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Homosexual, católico y feliz: La maravillosa lección de Lionel

CZY HOMOSEKSUALISTA MOŻE BYĆ ŚWIĘTY

Harry Quan/Unsplash | CC0

Giovanni Marcotullio - publicado el 25/06/22

Lionel Leon ha confiado la historia de su viaje de décadas como homosexual convertido a Dios en Cristo al podcast de Bethesda. La castidad llegó a su vida inscrita en un camino que mira aún más allá...

Se ha producido un extraño frenesí, últimamente, en este mes de junio para mostrar el apoyo a las manifestaciones a favor de los homosexuales, incluso en entidades católicas.

A menudo, esas expresiones están tan desgraciadamente en la polémica, que da la impresión de que por un lado y por el otro, se esgrimen jirones de verdad como arma impropia… y no te vienen ganas de entrometerte en el debate.

A ver, no es el ‘deseo’ lo que falta, sino la confianza en que la palabra puede servir verdaderamente para encontrar al otro y comunicarse con él; comprender sus razones, posiblemente más allá de sus errores, y dejar que se acerque a las propias, evitando las trampas de preconceptos y la idiosincrasia.

La historia de Lionel, ‘homosexual y católico feliz’

Al principio se trata no tanto de ‘comprender las razones’, como de escuchar historias. Como en la genealogía clásica de μύθος (mythos) y λόγος (logos), las razones existen eternamente (y por lo tanto han existido siempre) pero se van descubriendo poco a poco, a través de los relatos.

Me di cuenta de esto al escuchar la historia de Lionel Leon en el podcast de Bethesda, que se presenta como un ‘podcast de curación y conversión cristiana’ (dos episodios al mes, excepcionalmente bien elegidos y cuidados).

Para mí fue un gran descubrimiento, pero está en francés. Y como es probable que entre los muchos que probablemente se beneficien del testimonio de Lionel no todos estén familiarizados con su idioma, me parece una buena idea escribir un resumen.

Espero que ayude al debate al que me refería ofreciendo moderación, inteligencia, humildad… y fe.

En búsqueda

Lionel proviene de Périgord, una región francesa histórica y muy rica que él definió como “Provenza profunda”.

Nació en el seno de una familia de obreros entre finales de los años 50 y 60 del siglo pasado (se deduce que toda su adolescencia la vivió en los años 70) y no tuvo ninguna ‘introducción cultural’ al mundo de la homosexualidad. En familia no se hablaba de eso, no parecía una hipótesis real.

Lionel intentó salir con chicas, pero ante la falta general de entusiasmo que sentía en el ejercicio le preguntó a un amigo, del que se sabía que era homosexual, cómo podía entender si él también lo era.

Lo llevó con él a un club, donde desde esa misma noche descubrió «todo junto: el amor físico y mental’. Fue como fuegos artificiales».

«Nadie me ha rechazado»

Tenía entonces 16 años. Después de darse cuenta de que era homosexual, Lionel lo dijo de inmediato a su familia y amigos: sus padres recibieron la noticia con inquietud y dolor, pero nunca dejaron de amar a su hijo.

De los amigos y de todos los demás Lionel puede decir: ‘Nadie me ha rechazado jamás‘.

Los ‘fuegos artificiales’ sumergieron al joven Lionel en la vida que, incluso en la provincia francesa, podía llevar un adolescente homosexual en los años 70 del siglo XX.

En definitiva, el joven de dieciséis años se fue a trabajar a una discoteca y vivió bajo la bandera de la promiscuidad normal del ambiente (‘pasaba de chico a chico’).

Aquí es necesario hacer una aclaración que la transcripción de la historia podría no ser adecuada, y que es fundamental: la historia de la vida de Lionel está llena de espíritu crítico. Sin embargo, no desemboca en lo patético o en la autoacusación de pecados.

Un hecho decisivo

Cuando tenía 18 años, Lionel conoció a sacerdotes-obreros en Metz (una presencia fundamental en el catolicismo francés del siglo XX) que lo invitaron a momentos de oración relacionados con la renovación carismática.

Al joven le llamaron la atención estas reuniones, que cada fin de semana congregaban a varios centenares de personas, aunque confiesa que en aquella época le atraían más las comidas que las historias que escuchaba a medida que iba conociendo a la gente.

