En el breve reinado de su marido, impulsó mejoras sociales en su país de adopción
Un frío día de enero de 1927, Bruselas amanecía triste. En su castillo de Bouchout había fallecido una anciana dama a la que, desde nobles y políticos hasta gente anónima, quisieron honrar con su último adiós.
El cuerpo sin vida de la que un día fuera flamante emperatriz de México, que descansaba sobre un lecho de flores, fue velado en la Cámara Imperial del castillo por su familia. Atrás dejaba una vida de desdichas, en la que brilló sin embargo, una corta pero intensa etapa. Fue su papel como Emperatriz de México el que asumió con mayor alegría y responsabilidad, y con el que se ganó el cariño de un pueblo al que amó sinceramente.












