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Los hispanos tienen mucha vitalidad que aportar a la Iglesia en Alemania

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@catolicosalemania

Inma Álvarez - publicado el 16/11/22

Las misiones de lengua española atienden a una población inmigrante de cerca de un millón de personas de 21 naciones distintas. El reto de vivir la fe en la unidad de la diversidad

Nacieron en los años 60, de la mano de los obispos españoles, para acompañar a sus feligreses que emigraban temporalmente a Alemania durante el desarrollismo franquista.

Pero hoy, las misiones en lengua española son mucho más amplias, y su reto, más apasionante. Casi un millón de personas, de más de veinte países (incluyendo la Guinea Ecuatorial) viven y trabajan en este país europeo. Con muchas dificultades: la cultura, el idioma, la soledad, la dificultad para integrarse, los traumas del pasado…

Tienen su propia publicación, Cartaalospadres.com, que se edita en Bonn desde 1972, y que actualmente dirige el español Joaquín Simó. Y desde siempre, con una enorme sensibilidad social y de ayuda a las familias a encontrar su hogar en la Iglesia local y en la sociedad germana.

Ferran Jarabo, delegado nacional para la pastoral hispana en Alemania, habla a Aleteia sobre esta desconocida pastoral con personalidad propia, que hoy también llama a la puerta del CELAM y de la Comisión Pontificia para América Latina.

– ¿Qué realidad encuentra la pastoral hispana en Alemania? ¿Cuántas personas están atendiendo?

Estamos atendiendo a casi un millón de hispanos, incluyendo a personas en situación de ilegalidad, aquí en Alemania. Proceden de toda Latinoamérica, Guinea Ecuatorial y España. 

Es una pastoral que no es nada fácil. Porque claro, la gente llega aquí sin saber alemán. Muchas veces no saben que existimos, que hay parroquias alemanas que tienen servicio en español. Esa es una primera dificultad, que puedan contactar con nosotros. Por eso, estamos intentando últimamente promover mucho nuestra presencia en internet; para que la gente sepa que existimos y nos pueda encontrar.

Tenemos unos 26 o 27 sacerdotes magníficos, intentando servir lo mejor que pueden a la pastoral hispana. Tenemos sacerdotes no sólo de España, sino también de Venezuela, de Argentina, de Colombia, de México, Brasil…  incluso un sacerdote africano, de Guinea Ecuatorial; también un polaco, un alemán que también nos están haciendo el servicio, un rumano que también nos está ayudando, también brasileños… 

El anterior delegado de la pastoral hispana era mexicano, Es decir, que a las parroquias, a las misiones, viene gente de muchas nacionalidades diferentes. Tenemos un sacerdote paraguayo también que nos acaba de llegar.

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– ¿Cómo nace esta pastoral hispana, que ya tiene décadas de presencia en el país?

La Delegación Nacional de pastoral hispana nace en los años. 60, ante la gran cantidad de españoles que vienen aquí a trabajar. Se ve enseguida la necesidad de que estos trabajadores que vienen aquí temporalmente puedan ser atendidos en su idioma.

Y empiezan a aparecer diferentes parroquias, con una dimensión profundamente social, de acogida, de intentar ayudar a que todos esos inmigrantes inmigrantes no se sientan solos. Y esa pastoral prosigue en el tiempo. 

A partir de los años 80, 90 nos encontramos con que empiezan a llegar inmigrantes no sólo españoles, sino de toda Latinoamérica, es decir, de prácticamente 21 países diferentes. A partir de ahí, ya José Antonio Arzalluz, el delegado entonces, cambió el nombre: ya no somos misiones españolas, sino misiones de lengua española en Alemania.

– ¿Y de quien dependen estas misiones dentro de la iglesia?

Las misiones dependen de cada diócesis, pero la delegación depende de la Conferencia Episcopal Española y de la Conferencia Episcopal Alemana.

Yo estoy intentando en estos momentos, que el CELAM tenga también participación en la delegación, porque yo pienso que eso es muy importante. Nosotros desde la delegación estamos intentando que la pastoral de conjunto que hacemos esté vinculada de alguna manera también a la pastoral que se hace en toda Latinoamérica.

