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«A la Iglesia mexicana le corresponde decirle al Gobierno: no podemos seguir así»

MEXICO

mpjd.mx

Jaime Septién - publicado el 08/08/22

Entrevista al poeta y activista por la paz, mexicano y católico, Javier Sicilia, sobre la actual situación de violencia en el país

El poeta y activista mexicano Javier Sicilia, a raíz del asesinato en 2011 de su hijo Juan Francisco por bandas de las delincuencia organizada, fundó el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD). Éste, además de dar voz a las víctimas de la violencia y sentar a los poderes del Estado de cara a la nación, creó la Ley de Atención a las Víctimas.

Ha escrito siete novelas, la última de las cuales, El deshabitado, es un testimonio de la experiencia que vivió a raíz del asesinato de su hijo y de la fundación del MPJD; así como varios libros de ensayos y biografías. Entre ellos destaca Poesía y Espíritu, publicado por la UNAM, y Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo, quien ya fue beatificada.

¿El asesinato de los jesuitas, puede ser un parteaguas para que las cosas cambien en México en materia de seguridad?

Lo que le sucedió a los sacerdotes, como lo que le sucedió a mi hijo, o a los muchachos de Ayotzinapa, sucede todos los días pero ya no nos conmueve. Ellos son lo que se llama en la jerga jurídica «víctimas de excelencia». Son esas víctimas que surgen del horror.

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Javier Sicilia

En ese momento la sociedad toma conciencia del infierno en el que estamos metidos. El Movimiento por la Paz – me choca decirlo – nació de la «víctima de excelencia» que fue mi hijo. Y sus amigos. A partir de entonces, el Estado comienza a actuar como debe actuar, pero no con la lógica de hacer justicia, sino para controlar los daños.

Ahora, aparecen estos dos jesuitas y vuelven a concitar la indignación. Y a mí lo que me preocupa es que la Iglesia se lanza hacia adelante, manda unos comunicados muy duros, los jesuitas también, y de repente dan un paso atrás.

¿Nos quedamos solamente con la oración?

Estas jornadas de oración –yo no digo que la oración no sea importante—deberían ir acompañadas por la acción. El Estado, ahora controlado por Andrés (Manuel López Obrador) controla todo el daño.

Empieza a bajar el poder de convocatoria y de indignación que genera el horror de la muerte de estos dos jesuitas; y nos empezamos, otra vez, a diluir en el infierno, en la cotidianidad de los crímenes. Y eso me preocupa mucho.

Estos momentos, como los del asesinato de mi hijo, como los 43 de Ayotzinapa, el zapatismo, son momentos de inflexión, siempre y cuando haya la dirección correcta y la capacidad de convocatoria.

¿Tiene la Iglesia o la comunidad jesuítica capacidad de convocatoria?

En el caso de los jesuitas, no la veo. Está ahí, pero no se está articulando. No se articuló en el caso de los muchachos de Ayotzinapa. La intentamos articular nosotros.

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Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad

Fue un momento político importante, donde las víctimas rompieron la narrativa oficial: «se están matando entre ellos», «son bajas colaterales», «algo habrán hecho»; esta abdicación del Estado para realizar su papel que es justicia, lo rompe. Logra hacer la Ley de Víctimas y se diluye todo, hasta Ayotzinapa. Pero se encapsula en los 43 y hasta 2022 tenemos que esperar para que surja otro iceberg que son los jesuitas.

¿Pero sí tiene la fuerza para mover a México?

La Iglesia es una institución que tiene toda la fuerza para convocar a una nación (porque no solo es la tradición de la Iglesia; es la tradición jesuítica y el Papa, al que le asesinaron a dos de sus hermanos).

Tiene una fuerza inmensa, que podría llegar a poner un «hasta aquí». Para crear una política de seguridad, de paz, de justicia, de verdad, etcétera. Tiene que mirarse el problema integralmente.

¿Qué tenemos que cambiar en términos de sociedad y de Iglesia para que la iniciativa de diálogo nacional no termine con “dos asesinatos de excelencia” más?

El problema es muy complejo. El diagnóstico indica que hay un Estado que está capturado por el crimen organizado y por la lógica criminal. No queremos aceptarlo. Es muy difícil hacerlo.

Aceptar que la familia y la casa en la que uno vive está destruida. Que el padre es un alcohólico que golpea a la madre y que la madre es una prostituta y que el hijo es… Cuesta mucho trabajo pensar que hay que empezar a construir desde cero.