Sin embargo, un hecho decisivo ocurrió durante uno de estos retiros de oración, cuando el obispo también fue a celebrar misa con ellos.

Durante el canto del Padrenuestro, Lionel vivió una experiencia de la que en retrospectiva no duda y describe como ‘efusión gratuita del Espíritu‘, pero que en ese momento no supo explicar:

Vi’ toda mi vida, como en una película -claramente en mi corazón, ¡no es que tuve visiones!-, y encima de todo vi a Jesús diciéndome: «Te amo».

En ese momento vi que en mi vida no había amor, y Jesús me dijo: “Yo morí por ti por esto, porque en tu vida no hay amor; pero te amo y quiero enseñarte a amar».

Un proceso de profundo cambio

Fue un acontecimiento extraordinario que marcó un cambio radical en la vida de Lionel, pero no sin otras importantes mediaciones humanas, ni (sobre todo) sin tener en cuenta la gradualidad de la conversión, que para Lionel fue objeto de cuidadosa y muy madura reflexión.

Los sacerdotes antes mencionados le obsequiaron entonces con una Biblia, pero el regalo no fue muy bien recibido: ‘No me gustaba la Biblia, por lo poco que sabía de ella’.

Luego le dieron una copia de la Historia de un alma de Teresa de Lisieux y le dijeron: ‘Lee esto primero’.

Esa lectura lo conmovió hasta las lágrimas desde la primera hasta la última página, y al final del libro Lionel dijo en oración: ‘Jesús, acepto que me has convertido‘.

Fue un pasaje que Lionel identifica como muy importante en sus peripecias, y los devotos de la pequeña carmelitana verán fácilmente un fuerte signo de la actividad misionera celestial de Teresa.

En ese punto, Lionel decidió renunciar y se mudó de Burdeos a Niza.

Orientación espiritual

Se buscó un padre espiritual, porque mientras oraba sintió que no podía quedarse sin confrontarse y sin indicaciones, y ‘se encontró’ con el P. Joseph, monje lerinense de la abadía de Saint’Honorat, en el archipiélago frente a Cannes. Habiendo escuchado su historia, el monje le dijo:

Escucha… vienes de tan lejos… el Señor ha venido a buscarte de tan lejos que yo… ahora sólo puedo pedirte una cosa: confiésate cada vez que caigas, cada vez que peques.

Lionel estaba asombrado de que el p. Joseph no le dijera nada más: nada sobre el estilo de vida pasado, nada sobre un estilo de vida a adoptar, excepto: ‘confiésate cada vez que pecas’.

Y Lionel necesitaba más que un confesor, ya que seguía pecando ‘todos los días’.

En ese período también entró en contacto con grupos de pentecostales, de los que sin embargo huyó como un demonio básicamente porque promovían terapias restaurativas:

Puedo decir que no funcionan, pero más aún que en no pocos casos he visto a jóvenes acabar en tales sentimientos de culpa como para poder “salir” solo con el suicidio.

Un encuentro, más que normas

Después de algún tiempo, el P. Joseph agregó una directiva: ‘Ahora tómate diez minutos al día para orar ante el Santísimo Sacramento‘. Años después, Lionel comenta lo siguiente:

Poco a poco se fue construyendo en mí esto, que sin embargo no funciona sin un encuentro personal con Jesús: cuando te encuentras con un homosexual no debes empezar por la moralidad, sino que debes tratar de provocar este primer y fundamental encuentro con Cristo Redentor.

Jesús es libre de intervenir con quien quiera, como y cuando quiera, pero actúa por etapas.

El primero para mí, a partir de ahí, fue que me enamorase de un chico y que este se enamorase de mí: el primer paso fue precisamente la lealtad.

Una relación

Lionel luego menciona la historia que tuvo con un hombre, en cierto momento de su vida (y cuando ya había comenzado su conversión): con esa relación los dos abandonaron la vida de promiscuidad que Lionel ya había dicho “típica del joven homosexual”, y tuvieron diez años de fiel convivencia.

Después la relación ‘terminó mal’, insinúa rápidamente Lionel: ‘Es la vida… El Señor tenía otra cosa guardada para mí’.

Por un lado, en aquella época Lionel se sentía llamado a una cosa; por el otro, se sentía tentado a volver a caer en la promiscuidad de la primera juventud.

