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Ante dilemas éticos en el aula, como el aborto, el profesor “debe presentar la vida”

PREGNANT

Shutterstock | Anastassiya Bezhekeneva

Fundación Pablo VI - publicado el 13/09/22

José Fernando Juan, profesor de secundaria en el Colegio Amorós y en varios centros de la Comunidad de Madrid en materias de Religión, Filosofía y Ética, imparte en la Fundación Pablo VI un nuevo curso de Bioética, que ayuda a los profesores a abordar todas estas cuestiones. 

El nuevo proyecto de ley del aborto, que permitirá a las menores de 16 años abortar sin el consentimiento paterno, dificulta, aún más si cabe, el abordaje de las situaciones a las que se enfrentan los profesores en su día a día.

A pesar de su importante papel en la educación de esos niños y adolescentes, los docentes se ven, en muchas ocasiones, limitados a la hora de responder a muchos de los problemas que se plantean en las aulas: una juventud sobreexpuesta e hiperconectada en una sociedad que prioriza la rapidez y el resultado inmediato frente al sosiego y la constancia; la soledad; la polarización; los problemas de salud mental; y la confusión ante cuestiones referidas a la propia condición humana y su dignidad. ¿Cómo responden los docentes ante los dilemas éticos que se viven diariamente en el aula?  ¿Qué herramientas tienen? ¿Están preparados para abordar cuestiones transversales que van más allá de las materias y los temarios por propios de cada asignatura?

JOSE FERNANDO JUAN

Desde la Fundación Pablo VI se imparte un curso de Bioética que da respuesta a algunas de estas inquietudes

P.- ¿Cuáles son los enigmas éticos a los que enfrenta el profesorado en su trabajo en el día a día con el alumno?

R.- Uno de los grandes enigmas éticos es que el alumno aprenda que su vida tiene un valor por sí misma, y cómo encajar en las relaciones con los demás, para que su propia vida, sus intereses, dones y capacidades no se vean suprimidas por el grupo o tenga que dejar de ser él mismo. Yo lo llamo “la mundanización”.A veces no atendemos suficiente al alumno en sí mismo. Sí atendemos a sus relaciones, sus emociones, su despertar sexual… pero todo esto son conexiones con la realidad; y, mientras tanto, no permitimos que el alumno se pregunte quién es. Cuando no se hace esa pregunta está a merced de todas esas modas, relaciones, costumbres o cualquier otra deriva que la sociedad proponga.


P.- Muchos de los asuntos que marcan la actualidad tienen una estrecha relación con la propia dignidad humana: la eutanasia, el aborto, la discapacidad, la salud mental, incluso la soledad… ¿Se plantean los jóvenes preguntas respecto a estos temas?

R.- A los jóvenes les interesan todos los problemas que tiene la sociedad, en un momento en el que se están abriendo a ella. Se forman opiniones y a veces lo hacen por simple oposición, ideologizada por factores que no intervienen directamente en el núcleo del problema. Hablamos de grupos que tratan de dar ideas en paquete y si eres de una corriente tienes que aceptar algunas cosas sin ninguna crítica. A veces también se forman opiniones muy ajenas a su propia vida y cuando un alumno vive situaciones en las que su propia dignidad o la de alguien cercano se ve tocada, su visión de la situación cambia.

Hay que pensar en cómo humanizar los debates, cómo personalizarlos y no olvidar que no hablamos de ideas o leyes, hablamos de personas. Esto es importante también para la educación y para el crecimiento de los alumnos. El abordaje mediático que se hace de todos estos temas es uno de los problemas a los que queremos dar respuesta desde este curso de Bioética para profesores.

“Es necesaria la presencia de profesores formados que permitan entablar nuevas conversaciones pensando en las oportunidades y no en los problemas, pues estamos hablando del desarrollo del alumno, no de un tratamiento terapéutico”

P.- ¿Qué formación necesitaría el profesorado para abordar estos asuntos?

R.- La formación del profesor debería ser lo más integral posible. No podemos pretender una educación integral del alumno si nuestros saberes son excesivamente fragmentarios o si perdemos de vista al conjunto de la persona, la sociedad y otras cuestiones que van más allá de nuestra asignatura.

La formación del profesor debe tener dos aspectos fundamentales: por un lado, tiene que ser muy bueno en su disciplina, conocer su asignatura y su didáctica particular para enseñarla; pero también debe estar abierto a dialogar con otras cuestiones, algo que le da una riqueza distinta dentro de un camino que impulsa los saberes competenciales y la interdisciplinariedad.

Hay muchos profesores con inquietudes y creo que una buena formación para ellos, algo que permita un trabajo de fondo, les va a aportar dentro de su disciplina, pero también al claustro, donde es necesaria la presencia de profesores formados que permitan entablar nuevas conversaciones pensando en las oportunidades y no en los problemas, pues estamos hablando del desarrollo del alumno, no de un tratamiento terapéutico. Cuanta más amplitud, mejor preparado estará el alumno.

P.- El nuevo proyecto de ley del aborto permite que adolescentes de 16 años lo hagan sin consentimiento paterno. ¿Qué debería hacer el profesor ante una realidad como es el deseo de una menor de abortar sin el conocimiento de sus progenitores? ¿No os pone, quizá, en la obligación moral de decírselo a las familias, con quienes muchas veces se mantiene una estrecha relación?

