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«Dios en mi secuestro»: El banquero que regresó a casa tras 11 meses en cautiverio

VENEZUELA

@enlaucab

Macky Arenas - Aleteia Venezuela - publicado el 01/11/22

Un tiempo de reflexión donde Dios se manifestó y que sirvió de lección de vida para muchos

Pertenece a una familia venezolana ejemplar, no sólo por la excelencia en lo que hacen sino por su profunda fe y un gran sentido de solidaridad y sensibilidad social que todos comparten. Germán García-Velutini es uno de ellos. 

Muy involucrado en la gestión del movimiento jesuita Fe y Alegría, es un buen profesional y eficiente colaborador en la empresa bancaria familiar.  Germán, un tipo tímido pero muy agradable, no imaginaba la odisea que tendría que vivir y que comenzaría un 5 de febrero del 2009, exactamente el Miércoles de Ceniza. Arrancaba uno de los secuestros más sonados y prolongados en Venezuela.

En estos tiempos, en que nos enteramos día tras día acerca de secuestros, vejaciones y asesinatos a lo largo y ancho del mundo, necesariamente vienen a la mente algunos casos  referenciales para los venezolanos. Sobre todo uno de ellos, el de Germán, que en su momento puso en vilo no sólo a su familia sino a todo el país. 

Un caso que mostró a propios y extraños que el amor de Dios no abandona, ni en medio de las peores tragedias. Todo ello quedó plasmado en un pequeño pero sustancioso libro, «Dios en mi secuestro» que guarda las reflexiones de un cautiverio donde aprendió a hacer la voluntad del Padre «así en la tierra como en el cielo». Esa fue la fuerza que lo ayudó a mantenerse con dignidad.

«El día menos pensado»

Así se titula una serie de televisión chilena que mezcla la realidad con los hechos paranormales. Nadie esperaba lo que ocurriría. Y menos Germán. Eran las 5 de la tarde cuando salió de sus oficinas con destino a su hogar, donde le esperaban sus hijos. No llegaría. Un comando de 4 secuestradores, perfectamente trajeados y fuertemente armados, lo interceptó obligándolo a subir a otro automóvil en cuestión de segundos y con precisión  de expertos. Era evidente que sabían lo que hacían y que desarrollaron un seguimiento de las rutinas de Germán durante algún tiempo.

Comenzó el  sufrimiento y la angustia para él y su familia que se extenderían por 11 largos meses, justamente a partir de aquél Miércoles de Ceniza. Un pinchazo en la pierna lo dejó inconsciente y sólo despertó cuando era arrojado como un saco sobre un colchón de gomaespuma en un pequeño cuarto de no se sabe dónde. Ese sería su lugar por once meses y  nueve días.

Le suministraron lo esencial –algo de ropa, alimentos y medicamentos- un colchón en el piso servía de cama  y un recipiente  haría las veces de excusado. No sabía la hora, no veía la luz del día pero al menos no pasaba hambre.  Trataba de no perder la noción de los  días. Le dijeron que podría enviar cartas a sus familiares pero que debía usar pasamontañas y mantenerse callado. No podría hablar sino con él mismo y fue cuando buscó refugio en la oración.  Una concesión especial: le facilitaron una Biblia.

Para el momento, tenía 54 años, era ex lumno jesuita, tanto en el colegio San Ignacio como en la Universidad Católica Andrés Bello de donde egresó como abogado.  Con su primera esposa –de la que enviudó- tuvo tres hijos que califica de maravillosos. Y ciertamente lo son, cuando se piensa en la madurez y entereza con que afrontaron, no sólo la enfermedad y muerte de su madre, sino el secuestro de su padre.

Conversando con Dios

Relata, en su libro «Dios en mi secuestro» lo que significó para él pasar tantos meses escuchando al Señor y a su Madre. Rezaba con Jesús cada oración, meditaba los pasajes de la Biblia y sentía que su vida se llenaba cada vez más. Descubrió en el Eclesiastés, algo fundamental: «Cuando te vaya bien disfruta de ese bienestar; pero cuando te vaya mal, ponte a pensar que lo uno y lo otro son cosa de Dios, y que el hombre nunca sabe lo que ha de traerle el futuro» (7,14).

En los primeros días, también ayudó el ejercicio. Todo en el pequeño cuarto. Era un secuestro urbano, sin las calamidades de la selva, pero encerrado, con calor, poco espacio y sin ventanas. Optó por las flexiones y llegó a hacer hasta mil por día. Poco a poco, se convenció de que la liberación física debía venir desde fuera, pero la interior se buscaba a través de la meditación.

Comenzó a escribir mensajes con frases de la Biblia que dejaba a sus custodios. Parecían leerlos…hasta que le quitaron la Biblia, los libros y los papeles. Las comidas se redujeron en cantidad y calidad y el piso parecía más duro.  Comenzó a pensar que la pesadilla no terminaría y dudaba de poder aguantar.