El Estado es eso: esa casa que custodia la vida de los ciudadanos, y de repente esa casa está capturada, está podrida.

¿Lograste algo con el Movimiento por la Paz?

Se hizo el intento con la Ley de Víctimas que fue el único logro del Movimiento por la Paz. También el darle voz a las víctimas. Esa Ley tiene dos rostros. Es ambigua, porque es la señal que le dice al Estado que no cumple con su función de justicia a sus ciudadanos.

Por lo demás, esa Ley toma el problema en serio. Toca las cuatro partes fundamentales de lo que es la «justicia transicional». De un Estado capturado por la violencia, transitar a un Estado de Derecho.

Verdad, justicia, reparación y compromiso de que las cosas no vuelvan a suceder; son los cuatro pasos hacia un Estado de Derecho y es el espíritu de la Ley de Atención de Víctimas.

Pero se ha convertido, la Comisión emanada de esa Ley, en una especie de oficialía de partes donde la gente es administrada en su dolor. No sirve para nada. Más que para controlar daños. Para administrar el dolor de las víctimas.

¿Cuál fue la propuesta que le hiciste a Andrés Manuel López Obrador antes de que comenzara su mandato?

A partir de un diagnóstico de que el Estado estaba capturado y corrompido que ya no es capaz de juzgarse a sí mismo. Está tan capturado y tan corrompido que necesitamos construir dos mecanismos extraordinarios de verdad y de justicia apoyados por el Ejecutivo; pero coordinados por organismos internacionales de tal forma que podamos, verdaderamente, llegar a crear una ruta de justicia, de verdad que nos lleve a la paz.

¿Qué significa esto?

Significa que haya la mayor verdad para toda la nación y, por desgracia, la menor justicia para las víctimas. Tenemos tantos miles de asesinados y desaparecidos (y que se siguen acumulando) que ir caso por caso, no nos va a dar.

Es lo que se hizo en Sudáfrica, con Mandela. Eso es «justicia reansicional». Se hizo una gran verdad y se agarraron grandes fracciones de responsables. Es lo que se está haciendo en Colombia, desde hace ya tiempo.

Y no es una cosa de la noche a la mañana; es una larga construcción, pero necesitamos el acuerdo de todo. Necesitamos las partes sanas de todos: empresarios, partidos, Iglesia, todos tenemos que participar de esto, pero los diagnósticos están allí. Pero falta la voluntad política.

¿Hay algún camino a seguir?

Nosotros creemos que ahí están los diagnósticos, creemos que este es un camino probado, que tiene una ruta, un sentido y ha logrado bajar los niveles de violencia y generar justicia y verdad.

Una justicia mínima y una verdad amplia que ha podido ir deteniendo los vínculos del crimen organizado o de agentes ideológicamente perversos, totalitarios con el aparato del Estado.

Después de todo lo que has pasado, ¿tienes alguna esperanza?

Ahora yo tenía la esperanza de que, tras el doloroso asesinato de los jesuitas, la Iglesia tomara el relevo y que leyera la historia del proceso del Movimiento por la Paz y de todo lo que hemos realizado, para que tuviera elementos de articulación y no pensar que están empezando de cero.

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Pero no ha habido ningún eco. Las jornadas de oración y lo que intentan hacer, como el Gobierno lo ha hecho, puede volver a los ciudadanos los sujetos de la problemática.

Está bien que oremos, que pensemos, a la luz de la oración, dónde están nuestras faltas y nuestras complicidades como ciudadanos de esta nación. Pero la justicia, la verdad, no le corresponde a la ciudadanía, le corresponde al Estado. Y en este caso el Gobierno, que representa al Estado. Sea de derecha o de izquierda. No importa. Les corresponde una labor humana que no es la función de la Iglesia.

¿Cuál piensas tú que es la función de la Iglesia?

La función de la Iglesia es denunciar. Decir, señores, se está faltando a un principio fundamental que es la vida humana, la dignidad humana. Y eso les corresponde a ustedes hacerlo.

A nosotros nos corresponde decir que no podemos seguir así. Nos corresponde – es lo que yo pensaría – llevar a los expertos. Llevar los diagnósticos.

¡Sentémonos! Andrés (Manuel López Obrador), tienes que llamar a la unidad nacional, déjate de pleitos. A los partidos, déjense de pleitos y de frivolidades. El tema no son las elecciones, el tren maya; el tema es la paz, el tema es la verdad, la justicia. Es salvar la dignidad democrática. Yo esperaría eso de la Iglesia.

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