R.- Creo que la relación entre profesor y alumna, por lo general, se mueve en otros parámetros, sobre todo en Secundaria y Bachillerato. Aunque seamos cercanos, los asuntos graves necesitan tiempo para ser elaborados y formulados. Lo más común será que nos encontremos jóvenes que necesiten elaborar sus historias.

Respecto a lo que creo que debe hacer un profesor, sobre todo en algunas asignaturas, es presentar la vida y buscar una racionalidad, fundamentalmente en los temas complejos. Las evidencias científicas, junto con los principios éticos. Respecto al aborto, lo que socialmente observamos, es precipitación, mucha ideología y falta de reflexión. De ahí que estos asuntos no se cierren con calma, ni se llegue fácilmente a acuerdos. Además, los casos sobre los que se suele hablar son lo más extraño y exagerado. Hace falta paz en los temas serios.

La comunicación con las familias siempre debemos garantizarla, con respeto y libertad. Los padres y madres deben saber que estamos humanamente disponibles y profesionalmente preparados para abordar algunos temas; y otros, pienso yo, quizá mejor tratarlos con expertos o personas con más experiencia. Si no, el profesor puede verse desbordado.


P.- ¿Se está haciendo responsable quizá al profesor de aquello que no se trabaja en casa?

R.- Llevamos años diciendo cosas así. Pienso que lo cierto es que la escuela y la familia siempre han ido de la mano en la educación y han soportado, por lo mismo, las tensiones. El gran cambio se da en una sociedad con diversidad creciente y con carencia de figuras con auténtica autoridad, liderazgo y orientación vital. Se nos ha colado un discurso sobre la incertidumbre en todo que provoca mucho malestar.

En esta situación, el profesor lo que no debe perder de vista es que es un referente para sus alumnos, de ahí la necesidad de coherencia y ejemplaridad. No impostadas, no buscadas para impresionar o de un modo «laboral», sino vitalmente. Estamos asumiendo en las clases una enorme responsabilidad en la vida de nuestros alumnos y acompañamos su destino. Soy muy consciente de esto y creo que es labor personal y de claustro de profesores. Un buen proyecto educativo ayuda a repensar y replantear constantemente la relación del profesor con los jóvenes.

Esos análisis que hablan de los jóvenes desde un lado negativo permanentemente y lanzan alarmas educativas continuamente pueden tener un efecto contagio real y empeoran la vida del alumno, la relación con los profesores, la visión de las familias hacia la escuela y emponzoñan todo el mundo educativo

P.- ¿Sufren los jóvenes su propia “leyenda negra? ¿Son tan malos como los pintan en muchas ocasiones?

R.- Pues este es uno de mis caballos de batalla: la consideración positiva de la infancia y de la juventud. No habría escuela si alguien no hubiera visto posibilidades en ese tiempo tan rico, fecundo y receptivo. Por eso creo que esos análisis que hablan de los jóvenes desde un lado negativo permanentemente y lanzan alarmas educativas continuamente pueden tener un efecto contagio real y empeoran la vida del alumno, la relación con los profesores, la visión de las familias hacia la escuela y emponzoñan todo el mundo educativo.

Y los profesores también tenemos que cuidar la imagen que tenemos de nuestros alumnos. Es cierto que, en algunos casos como el mío, ya nos separa una distancia con ellos de dos generaciones y una experiencia de vida, pero les sigo mirando con la bondad y la novedad que creo que la vida les da a ellos en un tiempo privilegiado, como es el de vivir por primera vez ciertas cosas. Tenemos que dejar que vivan con frescura y permitirles que hagan su camino abriéndoles horizontes y acompañando ese recorrido. Hay saberes en la escuela que no se pueden dar por sabido y a los que siempre hay que volver porque cuanto más vivo más me doy cuenta de que sé menos y tengo más preguntas.

Mi mirada hacia los jóvenes es positiva y creo que el diálogo conflictivo sobre educación perjudica a la escuela. Si hubiese una mayor confianza, un reconocimiento mutuo y el valorar el camino hecho, todo el sistema mejoraría.

STUDENTS


P.-Se habla de que vivimos en la generación blandita. ¿Tienen los jóvenes menos tolerancia a las frustraciones?

R.- Creo que es indiscutible que ha habido un cambio en el estilo y formas de vida. Nuestras condiciones han mejorado mucho respecto a la generación anterior. No vivimos habitualmente desde niños el peso de la naturaleza, los condicionantes de la historia, y estamos insertos en sociedades de bienestar con gobiernos que, de una u otra manera, deben garantizar derechos a sus ciudadanos. Esto afecta al modo como vivimos nuestra condición humana y nuestro lugar en el mundo.

Lo importante, a mi modo de ver, no es enfatizar los problemas, sino buscar, como pide el papa Francisco en el Pacto Educativo Global, que los centros educativos asuman la tarea de formar personas maduras. Los retos de la globalización y la unificación mundial, el impacto y alteración de la tecnología en las formas de vida, la dependencia económica de nuestro consumo y estructura social, los cambios en el clima, la naturaleza, la organización mundial, todo eso requiere personas con una gran capacidad humana de discernimiento, diálogo y toma de decisiones a largo plazo.

Estamos en un momento en el que la escuela vuelve a retomar sus fines y repensarlos en este escenario abiertos al futuro con esperanza. A mi modo de ver, pasa por recuperar las raíces hondas del proyecto cristiano europeo, fraterno, libre y justo.

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