El sentido del sin sentido

Pero, según cuenta, «Papá Dios» y la Virgen regresaron en su ayuda. Rezaba y sentía que Dios le hablaba desde su tremenda soledad, que lo guiaba y que nuestra Madre sería su protectora. Repasa en su mente la Palabra de Dios que había leído. Oía lo que Dios le decía. Buscaba cómo aplicar la  voluntad de Dios para su vida.

«Me llena una certeza –se decía- mi vida solitaria, si mediar palabra con ser humano alguno, tiene un sentido. No debo preguntarme ¿por qué a mí?, sino que descubro que el sentido del para qué en la vida es servir a nuestro prójimo y saber que nuestra oración llega a los demás. Oraba por mi familia, por Fe y Alegría y hasta por los secuestradores».

El tiempo seguía pasando y las incomodidades de una rutina desesperante también. Las negociaciones de la familia para intentar liberarlo no se detenían pero sin mayores avances por varios meses. Las entrevistas de prensa con sus amigos de Fe y Alegría, clamando por su liberación, lo llenaban de esperanza. A veces le pedían que transcribiera lo que leía con la fecha, como fe de vida para sus familiares.

Largos meses de negociaciones

Los secuestradores, luego de mucho tiempo sin comunicarse, le volvieron a escribir: «Una vez más su familia no colabora. Estamos dispuestos a esperar un año más si es necesario, y usted será el único que sufra», le decían. Lejos de preocuparse, el escrito lo tranquilizó. Recordó lo que consideraba San Pablo: «…los sufrimientos del tiempo presente no son nada si los comparamos con la gloria que habremos de ver después» (Ro 8,18). Supo que su familia era fuerte, que no se doblegaba y que estaba unida y pendiente de él. «Mis oraciones porque la familia recibiera ese Espíritu del Señor, estaban siendo escuchadas», pensó.

Muy lentas y complejas las negociaciones pero la fe de todos se mantenía firme. La familia hacía públicos comunicados emplazando al gobierno a  hacer «máximos  esfuerzos para que salgan a la luz las circunstancias de ese secuestro». A manera de castigo, redujeron aún más sus dudosas «prerrogativas» lo que, inesperadamente,  animó a Germán pues lo vio como un signo de nerviosismo y frustración por parte de los secuestradores. Obviamente, no la tenían fácil. Igualmente, se sentía débil y  abandonado, casi en la inanición por la falta de alimento. Una vez más, se puso en manos de Dios.

Quería no perder la noción del tiempo para lo que ideó un curioso «calendario»: cada día se arrancaba un pedacito de uña – no le daban cortauñas, tijeras o afeitadoras, por lo que desarrolló una larga barba- y los iba colocando en orden hasta que se cumplieran 7 días. Al final de la semana, comenzaba de nuevo.

Navidad en cautiverio

Allí pasó la Navidad, con una cenita criolla y algún chocolatico como una «cortesía» de los secuestradores. Fue en enero de 2010 cuando tuvo la certeza de que sería liberado. Un buen día lo afeitaron, lo vistieron, lo asearon…y volvieron a inyectarlo para sacarlo de allí. Lo dejaron en un banco de un céntrico parque de Caracas y allí despertó. Era el 3 de febrero.

Un detalle habla del bien que Germán terminó haciendo a sus captores. Antes de salir del lugar, les pidió de vuelta la Biblia que le habían confiscado. Uno de ellos se la entregó detrás, por encima del hombro, y seguidamente lo abrazó por la espalda. No  cabe duda que algo había cambiado en ese individuo tras el contacto con Germán y con la Biblia. No supo de ellos nunca más. Siempre valoraron «su paciente comportamiento y su fortaleza espiritual».

Dejar de lamentarnos

Durante algún tiempo, Germán se dedicó a compartir su experiencia dictando conferencias y escribiendo sobre ella.

«Lo más humillante -asegura- es sentirse mercancía en un entorno de violencia que se apodera de nuestro país».

«Aprendí,  como dice Santa Cesárea , que “no hay ninguna doctrina que sea mejor, más preciosa y más espléndida que el texto del  Evangelio”».

Y cierra sus reflexiones: «Debemos dejar de lamentarnos por lo que nos ocurre y dejar de culpar a los demás de nuestros males. Debemos pensar y trabajar en beneficio de nuestro vecino, en beneficio también de quien no lo es y de quien puede ser, incluso, nuestro opositor. Lo importante es sentir lo que llevamos dentro y transmitirlo mediante la acción de cada día». Terminaba exaltando la importancia de la educación y la formación de niños y jóvenes, en valores cristianos, para romper con el círculo de la violencia.

En realidad, formativo es el testimonio. Y el de Germán es uno de los más elocuentes. Después de todo lo sufrido, no tener resentimientos ni albergar odios es, no sólo un don de Dios porque lo asistió durante todo su secuestro, sino una referencia de vida que bien vale la pena volver a ella cuando nuestras fuerzas flaqueen o la esperanza pierda impulso.

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