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“El arte de aprovechar nuestras faltas”: un gol a la soberbia

LADDER, SKY

Sergey Tinyakov | Shutterstock

Claudia Elena Rodríguez - publicado el 28/11/22

San Francisco de Sales nos enseña a ser astutos: cómo utilizar nuestras propias faltas para combatir al peor de todos los pecados, la soberbia.

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Dice san Pablo en la Carta a los Romanos: «Todo contribuye al bien de aquellos que aman a Dios» (Rom. 8,28) ¿Todo? ¿En serio? Sí, todo. Incluso nuestras faltas, pecados e imperfecciones pueden ayudarnos a avanzar en la vida espiritual, si sabemos aprovecharlas.

En el breve manual El arte de aprovechar nuestras faltas (escrito en 1894), el sacerdote José Tissot resumió las valiosas enseñanzas de san Francisco de Sales sobre cómo sacar partido de nuestros errores y ganarle el partido a la soberbia.

¿Imperfectos? Sí, claro

En un club de lectura en el que participé, un señor contó una anécdota que me hizo mucha gracia y por eso aún la recuerdo. Dijo que el día de su Primera Comunión, saliendo de la iglesia y todavía con el cirio en la mano, se fue a los golpes con otro niño.

Me ha ocurrido que regresando a mi casa después de la Misa, reacciono mal ante alguna pequeñez. Ahora, mucho más atenta a mi vida espiritual, veo que me comporto como el niño de la anécdota y pienso: ¡Pero qué estoy haciendo!

Me parece que, dentro del abanico de mis faltas, esta es la más triste de todas porque si acabo de recibir al Señor en la Eucaristía… ¿Cómo así que ya caí?

La imperfección del ser humano es un tema amplísimo que incluye desde pecados gravísimos hasta faltas chiquiticas, pasando por vicios refinados.

Este texto (está en la web), se concentra en esas faltas pequeñas que, en términos futbolísticos, no ameritan ni siquiera una tarjeta amarilla, sino que se resuelven con una amonestación verbal del árbitro, pero de las que podemos beneficiarnos, y mucho.

Mejores, pero nunca impolutos

Es motivo de alegría ver nuestro progreso en la vida espiritual: ¡Ya no vamos de tumbo en tumbo! Atrás quedaron esas épocas de «caídas groseras» y «pecados vergonzosos».

Sin embargo, todavía cometemos muchos errores, y algunos nos descolocan. Por más que nos esforcemos, de vez en cuando caemos en pecados veniales y faltas pequeñas, porque nuestra naturaleza es imperfecta.

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Ante esas caídas menores, algunos se encogen de hombros y las desdeñan por considerarlas poca cosa. Error. No debemos ignorarlas porque ofenden a Dios y, además, pueden llevarnos a faltas graves. Bien sabemos que el que falla en lo poco, falla en lo mucho.

Otros, por el contrario, se asombran y hasta se enfurecen así la falta cometida sea chiquita, lo cual también es un error. Dice el texto que, si nos irritamos más de la cuenta es porque somos novatos o muy soberbios… o ambas cosas.  

Entonces, ¿cómo debemos actuar ante estas faltas menudas? Claramente no debemos ignorarlas, pero tampoco dramatizar, sino utilizarlas para hacerle muchos goles a la soberbia, como veremos más adelante.

Somos la fragilidad viviente

Dice san Francisco de Sales que no debe extrañarnos ni un poquito el seguir cometiendo faltas.

Es comprensible que a pesar de tantos años de itinerario espiritual, sigamos tropezando.

Esto ocurre porque sencillamente no somos ángeles y tampoco podemos estar en guardia todo el día, atentos para no resbalar nunca. Sería una misión imposible.

Por consiguiente, lo primero que aconseja es aceptar nuestra fragilidad. La imperfección nos acompañará hasta el último día de nuestra vida, esa es la verdad.