Cuando conoció a Didier los dos se enamoraron, le pidió que se fueran a vivir juntos, y él respondió con un relanzamiento sin precedentes:

«Sí, vengo a vivir contigo, pero sólo si vivimos en total castidad y absoluta continencia».

Imaginé que lo rechazaría sin mirar atrás, y en cambio me dijo: ‘Vamos a Lourdes‘.

Un pacto en un lugar especial

Los dos se unieron a una peregrinación del Secours Catholique (la Caritas francesa) y pasaron una semana en el santuario mariano enclavado en los Pirineos:

‘Hicimos algunas cosas juntos y vivimos otras experiencias cada uno por su cuenta’. Al final de los siete días, Didier le dijo a Lionel que se quedaba, que quería vivir la castidad y la continencia con él.

Lionel llevó entonces al ‘amigo reencontrado’ a la Basílica del Rosario (la que da inmediatamente a la explanada) y allí los dos sellaron un ‘pacto con el Eterno’ pidiendo la gracia de hacer posible ese deseo imposible.

Un regalo de Dios

Y llegó la gracia, consistente como el pan, porque los dos se mudaron al Périgord y vivieron juntos durante 16 años, conviviendo y durmiendo juntos, sin que se sofocara ni una sola vez la abstinencia y la castidad.

Paradójicamente, pensé que la abstinencia -y me refiero al mero coito erótico- sería menos difícil que las otras -incluyendo miradas, caricias, alusiones- de obtener, y en cambio ambas cosas nos fueron dadas tal como las habíamos pedido.

Didier también hizo su camino, desde el momento en que su camino se había unido al de Lionel cuando este último ya se encontraba en una etapa nada trivial de conversión: a su compañero trató de proponerle la vida de fe como se le había propuesto a él.

Dios siempre procede paso a paso, y si uno dice ‘sí’, entonces pasa a la siguiente etapa. Si, en cambio, decimos ‘no’, Cristo espera. Y luego vuelve a intentarlo.

Lionel afirma haber observado un importante refinamiento en su discernimiento de los espíritus, hasta el punto de hablar abiertamente de un ‘don carismático‘:

No son cosas que pasen todos los días… en 30 años habré tenido una treintena de estas ‘palabras’.

Pero sucede que en la oración me destellan en el alma algunas ‘palabras’ que siento con absoluta certeza que vienen de Jesús.

Por ejemplo, una vez una de estas palabras me pidió que le escribiera a una persona que yo sabía que estaba muy probada por su camino, una carta con las palabras “no te suicides, Dios te ama”.

Me resistí a hacer eso porque podía desviarme del objetivo, ‘Oh, bueno, si sale mal, pensará que estás loco y se reirá, pero si sale bien podrías que le hayas salvado la vida’.

Y el destinatario de la carta lo llamó llorando y le dijo que había decidido suicidarse ese mismo día en que le llegó su carta.

O en otra ocasión fue al final de la enfermedad de Didier: yo estaba en casa viendo la tele, él me llamó y me dijo que los médicos le habían dado un año y medio de vida.

Sentí las palabras de Jesús en mi corazón: ‘Llama a un sacerdote amigo y haz que Didier tome últimos sacramentos‘. Eran palabras inequívocas.

Lo hice: vino un sacerdote y le dio a Didier los últimos sacramentos. Bueno, el caso es que, a pesar de lo que habían dicho los médicos, Didier murió esa misma noche.

La Gran Esperanza de Lionel

Los últimos seis meses con Didier los pasamos en preparación para la muerte y en la preparación de la Misa de ‘Resurrección’ (‘… que luego será también la mía…’).

La historia deja aquí espacio para la Gran Esperanza de Lionel, la de un Dios vivo en el cual todos viven.

Esto no quiere decir que suframos desapego, somos sensibles a la ausencia, a veces incluso llorando… pero sumerge esta experiencia en el horizonte de la Esperanza.

Lionel resume su testimonio afirmando que la Gracia realmente existe, no es un teorema teológico, y que Dios necesita nuestra libertad:

Jesús llama a cada uno a un camino de santidad, pero paso a paso. Para mí hubo tres puntos de inflexión, después del comienzo de la conversión:

• confesarse;

• amar a Alguien;

• alcanzar la castidad.

