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Fue acosadora escolar: hoy es evangelizadora a través del arte

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Gentileza Ingrid Basaldúa

Ingrid Basaldúa pintando uno de sus murales.

Jesús V. Picón - publicado el 11/10/22

Arrepentida por su comportamiento, Ingrid pidió perdón a sus compañeros por el daño que les había ocasionado

Ingrid Basaldúa Guzmán, de 26 años de edad, vive actualmente en una de las mejores zonas de Stuttgart, Alemania; pero nació y creció en Querétaro, México, en un barrio muy pequeño, muy pobre y muy violento.

-¿Fue feliz en el barrio donde creció?

Muy feliz. Ahí viví hasta los 17 o 18 años.

-¿Nunca se tuvo que enfrentar a algo difícil o complicado?

Sí. Aunque yo fui muy feliz, mi vida era difícil en muchos aspectos, en especial por la pobreza.

También el entorno era muy difícil. Dentro de mi casa llevábamos un estilo de vida cristiano y éramos felices con lo que teníamos. Pero afuera era la jungla, pues había mucha violencia.

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Ingrid afirma que era muy duro el ambiente en la escuela.

Drogas, rudeza y bullying

-¿Era un ambiente complicado?

A los 12 años yo ya había visto un montón de drogas y violencia en la escuela. Sabía que ahí había navajas y que estaba expuesta a que me pegaran entre varias personas.

A los 12 años yo ya había visto un montón de drogas y violencia en la escuela

Por eso trataba de ser muy ruda, pero jamás me he peleado. Por alguna razón los más rudos eran mis amigos, y los demás pensaban que yo era como ellos.

En secundaria, de los 50 niños de mi grupo escolar, sólo cuatro no nos drogábamos. Yo no me drogué porque no quería hacer algo que deshonrara a Dios. 

Pero yo era un poco mala con los niños, y era seca con ellos.

Creo que por el entorno no podía desarrollar vínculos sanos, pues había mucha violencia. En la secundaria yo era una niña que hacía bullying, y no estoy orgullosa de ello.

«Lo hacía para sobrevivir»

-¿Qué hacía?

Llega un momento en que el ambiente es tan hostil que tienes que ser un poco rudo para sobrevivir, y a veces eso también se te puede salir de las manos, porque eres un adolescente. Entonces, empecé a hacer bullying, a generar violencia verbal.

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Ingrid reconoció que era acosadora escolar y pidió perdón.

-¿Sólo para demostrar fortaleza?

Sí. Estuve así por dos años en la secundaria; pero me empecé a sentir mal porque, al mismo tiempo, empecé a tener un acercamiento a Dios, porque era cuando más rezaba.

-¿Disfrutaba de abusar y violentar a sus compañeros más débiles?

Sí, claro, pero es una estupidez.

Pero también agradezco que en mi vida personal el centro siempre haya sido Dios, porque a través de Él todo fue transformándose y empecé a dejar de ser una acosadora escolar.

«Me di cuenta de que si yo quería acercarme a Dios no podía tratar mal a los demás.»

Me di cuenta de que eso no estaba bien, que si yo quería acercarme a Dios no podía tratar mal a los demás.

Pidió perdón

De hecho, en tercer año de secundaria les pedí perdón a las personas.

-¿Cómo le respondieron ante su solicitud de perdón?

Algunos no me perdonaron, y tienen todo el derecho. Me arrepiento mucho de lo que les hice.

El bullying es algo por lo que nadie debería pasar y que nadie debería hacer, porque daña a las dos partes.

Al final, siento que el perdón me sanó. Ya no cargo con eso, porque ya pedí perdón a ellos y a Dios.

De los cómics a los murales

-¿En la preparatoria cómo le fue?

En la preparatoria siempre me gustó hacer mucho deporte y traté de ir a lo bueno, a lo sano, a lo que construye. Y tuve las mejores notas, porque quería salir adelante.

«El arte me mantuvo alejada de las cosas negativas.»

-¿Y en su etapa universitaria?

En la universidad ingresé a la facultad de Contaduría Pública, pero algo que nunca dejé fue el arte. El arte me mantuvo alejada de las cosas negativas.

 –¿Qué tipo de arte?

Siempre me agradaron mucho los cómics, y me gustaba dibujarlos. Y, casi al terminar la preparatoria, hice mi primer mural sobre la cultura prehispánica, porque me empezó a nacer el amor a mi país.

-¿Cómo es que llega a pintar murales en calles vandalizadas?

Dios intervino otra vez. Siempre Dios ha guiado mi camino.

Todo el conocimiento que yo tenía lo deseaba poner en algún lugar, pues quería ayudar a la gente. Pero por más que daba todas las vueltas del mundo a las organizaciones, siempre había algo que les faltaba: les faltaba Dios. Yo no iba a estar en nada que fuera contra Dios.

El descubrimiento de su vocación

Poco a poco se fue acomodando este anhelo mío de ayudar. Dios me permitió conocer organizaciones humanitarias por medio de las cuales fui descubriendo lo que quería Dios de mí.

La primera organización en la que estuve era de migrantes, y después me involucré en un comedor para personas indigentes. Estando en ello me empecé a dar cuenta de lo muy feliz que me sentía haciendo cosas buenas.

