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Catalina de Aragón: La reina católica más querida por los ingleses

CATHERINE OF ARAGON

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Sandra Ferrer - publicado el 06/11/22

Se mantuvo firme ante los caprichos del rey, defendiendo su honor y su fe hasta la muerte

En la catedral de Peterborough hay una lápida sencilla en la que siempre hay flores frescas. En un país protestante, en el que su rey es cabeza de su iglesia, la Iglesia Anglicana, aún hay muchos católicos que se niegan a olvidar la figura de una de sus reinas más amadas.

Bajo los ramos y mensajes de cariño, descansa una mujer que nació lejos, muy lejos de esas tierras húmedas y frías. Catalina de Aragón sigue siendo recordada y admirada por muchos ingleses que ven en su figura histórica a una mujer valiente, a una reina digna, a una esposa firme y a una católica que demostró que su fe no estaba en venta. 

CATHERINE OF ARAGON

Catalina de Aragón fue la última hija de los Reyes Católicos y como tal, fue educada como el resto de sus hermanas para convertirse en princesas y reinas del mundo moderno en el que habían nacido. Llegó al mundo en la corte itinerante de sus padres, quienes el 16 de diciembre de 1485 se encontraban en Alcalá de Henares.

La pequeña Catalina recibió una formación exquisita y, posiblemente mucho más elevada que la de cualquier otra princesa europea. Con preceptores de excepción, como los humanistas Lucio Marineo Sículo y Pedro Mártir de Anglería o los hermanos Antonio y Alejandro Geraldini, Catalina aprendió derecho canónico y civil, literatura, aritmética, historia, teología, filosofía, además de varios idiomas como el latín o el francés. Estos preceptores y su propia madre le inculcaron una sincera fe católica. 

Testigo de la toma de Granada

Durante su infancia, fue testigo de uno de los momentos más importantes del reinado de sus padres, la toma de Granada. La Alhambra fue precisamente su último hogar en España. Desde allí, a sus quince años, abandonaba para siempre su hogar, su familia, su tierra, para cumplir con el acuerdo matrimonial gestionado poco tiempo antes entre sus padres y los reyes de Inglaterra. Su matrimonio debía ser una pieza más en el engranaje político de los Reyes Católicos, dispuestos a aislar a su eterna enemiga Francia en el tablero europeo.

Acompañada de un amplio séquito en el que se incluía su antiguo preceptor, el capellán Alejandro Geraldini, quien ejercería durante años como su más fiel confesor, Catalina llegó a Inglaterra en septiembre de 1501. Pocos días después se celebraba la boda entre la princesa española y el príncipe Arturo en la Catedral de San Pablo de Londres.

Convertida en Princesa de Gales, Catalina se trasladó con su marido al Castillo de Ludlow donde no tendría tiempo de llegar a conocer al enfermizo príncipe, quien falleció en la primavera de 1502. Catalina aseguró entonces que su matrimonio no se llegó a consumar.

Viuda, sola, sin herederos, durante siete años vivió en un extraño limbo en el que estuvo al amparo de la voluntad de su padre y su suegro, que tardaron demasiado tiempo en decidir cuál sería su destino. Ya entonces demostró ser una princesa digna de su nombre, ejerciendo como embajadora y diplomática de su propio padre, Fernando el Católico. Finalmente su decidió que volvería a casarse, esta vez con su cuñado, el futuro rey Enrique VIII. 

Una reina sabia

La nueva reina de Inglaterra se ganó pronto el afecto de su pueblo, de la corte y de su marido, quien durante años amó y respetó a su esposa, quien se convirtió en una importante consejera y ejerció como regente durante sus ausencias, demostrando que era digna hija de su madre, la reina Isabel la Católica. Catalina hizo de su corte un lugar de sabiduría y erudición.

Impulsó mejoras en las universidades, además de implicarse en obras de caridad vinculadas a la Iglesia. En 1523 llegó a Inglaterra el humanista católico Juan Luis Vives, quien se convirtió en uno de sus principales consejeros espirituales y participó en la educación de la joven princesa María.

Fue a ellas a quienes dedicó una de sus obras más conocidas La instrucción de la mujer cristiana, un texto publicado por primera vez en 1524 y que en poco tiempo se extendió por toda Europa, tal fue su éxito. En su obra, Vives ensalzó como virtudes de la reina «la santidad de tus costumbres y el entusiasmo que tu espíritu muestra hacia los estudios sagrados».

Con el paso de los años y la ausencia de herederos, la distancia entre Enrique y Catalina empezó a hacerse demasiado grande. Hasta seis veces quedó embarazada la reina. Solamente uno de ellos llegó a buen puerto, la princesa María. Para entonces, el corazón de Enrique había sido atrapado por una dama de la corte, Ana Bolena, y su impaciencia por tener un heredero llegó a ser peligrosa para el futuro de Catalina. La reina ya había tenido que soportar otras infidelidades del rey, pero esta vez no iba a ser un simple escarceo amoroso. 

CATHERINE OF ARAGON

Cisma y persecución

Convencido de que su matrimonio estaba maldito, a pesar de que el Papa Julio II les había otorgado una dispensa papal, Enrique VIII quería un heredero y Catalina no se lo podía dar. También quería casarse con Ana Bolena, a costa de lo que fuera. Su petición de anulación al Papa no surtió efecto. Así que tomó una peligrosa decisión, romper con Roma e instaurar sus propias leyes eclesiásticas.

El Acta de Supremacía, firmada en 1534, nombraba a Enrique VIII cabeza de la Iglesia de Inglaterra. A partir de aquí, podía decidir él mismo sobre su futuro. 

Mientras tanto, Catalina había hecho todo lo posible por seguir siendo la esposa de Enrique. Para ella, su matrimonio era sagrado y, a los ojos de Dios, no se podía disolver. En la corte eclesiástica convocada unos años antes, en 1529, para intentar encontrar una solución al complicado entuerto, Catalina habló alto y claro: «Pongo a Dios y a todo el mundo por testigos de que he sido para vos una mujer verdadera, humilde y obediente». Suplicando al rey que abandonara aquella peligrosa empresa, asumió que, de no querer escucharla, se cumpliera «vuestra voluntad, que yo a Dios encomiendo mi causa». 

Firme en su decisión, Catalina no estaba sola. Importantes miembros de la Iglesia como el obispo Juan Fisher o el teólogo y humanista Tomás Moro, se mostraron abiertamente defensores de Catalina. Ambos fueron ejecutados por orden del rey.

Confinamiento

El destino de Catalina fue el destierro. Dado que se negaba a perder su título de reina, Enrique se empeñó en llamarla oficialmente «Princesa viuda de Gales» y la recluyó en el castillo de Kimbolton, donde fallecería el 7 de enero de 1536. La última etapa de la vida de la reina Catalina fue una dura prueba para ella.

Alejada de su propia hija y viviendo en condiciones deplorables, se apoyó en su fe, negándose a aceptar la reforma impulsada por su marido. Su determinación fue ejemplo para quienes tampoco querían renegar de sus creencias católicas y se convirtió en una de las reinas más admiradas por su pueblo. Los últimos años de su vida, como miembro de la Orden de San Francisco, vivió confiada a su fe, asistía a misa todos los días y se refugiaba en la oración. 

El pueblo de Inglaterra lloró sinceramente la muerte de la que siempre habían considerado su reina, sobre todo quienes vieron en ella a su auténtica soberana católica. Oficialmente murió con el título de“Princesa viuda de Gales”. En su tumba se puede leer, “Catalina Reina de Inglaterra”. 

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