Ahora, esto no debe entristecernos en lo más mínimo porque es evidente que, con la gracia de Dios, mejoramos cada día más y más.  

En cambio, la perturbación acarrea siempre consecuencias negativas. Nos desalienta y paraliza, al punto de llegar a pensar que es mejor no luchar más porque somos un caso perdido. Pase lo que pase no debemos perder nunca la paz.

La soberbia, nuestro peor enemigo

Dios permite que sigamos teniendo errores, e incluso, a veces deja que nos equivoquemos feo, para alertarnos y protegernos de un mal mucho peor: que caigamos en el más grande y dañino de todos los vicios. El más difícil de curar, y el que más nos aleja de Él: la soberbia.

Sobre este pecado, el santo dice (pág. 31):

«Es una estimación y un amor desordenado anuestra propia excelencia», y para que nos quede claro su gravedad, cita a santo Tomás de Aquino, quien explica: ‘En los otros pecados, el hombre se aleja de Dios por ignorancia, por flaqueza o por el deseo de un bien cualquiera. Pero la soberbia le aparta de Dios únicamente porque no quiere someterse a Él ni a su ley'».

Asimismo, nos recuerda que Aquel que eligió nacer en un pesebre y dijo «Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón» se mantiene a distancia de los soberbios.

El apóstol Santiago es contundente al respecto: «Dios resiste alos soberbios«. No dice que no le agraden, o que le fastidien, dice que le repelen. Es fuerte.

¿Cómo sacar ventaja de las faltas?

Este manual nos invita a ser listos. Debemos aprovechar esas pequeñas imperfecciones cotidianas para conocernos mejor a nosotros mismos y ver que no somos la maravilla que nos hace creer la soberbia. Somos criaturas imperfectas.

El asunto es muy sencillo. Se trata de detenerse un tan solo un instante, aceptar la falta, pedir perdón a Dios y hacer el propósito de rectificar.

Este fácil ejercicio es un acto de humildad que, poco a poco, nos ayudará a abajarnos y reconocernos hijos necesitados y amados por Dios, de quien todo hemos recibido.

En el fondo se trata de aceptar lo evidente, nuestra pequeñez (pág. 27):

«Qué mejor remedio para esa estimación (desordenada) que tener a la vista nuestras faltas?».

Si seguimos el consejo de san Francisco de Sales, nuestras imperfecciones serán pequeñas derrotas, pero con sabor a victoria, porque nos irán limpiando de la temida soberbia y acercándonos más al Señor.

Benditas imperfecciones

Ahora bien, en la medida en que, apoyados en los propios errores, vamos sacando la soberbia, va llegando la humildad con una excelente noticia:

«Así como resiste a los soberbios, da su gracia a los humildes… y esa gracia nos inunda en proporción a nuestro abajamiento».

Concluye el autor:

«Benditas imperfecciones que nos hacen reconocer nuestra miseria y nos ejercitan en la humildad».

Combatir la soberbia es el principal logro que podemos sacar de nuestras faltas, pero no el único.

Este libro explica otros beneficios: ser humildes, crecer en la confianza y gratitud a Dios, ser indulgentes con el prójimo, y también, ser más prudentes y piadosos.

Una versión futbolera

Como estamos en medio del Mundial de Fútbol de Qatar, a continuación, una versión «futbolera» con algunas de las mejores enseñanzas de este libro:

  • En la vida espiritual, el que comienza a sentirse «crack» siempre pierde.
  • La soberbia es de lejos su peor adversario. Utilice sus propias faltas para voltearle el partido.
  • Confíe siempre en su «entrenador». Tenga presente que es Misericordioso y omnipotente.
  • Así esté jugando el peor partido de su vida, no se desanime, ni se detenga. Siga jugando, que la ayuda ya va en camino.
  • Recuerde que en la «Copa Espiritual», los de corazón contrito y sencillo siempre ganan. Jueguen como jueguen Dios, los perdona y premia, porque se derrite con los humildes.
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