Porque nos parece que eso es muy importante. Primero, para que se vea una continuidad de la Iglesia, la Iglesia que no abandona a los inmigrantes, sino que los acompaña. Y luego porque si esos inmigrantes regresan a su país, ya puedan estar ya insertados en esa pastoral.

Por eso hicimos un curso de familias con el CELAM, y por eso ese interés de hacernos presentes también ahí en Estados Unidos, en el Congreso, Raíces y Alas de pastoral hispana. 

Tenemos ese interés de que los inmigrantes sientan esa presencia de Iglesia que los acompaña y que los sigue. Nuestra situación no es tan fácil como Estados Unidos, porque el alemán no es tan accesible como el inglés. Por eso es muy importante que, sobre todo las primeras generaciones que rezan en español, puedan encontrar misas y pastoral en esa lengua.

– ¿Cuáles son los mayores retos a los que se enfrenta la pastoral hispana en Alemania?

Uf. Son muchísimos. Uno es la falta de sacerdotes; ahora, por ejemplo, tengo dos parroquias, misiones sin cubrir. Es muy difícil conseguir sacerdotes.

Otro punto es la pastoral de conjunto. Nuestra pastoral todavía está en pañales, y tenemos que intentar conseguir esa sinodalidad de la que tanto se habla últimamente: estamos intentando por todos los medios dar a entender que la pastoral no depende sólo de los curas, sino de los laicos. Y actualmente, con la crisis de vocaciones, todavía más.

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Ferran Jarabo, en el centro, junto a miembros de la pastoral hispana

¿Cuáles son los retos más grandes que se enfrenta un católico, sobre todo de América Latina, cuando llega a un país como Alemania? Porque el choque cultural tiene que ser tremendo.

Es brutal. Mira: Cuando un inmigrante –vamos a poner un matrimonio que llega aquí con dos hijos–  llega aquí, es porque fundamentalmente está escapando de una situación insostenible en su país de origen. Vienen porque no tienen salida en su país. Entonces llegan, y aquí se encuentran con que sí hay trabajo, naturalmente, pero existe la barrera del idioma.

Por lo tanto, tienen que trabajar y tienen que aprender el idioma al mismo tiempo. Los hijos van a una escuela, en la escuela no se enteran de nada tampoco, y eso genera muchas veces momentos de depresión. 

Los hijos se sienten a veces abandonados. Hay que hacerles ver que los padres están haciendo todo lo que pueden para integrarse. Es una realidad bastante dura. Es verdad que Alemania es un país al que, si llegas legalmente, tienes posibilidades de trabajo. Pero es verdad también que la integración es bastante dura. 

Yo creo que en este sentido hay que agradecer muchísimo a la Conferencia Episcopal Alemana y a las diócesis, ese espíritu que tienen de acogida, a través de las parroquias hispanas, porque realmente es un bálsamo. Es un momento de de tranquilidad, de paz para la gente, poder estar en una misión. 

Ya para un español, venir aquí es muy difícil, porque supone un cambio de mentalidad, de cultura, aunque estemos en la misma Europa. Pero venir de Hispanoamérica es un cambio aún más difícil.

Nosotros desde las misiones intentamos ayudar e intentamos ser ese puente para que se puedan ir integrando, no solo en la Iglesia alemana, sino en la sociedad civil. Muchas veces tenemos que actuar como asistentes sociales también, para ayudar a las personas.

¿Y qué crees que es lo que está aportando el inmigrante hispano, la Iglesia alemana.

Qué estamos aportando y qué podemos aportar, las dos cosas. Se lo digo siempre a ellos, a los hispanos: tenemos que ponernos las pilas, tenemos que ponernos a trabajar. Nosotros podemos aportar esa capacidad que tenemos de improvisación, esa alegría espontánea, que les falta a los alemanes.

