nacieron, durante la Edad Media, unas fascinantes leyendas navideñas vinculadas, de manera directa e indirecta a pasaje bíblico.
En homenaje a esa tierra árida que de repente florece "como una flor de narciso", la imaginación y la devoción populares comenzaron a fantasear con episodios del mismo tipo, que tenían lugar en la víspera de Navidad.
A continuación una recopilación de ellas.
Navidad de 1425: un manzano floreció en Bamberg

Los testimonios más antiguos de esta leyenda se remontan a la Alemania del siglo XV. Y, a decir verdad, las fuentes de la época parecen coincidir en calificar estos prodigios de milagros en todos los aspectos. Realmente habrían tenido lugar ante los ojos de numerosos testigos.
Digámoslo así: la frecuencia con la que las crónicas mencionan estos milagros (que, al parecer, se repetían de año en año, con continuidad regular, en varias partes de Alemania), es tal que, cuando menos, sorprende.
Por otro lado, es cierto que quienes relatar estos hechos, a menudo eran personas muy respetadas, a las que nos costaría imaginarnos escribiendo tonterías. Los primeros testimonios escritos sobre un florecimiento milagroso están constituidos por una declaración conjunta de Federico, obispo de Bamberg, y de Nikolaus von Dinkelsbühl, miembro de la aristocracia local, registrada el 16 de enero de 1426.
El documento todavía existe y hoy es celosamente conservado por la Hofbibliotheck de Viena (ms. 4899, fol. 312). Según palabras de los dos testigos, en la noche de Navidad de 1425, un manzano que se encontraba a poca distancia de la catedral de Bamberg había florecido inexplicablemente en medio de las heladas invernales. Sus ramas se vistieron con tres deliciosas flores rojas y brillantes, y manzanas jugosas. Al parecer, muchos ciudadanos habían tenido la oportunidad de presenciar este prodigio.
Aún más numerosos fueron los que, en los primeros días de 1430, acudieron en masa a la ciudad de Nuremberg para presenciar a su vez un milagro similar.
Navidad de 1430El manzano de Nuremberg

En este caso, Johannes Nider, un fraile dominico, describe los hechos. Habla también de un gran manzano que una vez estuvo plantado en la ciudad de Nuremberg. Aparentemente, a partir de 1430, el manzano había tomado la costumbre de florecer en la noche de Navidad.
Esto despertaba la comprensible curiosidad de la población local, que acudía todos los años al lugar para presenciar este milagro invernal.
Pero los que hemos mencionado son sólo los primeros casos. A partir de la segunda mitad del siglo XV se multiplican por toda Alemania los testimonios de milagrosas floraciones navideñas de árboles frutales que estallan de vida en pleno invierno, en medio de extensiones de nieve y hielo.
Tal como lo profetizó Isaías, si se puede decir así.
Finales del siglo XVEspino de Glastombury
La primera evidencia escrita de este fenómeno se remonta a finales del siglo XV. Es decir, estamos hablando de una época en la que las noticias de aquellas misteriosas y milagrosas floraciones que tuvieron lugar en Alemania comenzaron a extenderse por toda Europa.
Evidentemente, Inglaterra no quiso quedarse atrás e inventó ad hoc una leyenda navideña. De hecho, estaba ligada a las novelas cortesanas de temática artúrica relacionadas con el "ciclo del Grial".
En las obras literarias de la Baja Edad Media inglesa, se hablaba a menudo de cómo José de Arimatea había viajado a Gran Bretaña cuando ya era un hombre de avanzada edad. (Precisamente, trayendo consigo ese Santo Grial que los caballeros del Rey Arturo buscaban por allí).

Una tumba discreta
En una reelaboración cristiana de esta leyenda, José de Arimatea murió en la vejez y fue enterrado cerca de Glastombury, en la tierra desnuda, en señal de humildad. Para señalar el lugar de su entierro, se plantó un espino en la tumba.
Y, en las ramas de ese árbol, pronto se manifestó el poder divino: el espino de Glastombury comenzó a florecer milagrosamente durante el período navideño. Como si quisiera anunciar al mundo la promesa de un renacimiento a una nueva vida.
El retoño de Glastombury todavía existe hoy (aunque ya no es el mismo árbol que existió en la Edad Media). Y lo curioso es que realmente florece en el período invernal, sin embargo, sin necesidad de perturbar los milagros capaces de torcer las leyes de la naturaleza.
El árbol en cuestión es un espino de la variedad Crataegus monogyna 'Praecox'. Un ejemplar que, como su nombre indica, se caracteriza por una floración extremadamente temprana que tiene lugar en pleno invierno, aproximadamente a finales de diciembre, dando lugar a un ligero salpicado de pequeñas flores blancas.
¡Frente a este espectáculo inexplicable, era casi inevitable que la imaginación popular se iluminara!
Las leyendas llegan a la música
Las narraciones de floraciones en pleno invierno crecieron tanto en popularidad que llegaron incluso a los villancicos. Prueba de ello es la canción The Cherry Tree, que todavía es bastante popular en algunas partes del mundo.
La letra de este villancico se inspira en un relato popular que data de las primeras décadas del siglo XVI, reelabora un episodio narrado por el evangelio apócrifo del pseudo-Mateo. En él se imagina la huida a Egipto de la Sagrada Familia y el prodigio con el que un árbol dobla sus ramas para alimentar a la Virgen, cansada y sedienta.
Pues bien: El cerezo, reelaborando este episodio en clave más navideña, narra hechos que tienen lugar unos días antes del nacimiento de Jesús, mientras la Sagrada Familia se dirige a Belén.
Probada por el largo viaje, María es presa de uno de esos antojos propios del embarazo. Y he aquí, los cerezos que estaban plantados a lo largo del camino, de repente florecen, mostrando a la Virgen sus frutos rojos y centelleantes.
María, por tanto, pide a san José que tenga la amabilidad de recogerle algunas de esas cerezas; pero él responde bruscamente: "¡Pídele al padre de tu Hijo que te los recoja!". (Es realmente difícil de imaginar tal comportamiento, pero la letra dice así).
Pues bien: el directamente interesado (es decir, precisamente el padre del hijo de María) no se permite repetirlo dos veces. Y ante los ojos consternados de san José se produce el segundo milagro del día: las ramas del cerezo suavemente se doblan para alcanzar la altura de María.











