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¿Sufrir angustia es falta de fe?

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Marcos Mesa Sam Wordley - Shutterstock

Con frecuencia la preocupación hace que no podamos conciliar el sueño.

María Álvarez de las Asturias - publicado el 24/09/22

María Álvarez de las Asturias, del Instituto Coincidir, resuelve un aparente conflicto que puede hacernos perder la paz

Hace unos días compartí este tuit y varias personas me han comentado que les ha ayudado:

Y es que muchas personas creyentes se preocupan cuando sufren por algún problema o dificultad. Se plantean si su angustia no será una muestra de falta de fe. También ante sucesos de la vida, como la enfermedad o muerte de un ser querido, la tristeza -normal- puede interpretarse -piensan- como falta de conformidad con la voluntad de Dios.

Creo, sinceramente, que esta lectura no es correcta. El mismo Jesús lloró por la muerte de Lázaro; se conmovió ante el dolor de la viuda de Naín que iba a enterrar a su hijo; sufrió intensamente en el Huerto de los Olivos. La Humanidad de Cristo es como la nuestra y el hombre no está creado para el sufrimiento y la muerte, sino para la vida, por lo que todo nuestro ser se rebela ante el dolor.

Para entenderlo bien, me parece que debemos tener en cuenta que somos personas en un cuerpo, con sentimientos, razón y voluntad. Y que no siempre todos los aspectos de nuestro ser van en armonía.

Cuando una persona querida fallece, un católico cree firmemente que Dios sabe más y, por tanto, que si su voluntad ha sido llamar a esa persona a su presencia en ese momento, es que es lo mejor. Aceptar esto “con la cabeza” es ya un acto de fe: “Lo creo, Señor”.

El sentimiento de tristeza es normal

Ese acto de fe no es en absoluto incompatible con la tristeza causada por la separación física: somos personas en un cuerpo, necesitamos el contacto físico, la presencia física de los que amamos. Luego es normal que, ante la ausencia, el sentimiento sea de gran tristeza.

Ese sentimiento no quita nada al acto de fe que, si es sincero, se expresará así:

“Señor, creo que lo que Tú has decidido es lo mejor. Pero me cuesta mucho vivirlo”.

Esto es lo que vivió Jesús en el Huerto y a lo largo de toda su Pasión: aceptar la voluntad del Padre no le quitó dolor, angustia, sufrimiento. Todo aceptado libremente, adhiriéndose a la voluntad del Padre: pero con angustia y dolor.

Personalmente, me parecería una falta de respeto al Señor presentarme ante Él y decirle algo que no es verdad, por ejemplo, “Señor, creo que la muerte de mi padre es lo mejor ya que Tú así lo has decidido, y estoy muy contenta de que se haya muerto”.

Necesitamos tiempo

De hecho, una reacción así más bien podría indicar que la persona está en shock y no ha caído en la realidad de lo sucedido. Porque, lo normal, es que ante la muerte nos invada la tristeza. Tristeza compatible, como digo, con la total aceptación de la voluntad de Dios. Una aceptación racional y de la voluntad (“Creo que lo que Tú haces es lo mejor y lo acepto, lo quiero”), que no pasa a ser vivida inmediatamente con paz emocional, sino que necesita tiempo para que los sentimientos y emociones acompañen lo que se ha aceptado con la razón y la voluntad: quiero adherirme a tu voluntad; pero mi ser se rebela ante el sufrimiento. La oración aquí podría ser: ¡Concédeme, Señor, vivirlo con paz!

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Es normal que ante un mal real suframos sentimientos de aflicción.

Si además la personalidad tiene una tendencia a la preocupación o a la ansiedad, que incluso puede necesitar tratamiento clínico, todo esto se agudiza. Cualquier decisión o suceso de la vida tiene un mayor impacto en la persona ansiosa y pueden surgir las dudas: “Será que no me fío de Dios, será que no tengo fe”.

Tal vez más bien es que tienes un rasgo de personalidad que te lleva a reaccionar de una forma que fácilmente te causa aflicción; o que te hace más difícil llevar a la práctica las decisiones…  Esa vivencia de la voluntad de Dios desde la dificultad emocional o anímica no quita valor al acto de fe; desde mi punto de vista, es un acto de fe y de amor enormemente valioso aceptar lo que el Señor pide, a pesar de que nos cueste.

Lo mejor que podemos hacer es aceptar con humildad la ayuda clínica -o de otro tipo- que necesitemos; agradecer la posibilidad de recibirla; ofrecer al Señor los sufrimientos que esta personalidad nos causa para consolarle de los suyos; y no dar cancha al malo que intenta separarnos del amor de Dios.

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