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El fuego se apagó porque ya no tenemos una razón por la que arder

Fuego, llama

Shutterstock/CHAINFOTO24

Luisa Restrepo - publicado el 24/08/22

"He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!" (Lc 12,49).

El fuego es un símbolo antiguo: es lo que purifica y transforma. Cada uno de nosotros porta un fuego interior, una llama viva de amor que crece en la medida en que la alimentamos.

Este fuego que llevamos dentro es el fuego que primero nos cambia a nosotros mismos, para poder mejorar la vida de los demás. ¿Qué fuego puedes llevar a los demás si no te dejas transformar primero por él?

Mecha humeante

A veces parece que no nos queda nada que llevar. Hemos perdido el fuego del deseo que puede encender otros fuegos, como decía San Alberto Hurtado; a lo sumo encendemos pequeños fuegos para calentarnos y no somos capaces de irradiar calor.

El fuego se apagó porque ya no tenemos una razón por la que arder.

Nuestra cultura está presa de la tentación de la banalidad de lo mismo, del miedo a exponerse. Y así es precisamente, como se permite que nazcan los conflictos. Tomar posición cuesta, pero es la única forma de construir la paz. Claro, quizás no nos pronunciamos porque no tenemos nada que decir, porque el fuego se ha apagado, porque ya no tenemos ni deseos ni ideas. La antorcha que se suponía que encendía otros fuegos se nos ha escapado de las manos:

“Un periodista preguntaba un día a Cocteau (famoso pintor francés) -con esa tópica cuestión que se plantea en todas las encuestas- qué salvaría él del Museo del Louvre si, en un incendio, pudiera rescatar una única cosa. Y Cocteau respondió: El fuego.

Tenía razón. Porque el fuego es más hermoso que la Victoria de Samotracia, más bello que la Monna Lisa, más vivo, sobre todo, que un Tiziano o que un Velázquez. Todos los cuadros, todas las esculturas son arte congelado. El fuego seguirá ardiendo y quemando mañana, seguirán braceando sus llamas, estará vivo.

Por esa misma razón, si alguien me preguntase qué página salvaría yo de cuantas he escrito, respondería sin vacilar que salvaría el coraje con que espero escribir la de mañana; porque ninguna de las obras que hicimos vale la milésima parte de la pasión que pusimos al hacerla, esa pasión que es la que seguirá empujándonos a vivir. Mi mejor día será el de mañana. Y mañana descubriré que el siguiente puede ser aún mejor.

Esa es la causa por la que no entenderé jamás a los satisfechos de sí mismos, a los que se dedican a mirarse en el espejo de su pasado y, mucho menos, a los que excomulgan el presente – «su» presente – en nombre de ciertas añoranzas de su ayer. Lo bueno de ´la vida es que estamos vivos.

(Martín Descalzo)

Fuego que es luz

No debemos permitir que se extinga nuestra llama de vida. El fuego es la luz que debe mantenerse encendida en tiempos de crisis, ese es el momento en que más se necesita la luz, el momento de esperar con las lámparas encendidas, aunque sean pequeñas.

El fuego encendido muestra nuestros verdaderos rostros, muestra dónde estamos, las posiciones que hemos asumido frente a las cosas.

El fuego encendido, distingue, aporta claridad. Es desde ahí, desde la luz, desde la verdad de nuestros rostros que podemos empezar a vivir, a construir de nuevo.

La luz del fuego permite distinguir el trigo de la cizaña. Ayuda a ordenar, a tomar decisiones. La paz comienza con esta claridad.

Y nosotros hoy, ¿qué fuego estamos trayendo al mundo? ¿Quizás mechas humeantes?

¿Es este realmente el fuego que somos capaces de extender sobre la tierra?

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