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¿Te sientes solo? Descubre «La Regla» de San Agustín

AUGUSTINE

Kingston Lacy-PD/Shutterstock-Nikki Zalewski-ALETEIA

Matilde Latorre - publicado el 25/08/22

El gran pensador y doctor de la Iglesia dejó en el año 400 un manual precioso para cristianos en tiempos de redes sociales

En tiempos de redes sociales, está de moda buscar influencers de auto superación, los famosos «gurús», que ayuden a superar la soledad o la angustia que caracteriza la vida de tantas personas. 

En este contexto, cobra una sorprendente actualidad La Regla de san Agustín de Hipona (354-430), un manual de vida no solo para los monjes y monjas, sino para toda persona que quiera acercarse a Dios.

La Regla, escrita en el año 391 ó 400, según los historiadores, recoge las normas que Agustín redactó para organizar la vida de la comunidad que fundó en el monasterio de Tagaste, norte de África.

Como ha explicado Nello Cipriani  OSA, uno de los mayores expertos en el pensamiento de san Agustín, «La Regla» «no debe verse solo como una serie de disposiciones para quienes han elegido la vida religiosa o consagrada, es también una ayuda para quien aspira a orientar su vida en y hacia Dios». 

El ideal de «La Regla» de Agustín es la primera comunidad cristiana de Jerusalén, tal como la describen los Hechos de los Apóstoles 4, 32: «La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era común entre ellos».

Agustín intentaba revivir este ideal de importancia capital para su tiempo. Y ese mensaje, en tiempos de la polarización  e individualismo que caracterizan a TikTok, Twitter o Instagram, cobra una nueva actualidad.

Existen varias versiones de «La Regla». Los estudios más recientes concuerdan en atribuir a san Agustín «La Regla a los Siervos de Dios», que es la que proponemos aquí.

El amor a Dios nos hace hermanos

La Regla comienza en su número 1 recordando los dos principios fundamentales de Jesús  en el Evangelio: «Ante todas las cosas, amemos a Dios y después al prójimo, porque estos son los principales mandamientos que se nos han dado».

El Capítulo Primero presenta el ideal  que debería vivir en todo momento la comunidad cristiana: la caridad fraterna. «Miren cómo se aman», decían los paganos romanos al ver el ejemplo de los cristianos perseguidos de la Iglesia primitiva.

Ese Capítulo concluye con esta exhortación: «Vivan, pues todos en unión de alma y corazón, y honren los unos en los otros a Dios, de quien han sido hechos templos» (n. 9).

Oración

El Capítulo Segundo está dedicado a la oración y ofrece dos consejos preciosos para toda persona que quiera cultivar su relación con Dios. 

Ante todo, aconseja fijar horarios de  oración y cumplirlos: «Sean asiduos a las oraciones (cf. Colosenses 4,2; Romanos 12,12) en las horas y tiempos establecidos» (n.  10)

En segundo lugar, pide interiorizar los cantos y plegarias: «Cuando oren a Dios con salmos e himnos, sientan en su corazón lo que profieren con la voz» (n. 12)

Austeridad

Laico o religioso, el cristiano está llamado a vivir desapegado de toda codicia, pues como exhorta Jesús «aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes» (Lucas 12, 15).

«Júzguense más ricos quienes son más fuertes en soportar la austeridad, porque es mejor necesitar menos que tener más», afirma el número 18 de «La Regla» que aparece en el Capítulo Tercero.

Y acto seguido, añade: «No sea llamativo su porte, ni procuren agradar con el modo de vestir, sino con la manera de comportarse»  (n.  19).

Castidad

La castidad no es una virtud solo para consagrados a Dios, monjas o monjes, también es una actitud fundamental para la persona que ha prometido amor total y para siempre a su cónyuge.

«Al andar, al estar parados y en todos sus movimientos, no hagan nada que escandalice a la mirada de otra persona, sino lo que se ajusta a su santidad», exhorta el número 21. 

A todos san Agustín aconseja en el Capítulo Cuarto de «La Regla», dedicado a la castidad: «No digan que es puro su interior si tienen ojos impuros, puesto que el ojo impuro es mensajero de un corazón impuro» (n. 22). 

De los bienes materiales

En ocasiones, los bienes materiales o incluso la  misma ropa se convierte en motivo de «murmuraciones», envidia o disputas entre hermanos.

San Agustín invita en el Capítulo Quinto a quien siente estos celos a descubrir cuánto le falta para revestirse «de aquel santo vestido interior del corazón» que Dios quiere para él.

Perdón

El Capítulo Sexto se dedica al perdón, fundamental para toda  comunidad cristiana. 

El número 41 indica: «No mantengan disputas o termínenlas cuanto antes para evitar que la ira desemboque en odio, convierta en viga una paja y haga homicida al alma. Pues así leen: ‘El que odia a su hermano es un homicida’ (1 Juan 3,15)».

A continuación, san Agustín pide: «Cualquiera que haya dañado la fama de otro con un insulto, o hablando mal de él, o incluso achacándole alguna falta grave, no olvide remediar cuanto antes, con un desagravio, lo que hizo, y el que se sintió dañado perdónele sin más consideraciones» (n. 42).

La autoridad

El Capítulo Séptimo está dedicado a la autoridad, que en clave cristiana significa servicio. 

«El que les preside no ponga su felicidad en dominar desde el poder, sino en servir desde la caridad (cf. Lucas 22,25-26; Gálatas 5,13)», escribe en el número 46.

El superior, según «La Regla», debe desear «más ser amado» «que temido, pensando siempre que ha de dar cuenta a Dios» de las personas a su cuidado (Cf. n. 46). 

Por amor

El último capítulo, el Octavo, está dedicado al espíritu con que se debe vivir esta Regla: su cumplimiento es un acto de amor a Dios. 

«Que el Señor les conceda observar todo esto movidos por la caridad, como enamorados de la belleza espiritual, e inflamados por el buen olor de Cristo, que emana de su buen trato; no como siervos bajo la ley, sino como personas libres bajo la gracia», afirma en el número 48.

Este manual de vida permite entender mejor esas frases de san Agustín que aparecen en sus escritos, tan citadas hoy en Twitter:«La verdadera libertad no consiste en hacer lo que me da la gana, sino en hacer lo que tenemos que hacer porque nos da la gana».

Nada de todo esto tendría sentido sin esta convicción: «Nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones 1, 1). 

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