Castidad a la cual – Lionel está convencido – todos deben llegar, incluso los cónyuges que pueden y deben ejercer su sexualidad en el contexto del matrimonio.

Iglesia paciente y sabia

Mirando la obra de la Iglesia, por la que Lionel dice sentirse amado y que profesa amar mucho, identifica ‘una gran sabiduría y paciencia’.

Luego hay un ‘cuarto punto’ que todavía siente frente a él, y no a sus espaldas:

Debería mudarme para ir a vivir un corazón a corazón con Dios en Paray-le-Monial [en el santuario del Sagrado Corazón en Franche-Comté].

Vendí mi coche hace unos días, y con ese dinero logré pagar la mudanza. Siento que Dios me llama a una mayor intensidad de oración.

A partir de aquí comienzan las recapitulaciones y “llamadas” de Lionel en el podcast. En primer lugar, una ilustración del significado ‘ejemplar pero no vinculante’ de su viaje:

Este es mi camino, pero no juzgo a nadie: cuando alguien se abre, no debemos juzgarlo, sino escuchar y confiar en el Espíritu, ciertamente debemos aceptar que Él hace Su obra…

Siempre me he sentido amado, por la Iglesia, y la amo: siempre supieron que yo era homosexual. Sin embargo no siempre supieron que vivía en castidad, pero nunca me sentí juzgado.

La Iglesia ofrece una palabra de verdad para que seamos felices, y esta ha llegado a mi vida a través de estos 7 medios, que con gusto recomiendo a todo aquel que viene a mí:

• vida de oración;

• al menos una confesión mensual;

• Comunión por lo menos una vez a la semana;

• confrontación con un padre espiritual;

• lectura constante de la Palabra de Dios;

• amistad espiritual (con hombres y/o con mujeres: uno no mira el sexo cuando busca amistad);

• devoción al Sagrado Corazón y al Inmaculado Corazón (¡muy importante para salvaguardar la castidad!).

Mensajes a las familias y a las personas homosexuales

Luego Lionel quiso dirigirse a los padres de hijos homosexuales:

Nadie te pide que no llores, por tus hijos homosexuales, no es anormal que no parezcas normal, que te cueste aceptar.

Lo que no debe pasar es que dejes de amar a tus hijos, o que les eches el lastre de las “terapias restaurativas”, que no funcionan.

Y finalmente quiso decir unas palabras a los mismos homosexuales que tropezaron con su podcast:

Dios los ama tal como son: los quiere llevar de la mano para guiarlos por el camino de la santidad.

No te obligará a hacer nada. Sólo que no rechaces a Jesús y a la Iglesia, porque los necesitan más que nadie.

La Iglesia es extraordinaria: puede que encuentres algunos imbéciles obtusos, pero a esos los puedes encontrar en cualquier lugar también, mientras que es en la Iglesia donde se te darán las mayores y más ordinarias posibilidades de encontrar a Cristo. Hay tantos. Sobre todo, busca un encuentro con Cristo.

»Todo obra para bien, para los que aman a Dios’: ¡hasta los pecados!’ (Agustín)

Quedé asombrado, escuchando el testimonio de Lionel, de una manera tal vez no muy diferente de cómo debieron sentirse los sacerdotes que escucharon el sincero testimonio del ciego de nacimiento de Juan, 9.

Lionel no citaba concilios y dogmas sobre la gracia (a pesar de vivir en una tierra que hizo una importante contribución a ese debate). Pero su exposición resultaría impecable incluso para los más meticulosos de los ‘doctores de la ley’.

Es cierto que Lionel ha vivido numerosas relaciones ‘objetivamente desordenadas’. Pero es evidente para cualquiera que escuche su historia el clímax positivo de las conversiones realizadas.

Estas no son importantes para nosotros (nosotros los heterosexuales y/o nosotros Iglesia) como si pudiéramos/debiéramos juzgarlas (de hecho, es muy liberador para nosotros ya que Lionel no menciona el asunto en lo más mínimo); estas si son importantes para nosotros porque son ejemplares para nuestra vida.

