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El Sancarlone: el impresionante monumento a san Carlos Borromeo en Arona

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faber 1893 - Shutterstock

El monumento a san Carlos Borromeo que está en Arona (Italia).

Miriam Esteban Benito - publicado el 03/11/22

El entorno paisajístico de la estatua es bellísimo, puesto que está junto al Lago Maggiore, en el Norte de Italia

Durante casi dos siglos fue la estatua visitable en su interior más alta del mundo, superada en 1886 por la Estatua de la Libertad de Nueva York.

Es la estatua de San Carlo Borromeo, que preside el pueblo piamontés de Arona, a orillas del Lago Maggiore en el Norte de Italia. Llamada coloquialmente el «Sancarlone», es una estatua de 35 metros, incluido el pedestal, que tiene los rasgos de este santo.

Su construcción empezó en 1624 por orden de Federico Borromeo, primo de Carlo Borromeo y su sucesor como arzobispo de Milán, y terminó en 1698.

El proyecto fue de Giovanni Battista Crespi, famoso pintor, arquitecto y escultor, conocido bajo el seudónimo de «El Cerano».

La estatua del Sancarlone es visitable en su interior y los diferentes orificios de su cara dejan ver un maravilloso paisaje.

La arquidiócesis de Milán ha donado a la Iglesia varios papas, entre los cuales destacamos a Pío XI y Paolo VI, que fueron previamente arzobispos, y también decenas de santos.

Entre los santos arzobispos de Milán, uno de los más queridos es San Carlos Borromeo, copatrono de la ciudad junto con San Ambrosio y San Galdino.

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La estatua de san Carlos Borromeo junto al lago Maggiore.

Carlo (Carlos en español) nació en 1538 en Arona, en el seno de la familia Borromeo, muy influyente en la época y con cierta posición social.

Fue nombrado cardenal con 22 años por su tío, el papa Pío IV, y arzobispo de Milán con 27 años. Murió en Milán en el año 1584, después de una vida de entrega a la Iglesia y al pueblo, de manera particular a los pobres y enfermos (ayudó incansablemente a las víctimas de la carestía de 1569-70 y de la peste de 1576-77).

Durante toda su vida se dedicó a la misión de servir a la Iglesia y dar a conocer el Evangelio. Mantuvo una activa acción pastoral y se sacrificó en reformar profundamente la Iglesia, empezando por su diócesis, aunque esto le supusiera caminar a contracorriente.

Influyó de manera significativa en las etapas finales del Concilio de Trento, convirtiéndose en uno de los principales promotores de la llamada «Contrarreforma» y colaborando en la redacción del «Catecismo Tridentino».

Su intensa acción pastoral, profundamente estimulada por el amor de Cristo, no le ahorró hostilidades y resistencias.

San Carlo es uno de esos Santos a quien el Señor le fue edificando poco a poco: cultivó la oración y contemplación para educar su corazón, fue un gran amante del saber y de formar la mente con el estudio, trató siempre de orientar las apetencias del cuerpo a través de la fatiga. Con su testimonio de vida, la Iglesia se edificó.

A través de la oración y la penitencia, transformaba la vida en un camino de Santidad.

«No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que al alma no pueden matarla; temed más bien a aquel que puede perder el alma y el cuerpo en la gehenna» (Mt 10, 28).

La figura de San Carlo expuesta a orillas del Lago Maggiore nos invita a seguir caminando y a salir en misión. Nos empuja al abismo de la belleza de dejarse transformar interiormente para brindar a nuestra vida un verdadero camino de santidad.

Los orificios de la estatua a la altura de los ojos que nos permiten observar el paisaje nos recuerdan que los ojos son como la ventana del alma. Somos una unidad y nuestra alma refleja nuestro exterior. O, dicho de otro modo, «de la abundancia del corazón habla la boca».

Al igual que San Carlo, no debemos de tener miedo para dar testimonio de nuestra fe. Hemos sido llamados para participar en la obra de salvación:

«Sucede que unidos con Cristo en la Iglesia crecemos en todo hacia Aquel que es la Cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo toma crecimiento precisamente para la perfección de sí mismo en la caridad, y la Iglesia Madre sale siempre a cumplir ese misterio de la voluntad divina, para restaurar en la plenitud ordenada de los tiempos todas las cosas en Cristo» (Editae Saepe, Pio X).

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