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¿Qué es la cultura «woke»? Sensibilización como consumo de ideología

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Lightspring - Shutterstock

Cancelación cultural y censura de los medios sociales como cancelación o restricción de opiniones que son ofensivas o controvertidas para el público

Feliciana Merino Escalera - publicado el 01/10/22

La filósofa y pensadora Feliciana Merino reflexiona sobre la "cultura de la cancelación" y la destrucción de la diferencia, tan alejada del ethos cristiano

Hace unos meses, concretamente en mayo del 2021, un estudio de King’s College London afirmaba que un 26% de los británicos pensaban que ser woke era un piropo y un 24% que era un insulto. El 50% restante no tenía ni idea de qué le estaban hablando.

Según este estudio, podemos preguntarnos en qué consiste propiamente eso de ser woke. El término anglicista procede del verbo wake que significa despertar, por lo que se ha considerado que lo «woke» es una forma de estar despierto. El Diccionario Oxford lo incorporó en 2016 con una definición un tanto informal: «Alerta ante la injusticia en la sociedad, especialmente el racismo». 

En su origen, la expresión stay woke (estar alerta) fue utilizado por las comunidades negras a partir de 1940, si bien fue a partir de 2013 cuando vivió su gran apogeo a través del movimiento Black Lives Matter, tras las muertes de Trayvon Martin en Florida, de Michael Brown en Ferguson o la más reciente de George Floyd en Minneapolis.

Traducido como «Las vidas de las personas negras importan», el movimiento nació como oposición a la violencia policial contra los negros en Estados Unidos y cobró fuerza en las redes sociales.

Un movimiento que cala todo

Sin embargo, su uso ha trascendido posteriormente, utilizándose también en el marco del movimiento #MeToocontra el acoso y el abuso sexual, expandiéndose a velocidad de vértigo a muchos otros ámbitos, hasta el punto de que ya se habla de «wokeísmo», un movimiento autónomo en la lucha social contra la injusticia y la discriminación que puedan sufrir todo tipo de minorías.  

La revolución de mayo del 68 es el inicio de la huida de todas aquellas propuestas  que pretendieron imponer un sentido concreto de la historia: no sabemos quiénes somos y no queremos saberlo.

Comienza ahí una búsqueda de identidades que son puntos de fuga en nuestra efímera condición de existir. Si a esto le añadimos la necesidad compulsiva del sistema capitalista de un crecimiento continuo, el individuo tiene que ser a la vez productor y consumidor, porque el conjunto de bienes infinitos de consumo representa a su vez el horizonte de un desarrollo ilimitado del ser humano, que carece de caminos y de cercados, porque es totalmente libre.

Consumir ideología

De ahí que la sensibilización hacia temas como la transfobia, el machismo, el racismo o el llamado lenguaje inclusivo o cualesquiera otras minorías, aparecieran como las señas identitarias de una búsqueda sin fin hacia un horizonte sin destino cierto.

De esta manera, el capitalismo ha sido es el mayor interesado en fomentar la cultura woke, porque no deja de ser consumo de ideología – la nacida en los albores de mayo del 68 – que se vende bien, que se publicita a través del consumo de bienes que coinciden con nuestros ilimitados deseos de ser otros. 

Este nuevo modo de pensamiento se hace pionero de una cierta compasión hacia el sufrimiento de las víctimas que es del todo justa, abanderando como suyo el clásico conjunto de las bienaventuranzas cristianas, pero sin el peso de una tradición y de un marco que es rechazado por la ideología tardomoderna y liberal. 

En realidad no es compasión, es pensamiento único

Sin embargo, la diferencia es importante. El pulso fundamental de esta cultura  no es la empatía hacia el sufrimiento del otro como motor del deseo de justicia social, sino la radicalización de un discurso que utilizan la sensibilidad como consumo, creando división y fomentando la intolerancia hacia todo aquello que no es parte de ese «pensamiento único» que desde hace unas décadas nos ha calado hasta los huesos.

Ello lo consigue a través de soflamas dominantes, abstractas, manidas y sobrevaloradas en cuestiones delicadas que deben ser toleradas sin más; porque no hacerlo significaría no hacerse cargo del sufrimiento de los masacrados, no ser empático y no estar en la onda de la tolerancia y de la sensibilización de las conciencias. Y la política va de esto: de un producto ideológico que se vende y que hay que comprar. 

Si es cierto que «lo personal es político», como acuñara por primera vez en el contexto de mayo del 68 la feminista Kate Millet, podemos entender su sentido: favorecer la intrusión política en aspectos identitarios que no piden una respuesta «solo» política, sino más bien de una «sensibilización» tan necesaria de cara a vender un «programa político». Un programa que no necesita ir aparejado de un verdadero debate sobre las cuestiones de fondo, el cual se soslaya, porque no interesa, porque la sensibilidad se vende sola, sin necesidad de ser defendida. 

Lo woke se convierte así en una herramienta del capitalismo para tapar la verdad, además de ser muy superficial, pues se encuentra dentro de un marco en el que la justicia social nunca será verdadera, porque solo se venden sus sucedáneos: «políticas de reparación de daños», se dice.

Emotivismo y linchamiento en redes sociales

Por supuesto que en esta «falsa sensibilización», las redes sociales han tenido mucho que ver de cara a la expansión de una visión parcial, ideológica y muy sesgada; que enseguida tilda cualquier opinión discordante como de intolerante, cuando no de fascista o retrógrada. De ella surge la «cultura de la cancelación», que nuevamente viene a poner sobre la mesa un producto políticamente muy vendible. 

