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Por qué dejar que los niños se regulen solos es un error

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Drazen Zigic | Shutterstock

Ignasi de Bofarull - publicado el 20/08/22

El Naturalismo pedagógico de Rousseau es contestado desde la neurociencia: La autorregulación se aprende, no nace sola. Un artículo del experto en educación Ignasi de Bofarull

El naturalismo pedagógico, inaugurado por Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) con su Emilio, o De la Educación (1762), propone una educación orientada a preservar al «hombre natural» que cada niño lleva en su interior con el fin de liberarlo de una sociedad corrupta.

Tras más de dos siglos, las ideas de Rousseau, sobre todo las que marcan el periodo que va desde el nacimiento hasta los 12 años, se han convertido en una pedagogía que lo fía todo a las intuiciones de cada estudiante no contaminadas por los propósitos de los adultos.

Rousseau rechazó, para estos primeros años, la educación positiva porque enfatiza demasiado la preminencia de las palabras frente a la acción; el deber; la moralidad y la religión; la disciplina estricta y la formación de hábitos. Creía que antes de la adolescencia esta educación negativa le permitía al niño aprender siguiendo sus impulsos naturales.

Frente a este antiintelectualismo con señas primitivistas hoy crece, entre otros, desde el mundo de las neurociencias, una postura divergente; ésta propone la promoción de las funciones ejecutivas y las capacidades de autorregulación enseñadas en los primeros años de vida.

El aprendizaje con recorrido no surge de unas iniciativas tan alejadas de la instrucción como pretendía Rousseau; y tan autoindulgentes como las desarrolladas por la Escuela Nueva desde el siglo XIX. El niño no aprende ni se autorregula por sí mismo sin el andamio constante del lenguaje transmitido – lleno de razón – por parte, primero, de sus padres y, progresivamente, de sus maestros.

Los niños necesitan ser guiados

La mayoría de los niños antes de los 12 años no progresan en su conducta sino no son guiados en sus tareas; no aprenden de sus intereses sino se ejercitan una y otra vez en repetir labores que les faciliten manejarse con la realidad cotidiana.

A causa de esta Nueva Pedagogía, en general los niños, los adolescentes, los jóvenes no crecen en memoria de trabajo; en focalización de la atención o en inhibición del impulso; en capacidad de planificar las tareas y ajustarlas en función de la naturaleza cambiante de cada situación, si no estudian, si no leen, si no entrenan la actividad intelectual y se fijan metas.

Cuentan con ellas potencialmente, pero deben ser incentivadas en el día a día para que lleguen a su realización; para que se conviertan en acto, para decirlo en palabras de Aristóteles. Son capaces de lenguaje (lectura, escritura, etc.), de cálculo (operaciones matemáticas para obtener resultados, etc.), de ciencia, pero nunca por «generación espontánea».

Un ejemplo de esta pedagogía ilusionista, de esta escuela mágica es el aprendizaje por proyectos; que, en muchas ocasiones, deja a los niños muy solos y desprotegidos cognitivamente.

Acabar con la autoridad del maestro

Como señala Catherine L’Ecuyer el aprendizaje puro, llevado a cabo por el niño prácticamente sin pautas (un ejemplo es el Aprendizaje Basado en Proyectos), no siempre prospera. El aprendizaje guiado (pautado), desde la instrucción de los maestros y profesores, tiene otras potencialidades.

La Escuela Nueva en su enfoque naturalista – y su pretensión de erradicar el principio de autoridad del maestro; y junto a él el principio de autoridad de la escuela y de muchos conocimientos, saberes, lecturas, materias – postula que la naturaleza del niño ya contiene en su mente todos los requerimientos de un modo autosuficiente. Se afirma que solo hay que acompañarle, a distancia, dándole las riendas.

La Escuela Nueva, en cierta medida, de la mano de Rousseau, contiene en su seno todos los elementos de muchas escuelas antiautoritarias aún vigentes; como por ejemplo las llamadas escuelas libres, tan extendidas en el presente. Es decir, escuelas utópicas que quieren cambiar el mundo desde las aulas con el único concurso de deseo de liberar a los niños del duro yugo de la realidad. 

Uno de los primeros correctivos para la Escuela Nueva

En los Estados Unidos esta Nueva Pedagogía, que ya se autoproclamaba progresista en los años 40, había inundado las escuelas del país.

Sin embargo, los soviéticos lanzaron el primer Sputnik en 1957 (satélites artificiales en órbita terrestre) y los norteamericanos reaccionaron ante este éxito aeroespacial de su gran competidor en la Guerra Fría. Acusaron a John Dewey (1859-1952) como el pedagogo promotor, desde los años ‘20, de una pedagogía muy activista y lúdica, pero poco concreta, inocentemente democrática y centrada en un niño excesivamente auto-expresivo.

La escuela norteamericana cambió, desde la lección soviética del Spuknik, recuperando esquemas más clásicos, más exigencia e instrucción. Así se pronunció el presidente Eisenhower: «había que abandonar las enseñanzas de John Dewey».

