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Trata a los demás como querrías que te trataran a ti

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En la amistad podemos vivimos la regla de oro.

Ignasi de Bofarull - publicado el 23/10/22

Todos podemos vivir con ella: la Regla de oro es una ética universal. El profesor de sociología Ignasi de Bofarull lanza una mirada positiva sobre cómo compartir criterios de vida

El título de este artículo responde al contenido de la Regla de oro: «Trata a los demás como querrías que te trataran a ti». Y está presente en casi todas las religiones del mundo, en casi todas las tradiciones filosóficas y sapienciales, en muchas obras de literatos y poetas.

Es también conocida como la ley de la Reciprocidad. Para completar su alcance y sentido se puede formular también negativamente: «No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti». 

El sermón de la Montaña

En el mundo cristiano, en las palabras de Jesús, en El sermón de la Montaña, se enfatiza la Regla de oro de este modo:

«Haz a los demás todo lo que quieras que te hagan a ti» (Mt 7, 12).

Luego aparecerá en el Evangelio innumerables veces con otros matices.  Más allá del cristianismo, la universalidad es la característica más clara de esta regla moral: está presente en la tradición hindú, judía, en el griego Platón, en el romano Cicerón, etc. Fijémonos en como la plantea el griego Epicuro: «No hagas a los demás lo que te enoja cuando te lo hacen a ti».

 ¿Cuál es la razón de que se repita en civilizaciones tan alejadas en el tiempo y en el espacio? La respuesta para los cristianos es que existe una ley natural inscrita en el corazón del hombre por Dios.

Consecuentemente, no es una decisión ni un descubrimiento desligado del Creador por parte de los hombres. Es anterior a todo ello y en esa misma medida es una guía innata para el hombre y segura para discernir el bien del mal.

Tiempos de relativismo

En tiempos de relativismo, de duda, de todo tipo de reformulaciones sobre qué sea la naturaleza humana, esta Regla de oro nos ayuda a entender que hay una ética universal que no debe ser tergiversada desde el subjetivismo reinante. Algunos consideran que está en el origen de los Derechos humanos, otros discutirían esta afirmación. Sin embargo, el parentesco, con todos los matices que haya que plantear, está ahí.

En definitiva, estamos hablando de la naturaleza humana que es la misma en el hombre de hace tres mil años y en el de ahora. La naturaleza humana no está sujeta a un proceso de cambio constante hacia no se sabe qué perfección, o ideal de libertad, imaginado por el ultimo gurú del transhumanismo o del identitarismo de género.

Sabiduría ética

Escuchemos qué tiene que decirnos Benedicto XVI:

«En todas las culturas se dan singulares y múltiples convergencias éticas, expresiones de una misma naturaleza humana, querida por el Creador, y que la sabiduría ética de la humanidad llama ley natural».

No se puede decir tan claro en menos palabras. Una sabiduría ética que se manifiesta en la reflexión profunda, en el discernimiento pausado sobre el bien, desde la humildad e iluminados por la tradición de los siglos. Los cristianos alcanzan esta sabiduría ética en la oración atenta a la inspiración que llega de lo Alto.

Ponerse en el lugar del otro

La Regla de oro no es un dogma ni un mandamiento.

Es un principio general que resume con gran maestría uno de las características definitorias de la humanidad: la reciprocidad. Los hombres están llamados a cooperar para prosperar en la polis para los griegos, en la comunidad cohesionada visto desde el presente.

El individualismo radical que nos asola es extraño a la naturaleza humana. Luchar únicamente por los propios intereses es negar que el hombre necesita de sus congéneres, de sus conciudadanos.

Y es que el hombre es un ser social, convivencial, llamado a cuidar del otro. Pues bien, lejos de la Regla de oro, hoy, los hombres olvidan este principio y se alejan unos de otros por el odio y el fanatismo dispuestos a todo para imponer sus diferentes ideologías.

Los sueños de omnipotencia del hombre

Y a menudo el conflicto procede de la voluntad de dominio, de la instrumentalización del otro.

El hombre moderno quiere, endiosándose, ser independiente, alejarse de todo límite. Sin embargo, como señala San John Henri Newman:

«[…] nosotros no nos pertenecemos, lo mismo que no nos pertenece lo que poseemos. No nos hicimos a nosotros mismos; no tenemos un poder supremo sobre nosotros mismos. No podemos ser nuestros propios señores. No se hizo la independencia para el hombre».

El hombre es un ser dependiente, frágil, necesitado de criterios y normas para apuntar a un Bien –con mayúscula- que le precede. La Regla de oro está en esa línea, que es la misma línea que señala que existen una Ley natural y una naturaleza humana esenciales.

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