Para nosotros cada Eucaristía, cada vez que nos juntamos es un momento de alegría, de música, de baile, ¿no? Yo pienso que todo ese vigor, toda esa fuerza que llevamos nosotros dentro, es lo mejor que podemos aportar.

Porque la Iglesia alemana, como también en parte la Iglesia española, es una iglesia ya vieja, está un poco apagada… Pero nosotros podemos aportar todo ese aire nuevo y fresco y pienso que debemos hacerlo. Yo veo en nuestras reuniones diocesanas que los alemanes aprecian mucho eso, porque nosotros intentamos aportar la fe viva, esa fe que que busca caminos de salida.

Me imagino que las celebraciones litúrgicas deben de sorprender mucho porque los españoles llegan con sus guitarras y su música…

Me han comentado otros sacerdotes de nuestras misiones, que muchos alemanes van a la misa hispana solamente por eso. Yo recuerdo que una vez aquí en la misión vino una familia alemana con niños pequeños, que no entendían nada de español.

Y yo les dije, vayan a la misa en alemán, porque aquí ustedes no entienden nada. Y respondieron, no, no, venimos aquí porque queremos que nuestros hijos vean este ambiente. 

Pues realmente es eso, ambiente de fraternidad, de ayuda mutua, de fiesta, de celebración, de participación. Yo creo que eso es un aporte importante. La iglesia alemana está más acostumbrada al órgano, a la música más solemne. Aportamos savia fresca, nueva vitalidad, y eso a la gente le atrae.

Cuando llegan de tantas nacionalidades y llegan los mexicanos con su Guadalupana, los venezolanos con su Coromoto y los colombianos con su Chiquinquirá, los españoles con su Rocío… ¿Cómo hacer síntesis en una única pastoral para todos? ¿Dirías que hay una nueva hispanidad cultural en estos países?

Nosotros estamos intentando proponer sobre todo a la Virgen de Guadalupe y a la Virgen del Pilar, la primera aparición de la Virgen María en el mundo y la primera aparición en América. Estamos intentando promover esas dos fiestas como las importantes aquí en las misiones. Y claramente está poniéndose Guadalupe en primer lugar (ríe).

Pero luego intentamos también aquí, por ejemplo, celebrar la tradición del Cristo de los Milagros, que es muy fuerte en Perú. Existen hermandades del Cristo de los Milagros muy importantes en toda Alemania. Estuve hablando recientemente con el presidente, que está en Hamburgo, y proponíamos hacer un encuentro con todas las hermandades del país. 

Intentamos celebrar todas las fiestas: la Virgen de Luján, la Virgen de Chiquinquirá… Todo lo que representa nuestros países, 21 países diferentes, intentamos que de alguna manera esté presente en nuestra pastoral. 

A veces se nos podrá acusar de demasiada religiosidad popular. Pero yo creo que detrás de la religiosidad popular está la fe de un pueblo. Y pienso que es muy importante proteger esa fe. Por eso a cualquier celebración que me proponen, yo siempre digo que sí, porque forma parte de la riqueza de nuestros pueblos. 

Aquí en mi diócesis en Limburg, una vez al año se hace en Frankfurt una procesión con la Virgen de Fátima. Que también forma parte de nosotros los hispanos, y estamos contentos de participar en la procesión. Y procuramos cantarle también en español para que se nos oiga, para que se nos vea, que estamos aquí.

¿Y cómo sientes esta misión dentro de la Iglesia tan particular como sacerdote español?

Mira, yo personalmente estoy muy feliz de estar aquí, porque puedo vivir esas esas realidades diferentes. No es lo mismo un mexicano que un argentino, no es lo mismo un salvadoreño que un guatemalteco. Todos tienen sus signos culturales diferentes. Nos une la misma lengua, nos une la misma fe, nos une el mismo Cristo. Y yo pienso que todo eso es un reto.

Me lo he planteado así desde que he llegué tanto a la misión como a la delegación, como un reto: el de poder vivir juntos la fe, y el poder vivir juntos desde la diversidad. Esto es lo que a mí más me llena y más me entusiasma del trabajo que hago aquí.

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