Y tuve el gran regalo de pertenecer a una comunidad católica, lo que me guió a la dirección que Dios quería para mí.

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Ingrid descubrió la espiritualidad de Schoenstatt.

-¿Cómo se llama esa comunidad?

Movimiento Apostólico de Schoenstatt. A mí lo que más me impresionó de Schoenstatt fue que nadie me juzgó, nadie nunca me dijo qué hacer, y eso es algo impresionante, porque yo era una rebelde sin causa, me encantaba llevar la contraria a las figuras de autoridad.

En esta comunidad conocí a la hermana Alejandra, quien, después de que vio una pintura que hice del fundador del movimiento, José Kentenich, me pidió que le pintara una imagen de la Virgen. Pero yo no me sentía digna, mas insistió tanto que finalmente la hice.

Ella puso mi trabajo en un proyecto nacional y me empezó a motivar para pintar a Dios, y ahí es donde empieza esta gran aventura.

-¿Qué empezó a pintar y dónde?

Al principio eran acrílicos de la Virgen, y poco a poco empecé a mejorar la técnica, porque yo nunca fui a la escuela de arte.

Una nueva vida, con Dios en el centro

¿Fue difícil dejar tu carrera de contadora por la evangelización?

Sobre todo fue difícil decirle a mi familia que ya no quería ser contadora. Es algo complejo.

Después vino la pandemia y para mí fue un acercamiento a Dios impresionante, en donde cuestioné mi futuro.

En ese año (2020) empecé a exportar mis productos, hice mi marca (Schoenstatt cómics) e hice mis cómics. Para ir a Alemania hice un cómic y lo empecé a vender. También empecé a desarrollar más proyectos e inicié mi marca de ropa a nivel mundial.  

En Schoenstatt el padre fundador decía que los tiempos de crisis son los tiempos de gracia, y eso es verdad. Justo en ese año surgieron los muros porque, debido a la crisis, la Iglesia fue de las más perjudicadas. El Santuario cumplía 40 años, pero la pandemia lo cerró, y las hermanas no tenían dinero.

Entonces hicimos un proyecto, que era un show por internet en donde yo pintaba e invitábamos a amigos, que son artistas internacionales, y durante el streaming la gente donaba.

A través de ese proyecto el Santuario recaudó fondos y pudo volver a abrir.

De ahí me di a conocer a nivel internacional. Y empecé el proyecto de los muros vandalizados, buscando dar dignidad a los espacios.

Luego comenzaron a surgir más proyectos internacionales, y luego el proyecto de ir a pintar en vivo ante el Papa Francisco.

Y ahora mi arte está en Estados Unidos, en Italia; estoy desarrollando obras para Brasil, para Venezuela, para Argentina, para Chile, y ahora vamos para el continente europeo.

A mí nadie me enseñó a hacer murales, pero es lo que se me hace más fácil.

-¿Qué pintaría en el muro entre Estados Unidos y México?

Quizás pintaría a Jesús abrazando a un estadounidense y a un mexicano, o a Jesús con una puerta abierta. También mi sueño es pintar en el muro de Berlín, pero ya no se puede.

Ahora me está surgiendo el deseo de pintar arte sacro, tengo ese anhelo. Este proyecto de murales es para impactar a la juventud, católicos y no católicos.

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Encontró al que hoy es su esposo, Álvaro.

-¿En qué momento pensó en casarse?

Cuando empecé a pintar pasaba mucho tiempo en la iglesia, y mis amigos eran mis amigos de la iglesia. Y toda mi vida social era en torno al Santuario de Schoenstatt.

Entonces, en 2018, la hermana Alejandra me invitó a una escuela de liderazgo internacional para chicas, en Alemania, y en ese momento yo estaba en una relación muy profunda con Dios.

Me gustaba mucho la vida espiritual y de oración, pasaba mucho tiempo con las hermanas, y ahí fue cuando empecé a pensar en la posibilidad de ser religiosa, pero me quedé en el camino del discernimiento vocacional.

«Necesitaba a un hombre que estuviera dispuesto a hacer cosas locas por Dios.»

Es importante tener un discernimiento vocacional, aunque no vayas a ser religiosa, porque lo que aprendes con los religiosos es algo de valor incalculable. Mi vida cambió.

Vivir con las hermanas ha sido el regalo más hermoso. Ahí supe que mi vocación era el matrimonio y ahí surgió mi vocación a la evangelización. 

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Álvaro e Ingrid con la imagen de la Virgen de Schoenstatt.

-¿Cómo conoció a su esposo?

Él es español y lo conocí a finales del 2020 en México, cuando estaba por regresar a Alemania por la crisis de la pandemia. Yo quería hacer grandes cosas con Dios y necesitaba a alguien que me entendiera en mi fe y en mi amor a Dios. Y, sobre todo, que estuviera dispuesto a hacer cosas locas por Dios.

Y justo eso es Álvaro. Él es mi otra mitad. Mi esposo es el fruto de todas mis oraciones y de las oraciones de todos mis amigos consagrados.

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artebullyingdiscernimientoschoenstatt
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