No digo que «el emotivismo» que inunda nuestras políticas y nuestra moral no haya de encontrar los cauces para erradicar todo acto de violencia e injusticia hacia los seres humanos, pero esto no puede hacerse a costa de linchamientos en redes, cancelación de discursos o chistes, o incluso del exilio y destitución de personajes públicos, tanto en el ámbito académico como político.

Por ejemplo, si no estás de acuerdo – y es un caso real – en que no se estudie en las facultades de filología la obra de Romeo y Julieta por ser heteropatriarcal, retrógrada y machista según la nueva ideología woke, deberás sufrir las consecuencias, por muy especialista que seas en la materia.

Si la modificación de la historia, de la tradición, debe hacerse según parámetros del «nuevo orden mundial de pensamiento», algo estamos haciendo mal. Si «el objetivo es liberar al país de sus pecados fundacionales y, de paso, del sexo biológico, de la familia tradicional y del libre mercado«, para lograr un nuevo paraíso terrenal, algo -y mucho- ha equivocado la dirección. Siempre necesitaremos un chivo expiatorio, y siempre, siempre, será imposible desterrar o exorcizar el pasado. 

Culpabilización colectiva

El problema para lo woke es que el chivo expiatorio será culpable ayer, hoy y siempre. Si eres hombre, cargas con la culpa del patriarcado, si eres blanco cargas ab initio con la culpa del llamado racismo institucional, aunque tengas un novio negro o hayas adoptado a un niño de color. Has heredado la culpa y eso te ata de por vida. Aunque puedas preguntarte eso que decía Dovstoieski: «¿Lo hubiera hecho si yo lo hubiese amado lo suficiente?» La culpa no es individual, y no importa lo que hagas a partir de ahora, eres el verdugo que lleva sobre sus hombros la culpa de toda la humanidad. 

Mi pregunta es si la liquidación de la civilización occidental que se está tejiendo desde aquí, lo hace desde los mismos postulados que esa cultura ha inoculado previamente en nuestras venas. Solo a un capitalismo incapaz de transformar el tejido productivo y empresarial y «político» para que quepamos todos, puede convenirle una cultura de la sensibilidad de baratija; que no se pregunta en profundidad por nada, que le interesan las víctimas solo como moneda de cambio, en abstracto, pero arrancándolas de su contexto y de su sentido.

Sistema que perpetúa la violencia

La lucha contra la discriminación se convierte en una especie de status quo donde la tolerancia se camufla como defensa de la diferencia sufriente, pero siempre que esté lo suficientemente lejos como para que no nos contamine. La tolerancia, de nuevo, convertida en coartada para no cambiar nada, una herramienta del capitalismo para tapar la verdad de fondo.

Si para lograr sociedades más libres e igualitarias tenemos que cancelar los discursos de aquellos que piensan diferente; si hay que echarlos de las universidades por no comulgar con lo «políticamente correcto»; o si hemos de enviarlos al ostracismo tanto político como educativo y humano; lo que estamos haciendo es perpetuar un sistema que mantiene como estructura férrea la opresión, la discriminación y la violencia en sus múltiples formas.

Un sistema, el capitalista y liberal, que a costa de la libertad de todos niega la libertad de muchos; que a costa de la renuncia del pasado, perpetúa la tradición de lo peor sin quedarse con lo mejor. Una cultura, repito, la capitalista, donde no valemos igual, sino según nos acojamos a los planes de reparación de daños, sean los que sean. Parches, siempre parches con tal de no meter el dedo en la llaga y extirpar de una vez el cáncer que nos corroe.

La cultura del miedo, nuevo signo de los tiempos

En mi opinión, estamos muy lejos de la tolerancia y del respeto, ni siquiera podemos decir que empaticemos de verdad con el sufrimiento humano, anestesiados como estamos y convertidos en ególatras que miramos nuestro propio ombligo como modo aterrador de supervivencia. Vivimos en el miedo: miedo al sufrimiento, que cuando nos toca de cerca huimos como alma que lleva el diablo;  miedo a la muerte, que es el miedo a la vida y a la esperanza de construir juntos un mundo mejor. Miedo a pensar, miedo a disentir. Con ello, otros monstruos nos acechan: el despotismo ideológico, la tiranía de los «sensibleros», el resentimiento, el silencio carcelario, por citar algunos. Esta cultura del miedo es el nuevo signo de los tiempos sobre el que debemos reflexionar.

Porque lo verdaderamente woke es acoger a las víctimas a través del amor – no solo de la justicia – del cuidado, de la ternura, del consuelo, de la donación sin tregua. Así ha sido siempre, desde que el hombre es hombre. Esto es algo gratuito que está al alcance de todos, quizás ese sea el problema. Mejor dividir que unir, mejor odiar que amar. Mejor el ruido del mal que nos aqueja que la misericordia y el amor infinito. 

A salvo queda, no obstante, una esperanza que nos lanza constantemente a la búsqueda de otro mundo posible. Ya lo dijo Machado: «¿Tu verdad? No, la verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela». Sigamos juntos en esa búsqueda de la verdad, el bien y el amor que no es privilegio de unos pocos, a costa de la culpa de otros muchos, sino de todos los hombres que pueblan la faz de la tierra. 

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