El país de Jauja o una escuela libre

Los resultados de la Escuela Nueva han ido derivando en resultados limitados y en experimentos imposibles; como la antiautoritaria escuela fundada por Alexander Sutherland Neill (1883-1973) que se denomina Summerhill School y cuyo inicio se remonta a 1921. Hoy tiene seguidores en España.

Por ejemplo, tras tanto ensayo prueba-error y tanta innovación quizá precipitada, tantos cambios de leyes educativas, en España, en las últimas dos décadas, las universidades se quejan de que los estudiantes llegan cada vez peor preparados. Son las generaciones producto de la LOGSE, la primera ley que promueve la escuela comprensiva.

Es decir, una escuela que está abierta a todos, que no es selectiva; y donde los logros, los resultados académicos comienzan a jugar un papel secundario. Incluso se termina rechazando los exámenes.

En esta situación, en España, con un paro juvenil disparado, emerge, aun minoritariamente, una nueva recuperación de valores pedagógicos de eficacia contrastada. No como una mera reivindicación de la escuela tradicional, sino como una renovación de los criterios frente al pedagogismo; que a veces vende humo y que están llegando a sus límites.

Es la neurociencia, la psicología cognitiva y la gran reválida que representa PISA unidas a las experiencias de escuelas más exigentes, como las charter schools en Estados Unidos y las free schools en Gran Bretaña (un ejemplo es la Michaela Community School). 

Allí se muestra que el acceso a la formación profesional de alta cualificación y a la universidad contienen datos incontestables que validan la escuela de la instrucción frente a la escuela constructivista. 

Grit: la perseverancia apasionada

Y estas experiencias tienen un denominador común: el propósito, el esfuerzo, el fomento de la atención.  Un concepto que emerge como representativo de estas últimas prácticas escolares –no el único-,  es el objetivo grit que ha sido propuesto y validado por Ángela Duckworth.

¿Qué significa grit? ¿Quienes son los estudiantes que se conocen como grittiers?  Son aquellos que han alcanzado un grado de aplicación, de auto-regulación, de funciones ejecutivas; lo que les permite trabajar desde la perseverancia apasionada con objetivos de largo recorrido. 

Nada que ver con la autoindulgencia creativa de la Escuela Nueva. Es la pasión y el deseo de saber y prosperar, en palabras de Duckworth, sobre la base de una profundización en los conocimientos académicamente relevantes.

En las Kipp Públic Schools, aunque solo son un ejemplo más, encontramos la base de este nuevo tipo de escuelas: atención, silencio, la autoridad del profesor, la educación del carácter; que son condiciones de posibilidad del ascenso social de las clases más desfavorecidas por ejemplo en su cultura y en su estatus socioeconómico.

Algunos las tacharán de restrictivas y conductistas. Podemos aceptar la crítica sin embargo el camino debe empezar por algún lado para luego superar las contradicciones.

En el otro extremo está la  igualación por abajo que propone por ejemplo en España la Ley Celaá, LOMLOE: escuela comprensiva, adepta a la promoción automática; deconstructora de los saberes y las materias. Lo que, en realidad, perjudica a las clases más humildes, las deja inermes negando la igualdad de oportunidades.

Y tras ella muchas escuelas católicas, cegadas por las modas (tan viejas y tan nocivas) acaban desorientadas en la invasión de las pantallas al servicio del oligopolio de Google, Apple, Amazon, Meta (antes Facebook) y Microsoft. 

Noticias desde Harvard: alimentar la civilización sin erosionarla

Desde la Universidad de Harvard, nada dudosa de defender postulados conservadores, desde su Center on the Developing Child, pionero en neurociencias,  se pronuncian sobre estos temas con  esta idea capital: «When children have opportunities to develop executive function and self-regulation skills, individuals and society experience lifelong benefits (Cuando los niños tienen oportunidades de desarrollar las funciones ejecutivas y las habilidades de autorregulación  los individuos y la sociedad experimentan beneficios a largo plazo)».

La escuela debe empujar hacia la civilidad, hacia la expansión de un conocimiento humanizador (científico y humanista, sabio y compasivo); desde lo mejor de la civilización que hemos heredado y que no podemos dilapidar. A veces oponerse, o ignorar, lo mejor de la herencia recibida es empujar hacia capítulos de cierta barbarie en la escuela.

Ahí están las funciones ejecutivas y la autorregulación como base de una sociedad más comprometida y responsable. Las funciones ejecutivas operan desde el córtex prefrontal, que es la región del cerebro encargada de la inhibición del impulso y del comportamiento cognitivo complejo cuyo eje es el lenguaje y la razón.

Las funciones ejecutivas intervienen en la focalización de la atención, la fijación de objetivos, la toma de decisiones, el manejo de la memoria de trabajo y la autorregulación cognitiva y del comportamiento social. ¡Qué lejos del espontaneísmo vitalista de la Escuela Nueva y el pedagogismo constructivista!

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