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Lo que pasa cuando deseo el mal a alguien

ANGRY

Rainer Fuhrmann | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 15/06/22

Desear el mal me vuelve mezquino, envidiar lo que no tengo quitándoselo al que lo posee me convierte en mala persona

No entiendo cómo puedo desear el mal de mi prójimo. Quiero ganar, quiero ser el primero, pero ¿desear el mal de mi hermano? Eso no es bueno, no es sano, no me ayuda a crecer. Tengo que hacérmelo ver si estos sentimientos me envenenan.

Hoy se respira un ambiente de mucha competitividad en todas partes. Mucha tensión, mucha descalificación del contrario, mucha envidia.

Claro que es bueno competir, luchar por una meta que parece no estar a mi alcance. Lo contrario serían pasividad y dejadez y no podría crecer.

En esa lucha puedo cometer errores, caer y ser derrotado. Todo es posible porque hay momentos en la vida en los que sólo uno puede lograr la victoria.

Sólo uno puede lograr seguir el camino que se abre ante sus ojos. No todos pueden. No sé si me convendrá lo conseguido. En ocasiones la derrota enseña más que la victoria.

Pero en cualquier caso no deseo nunca el mal del que lucha contra mí. No deseo que pierda mi adversario.

¿De dónde viene la envidia?

Desear el mal es propio del demonio que se mete en mi corazón. ¿De dónde brotan la guerra, la rabia, el odio, la envidia?

Brotan del corazón que está enfermo, herido. Quiero poseer lo que otros tienen, quiero arrebatárselo.

Todo lo que me permita crecer como persona está bien. La exigencia siempre es buena. Luchar por ganar a mi adversario saca lo mejor de mí, me hace ser mejor en el deporte, en lo profesional.

Pero sólo desear que a los demás no les vaya bien, o que a mi enemigo no le vaya bien, me hace daño.

Y además hace que mire en menos siempre lo mío. O piense que hay una persecución de alguien que no desea mi bien. Esos sentimientos me hacen daño.

Me siento perjudicado. Me acabo creyendo que siempre a mí me pasan estas cosas. Esa forma de mirar la vida me enferma.

Mirar con gratitud

Quisiera disfrutar más de la vida que tengo. Aplaudir al que consigue un éxito. Alegrarme con los triunfos de los demás. Eso querrá decir que mi corazón es más grande, más ancho, más hondo.

Quiero mirar con alegría y gratitud todo lo que tengo, la familia que Dios me ha regalado, ese trabajo que puedo vivir con alegría.

Quiero alegrarme y alabar a Dios por las compañías, amistades, familiares que Dios ha puesto para mostrarme su amor y enseñarme a amar.

Todo lo demás que pueda quitarme la paz es veneno. Y el veneno me acaba matando y quitándome años de vida.

Odiar me hace daño. Guardar rencor me enferma. Desear el mal me vuelve mezquino. Envidiar lo que no tengo quitándoselo al que lo posee me convierte en mala persona.

Nuevos objetivos

Por eso no dejo de levantarme con nuevos objetivos ante mis ojos. No me basta lo logrado, no estoy totalmente conforme con lo conseguido.

Siempre puedo dar más, apartar de mí esas actitudes egoístas que me limitan. Puedo crecer y ser mejor persona.

No se trata de conseguir siempre lo que deseo, aquello por lo que lucho. Decía Mirta Medici (psicóloga):

«No te deseo un año maravilloso donde todo sea bueno. Ese es un pensamiento mágico, infantil, utópico».

Es cierto, no quiero que todo sea bueno en mi vida. No pretendo que todo me salga bien y obtenga todo lo que quiero.

Acostumbrarme a la victoria, al éxito me puede debilitar. La pérdida y la derrota hace que vea en ello una oportunidad para crecer, para cambiar cosas, para mejorar otras.

El Espíritu me cambia

Es bonito ver la vida así. El bien me hace bien. Pensar bien de los demás le devuelve a mi corazón la inocencia perdida.

Creer en la bondad que hay en el ser humano me hace ser positivo. No quiero vivir con el veneno de la mirada negativa sobre todo, sobre todos.

Puedo mejorar y ser más de Dios. Para eso necesito que habite en mí su Espíritu. Sólo Él puede hacer todas las cosas nuevas en mí.

Puede cambiarme por dentro. Puede darme la paz que me falta. Devolverme la alegría que he perdido.

Quisiera quedarme con lo bueno que hay en mi corazón y erradicar ese mal que me hace daño. Leía el otro día:

«Hay mucho malo en nuestra vida como para descuidar lo bueno que nos encontramos por el camino».

Amelia Noguera, Escrita en tu nombre

No estoy dispuesto a desear el mal a nadie

Pienso en todo lo bueno que hay a mi alrededor. En todas las personas que sacan lo mejor de mí. En todas las oportunidades para crecer que se despliegan ante mis ojos.

Quiero ser mejor, más de Dios. Me pesan la carne y el pecado. El dolor se mete dentro del alma cuando me han ofendido, dejado de lado, ignorado. Me siento atacado y reacciono con ira.

No puede depender mi estado de ánimo de todo lo que ocurre a mi alrededor. No puedo vivir en tensión en medio de este mundo en el que la bondad convive con la maldad.

Hay muchas injusticias, mucho odio, mucha rabia. Y yo no quiero aumentar esa presencia del mal a mi alrededor.

No estoy dispuesto a desear el mal a nadie. No quiero tener enemigos a los que no quiera ver.

Pido por todos, acepto a todos, quiero a todos. No tienen que pensar como yo para que los quiera. No tienen que hacer lo que yo haría para que los acepte.

Los miro con bondad, con alegría, con humildad. No estoy en posesión de la verdad. Sólo quiero que en mi corazón habite el amor de Dios. Es lo único que puede cambiarme por dentro de verdad.

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