Una inspiración universal

Si es verdad, como es cierto, que las vidas de los santos no nos interesan por un promedio (aritmético, estadístico o algebraico) de pecados y actos virtuosos, sino por cómo se afirma la virtud santificante en la vida de los pecadores (todos los somos) a fin de cristificarlos, de santificarlos, hasta de deificarlos; entonces el testimonio de Lionel no solo es interesante, sino también desafiante para todos los niveles de la vida eclesial:

  • por el testimonio, porque quien ‘nace lleno de pecados’ (Jn 9,34) puede ‘enseñarnos’ a nosotros (y mucho);
  • por la comunión, porque también “nosotros” estamos llamados a una curación y una purificación no diferentes de las que él testimonia;
  • por el sacramentario, porque los medios que él usa son simplemente los que se han ofrecido a todos, y no parece que ordinariamente ‘nosotros’ hagamos mejor uso de ellos;
  • por el servicio, porque los ministerios que ‘nosotros’ (Iglesia) ejercemos son sacrosantos pero deben encontrar en la santificación de las personas el punto final de recaída y la necesaria prueba de su misma razón de ser.

Recordé, escuchando a Lionel, de aquel documento que había trascendido durante el largo y reñido Sínodo sobre la Familia, entre 2014 y 2015, en el que se proponía:

Sin negar los problemas morales asociados a las uniones homosexuales, cabe señalar que hay casos en los que la ayuda mutua en el punto del sacrificio constituye un apoyo precioso para la vida de los cónyuges.

El pasaje fue borrado y no llegó al documento final, y mucho menos a la exhortación apostólica postsinodal.

Pero a posteriori no puedo dejar de pensar que esa anulación (en la que yo mismo esperaba y por la que me regocijaba) se debió más a las ambiciones de lobbies de las comunidades que propusieron el concepto (que, como es bien sabido, no se dedican a absolver a los pecadores sino a los pecados) que a sus razones teológicas intrínsecas.

Me pregunto qué habría dicho el aula de los Padres sinodales ante una historia como la de Lionel. ¿Y qué tendría que decir, positivamente?

Quizás lo que descubrió en la revelación que le fue dada a través de su historia, ¿no se aplica también a las parejas casadas, que con frecuencia son tan gravemente disfuncionales como cualquier pareja ‘intrínsecamente desordenada’?

¿Su lección es útil sólo para los homosexuales que buscan un lugar en el mundo y en la Iglesia… o también (y no en mucha menor medida) para todo bautizado?

Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero son injustificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención cumplida en Cristo Jesús.

Rom 3, 23-24

¿Orgullo?

Ilustrando estas difíciles cuestiones a los monjes de Adrumeto, el ya anciano Agustín se atrevió a escribir:

Para aquellos que tienen tal manera de amarlo, Dios coopera en todas las cosas para bien, precisamente en todas las cosas, hasta que aunque algunos de ellos se desvíen de la carretera [etiam peccata!], Incluso un hecho símil lo devuelve a su bien, porque vuelven más humildes y mejor formados.

Aug, corr. et gr. 9.24

Y su conclusión podría ser suficiente para que los defensores de ambos ‘orgullos’ se enfrenten en este junio ya al rojo vivo por varias guerras:

Por tanto, que nadie diga que no debemos reprender a los que se desvían del buen camino, sino sólo pedir al Señor el retorno y perseverancia; nadie que sea astuto y fiel diga esto.

En efecto, esto ha sido llamado según el decreto, es indudable que Dios coopera a su bien también a través del reproche.

Pero como el que le reprocha no sabe si ha sido llamado de esta manera, debe hacer con amor lo que sabe que debe hacer; de hecho, sabe que si uno se ha desviado, debe ser reprochado, y entonces Dios ejercerá sobre él o su misericordia o su juicio.

Ibíd., 9.25

Ciertamente, uno escucha el libro de frases de la ‘Marsellesa’ en Lionel, en el que el aire de Lérins, ¡incluso después de tantos siglos! – ya ha mitigado y resumido las sentencias agustinianas: la soberbia no es cosa útil, ni para los católicos ni para los homosexuales.

Porque ambos son pecadores (y ciertamente no será la soberbia la que palie sus vicios), pero todos pueden invitarse a la gracia de Dios enviada al mundo por Cristo.

‘Sin embargo, esto debe hacerse con mansedumbre y respeto, con una conciencia recta’ (1 P 3, 16).

Quizá porque está más interesado en dar testimonio de los dones recibidos y propagarlos a quienes aún los necesitan que en buscar nuestra (muy superflua) aprobación, Lionel parece ser de los que así lo hace.

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