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Después de la muerte, ¿qué pasa con los ángeles?

PURGATORY

Renata Sedmakova | Shutterstock

Fernando Cárdenas Lee, Foyer de Charite - publicado el 02/11/22

Esta es la pregunta que muchos se hacen, y en este mes de noviembre el especialista en ángeles Fernando Cárdenas quiere ayudarte a dar una respuesta

Entre los ángeles y los hombres hay una comunión muy estrecha: desde su comienzo hasta la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia (Catecismo 336).

De esta manera, la tarea de los santos ángeles es la de proteger a los hombres y buscar su salvación, y cuando hablamos de salvación nos referimos a cuerpo y alma.

En la muerte se da «la separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado» (Cat. 997).

Es en este momento donde se invoca a los ángeles para que esta separación sea sin dolor ni turbación.

De acuerdo a la tradición, es san Miguel Arcángel quien defiende de toda turbación a la persona que va a fallecer, y los ángeles de la guarda quienes buscan con toda su fuerza que mueran en gracia de Dios.

Los ángeles custodios del cuerpo

Una vez que se da la separación del alma del cuerpo, los ángeles continuan la protección del cuerpo del fallecido.

Esta fe se expresa en la bendición que se hace de la tumba, donde se pide que el lugar donde reposa el cuerpo sea custodiado por un ángel. La oración que se hace te la comparto:

Dios, por cuya misericordia
descansan las almas de los fi­eles,
bendice esta tumba (este sepulcro)
y designa para su custodia a tu santo ángel.
Que el alma de quien hoy sepultamos
se vea libre de las ataduras del pecado
y así­ se alegre eternamente contigo
en la compañí­a de todos sus santos.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Esta custodia que hace el ángel del lugar donde reposa el cuerpo sin vida en la tumba es una indicación de la dignidad del cuerpo humano que no desaparece con la muerte.

No es un objeto o una cosa que pueda ser manipulable o cosificada, ni siquiera aún ya fallecido.

Es un cuerpo de una persona humana que es propiedad de Dios y que hace parte integrante de la persona humana.

Los ángeles custodios del alma

En el Evangelio leemos que Jesús confesará delante de los ángeles a aquellos que lo hayan confesado delante de los hombres, y negará delante de los ángeles a aquellos que lo hayan negado delante de los hombres (Lc. 12, 8-9).

Este texto pone de manifiesto que los ángeles son testigos del supremo juicio divino sobre cada hombre.

En la parábola del rico epulón, Jesús pone de manifiesto que los ángeles son quienes transportan el alma del pobre Lázaro ante el seno de Abraham.

De ahí que la tradición de la Iglesia enseñe que son los ángeles custodios de cada persona los encargados de llevar al paraíso el alma de sus protegidos y es san Miguel Arcángel quien introduce las almas ante la presencia de Dios.

Esta ayuda de los ángeles en este momento es explicada así por san Juan Crisóstomo:

«Si tenemos necesidad de una guía cuando pasamos de una ciudad a otra, cuánto más el alma que rompe los lazos de la carne y pasa a la vida futura tendrá necesidad de alguien que le muestre el camino».

Lucha espiritual entre ángeles y demonios

En este camino que el alma hace se encuentra con los demonios, quienes son los acusadores, y presentan los deméritos del alma y quieren robarla.

Los ángeles santos buscan presentar los méritos y buscan llevarla a la presencia de Dios. Es un momento de combate entre Satanás, el acusador y ladrón de almas, y san Miguel, el principie de las milicias celestiales y de los derechos de Dios sobre las almas.

Esto es lo que sucede después de la muerte, según el Catecismo (1021):

«Cada hombre recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de la purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre».

¿Dónde va el ángel cuando el alma sigue su destino?

Como el ángel es totalmente santo y ha tomado ya su decisión libre por Dios, no puede acompañar al alma ni al purgatorio ni al infierno.

Pero el ángel guardián puede seguir ayudando e intercediendo por el alma que se encuentra en el purgatorio, ya no por la que se encuentra en el infierno.

La ayuda que da para los que se encuentran en el purgatorio es muy variada: nos invitan y exhortan a orar por las almas del purgatorio, mueven nuestro corazón pidiendo que recemos por estos hermanos nuestros que se encuentran en aquel lugar de purificación.

Sobre esta ayuda leemos en el Diario de santa Gemma Galgani:

«Su ángel la estimulaba en este deseo de liberar a estas almas. Un día le dijo: «¿Cuánto tiempo hace que no has rogado por las almas del purgatorio? Desde la mañana no había rogado por ellas. Me dijo que le gustaría que, cualquier cosa que sufriera, la ofreciera por las almas del purgatorio. Todo pequeño sufrimiento las alivia, sí, hija, todo sacrificio por pequeño que sea, las alivia«.

Esas palabras también te las dirige el Ángel en el día de hoy: «¿Cuánto tiempo que no has rezado por las almas del purgatorio?».

Alabanza y gratitud eternas

Las almas que llegan a la presencia de Dios, se unen al coro de los ángeles y santos para entonar el himno de alabanza y acción de gracias.

En cambio los ángeles guardianes ya no pueden intervenir por aquellas almas que deciden rechazar el amor y la misericordia de Dios. Ellos alaban y adoran la justicia de Dios.

La presencia y protección que brindan estos seres espirituales en este momento de la muerte debe abrirnos los ojos a esta dimensión del amor de Dios que tanto desea que lleguemos a su presencia.

Él nos ha revestido con tal dignidad que en todo momento somos protegidos, custodiados y guardados por tan maravillosos amigos.

Esta presencia nos impide ver la muerte con ojos meramente “horizontales” y abrirnos a una esperanza de unirnos con estos grandes amigos nuestros que nos invitan, ayudan y acompañan.

Para que junto con ellos, tributemos un canto de adoración allí donde «enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado» (Ap. 21,4).

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