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¿En qué sentido somos Dios?

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DONNA SGUARDO AL CIELO

Rushay|Shutterstock

Jose Luis Vázquez Borau - publicado el 14/06/22

El Espíritu Santo es el soplo divino en nuestras vidas y así es como nos une profundamente a la divinidad

San Serafín de Sarov (+1833), llegado a staretza los 66 años después de largos años de eremita y de soledad austera (los staretzson guías espirituales cuya sabiduría se remonta tanto a la experiencia, como a la intuición), decía:

«La verdadera finalidad de nuestra vida cristiana es la conquista del Espíritu divino. La oración, el ayuno, la limosna, la caridad y las restantes buenas obras realizadas en nombre de Cristo son los medios para adquirir el Espíritu divino».

Así, antes o después de haber recibido la gracia del Espíritu, nadie sale de la oscuridad del alma ni contempla la luz del Espíritu sin pruebas, esfuerzos, sudores, violencia, angustia y tribulación.

«El reino de Dios sufre violencia y y los violentos son los que lo arrebatan» (Mt 11,12), porque «es preciso pasar por muchas estrecheces para entrar en el reino de Dios» (He 14,22).

El Espíritu en nuestro interior

En efecto, el Reino de Dios es la participación en el Espíritu Santo, del que se dice: «El reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17,21).

El Espíritu Santo es el principio realizador del «misterio cristiano», que es el misterio del Hijo de Dios hecho hombre y que hace que los seres humanos nazcan como hijos de Dios.

Antes de la creación del mundo, el Padre concibe a su Verbo-Hijo como destinado a tomar humanidad, por el Espíritu Santo, en María, hija de Sión.

Tomar una humanidad capaz de recomenzar y de acabar la que salió de Adán; ser la del «primogénito de una multitud de hermanos» (Rm 8,29).

El Espíritu actúa en nuestros corazones. Dice san Agustín: «Interroga tus entrañas. Si están llenas de la caridad, tienes el Espíritu de Dios» (PL 35, 2043).

La acción de Dios

Dios está en todas partes y en ninguna porque es espiritual. Está presente allí donde actúa.

Su acción no produce ningún cambio en Él mismo, pero suscita una realidad fuera de él. Nosotros somos transformados según la gracia de su don: la adopción como hijos de Dios.

Por la fe y la caridad, dones sobrenaturales de la gracia, Dios se nos da, de tal manera que lo poseemos.

Dios no solo está en nosotros, sino con nosotros y nosotros con Él. Una unión que nos sitúa en una relación nueva y divinizante con Dios, con su Espíritu Santo.

Una vida en Cristo

Dios Padre, por su Espíritu, hace que Cristo habite en nuestros corazones, es decir, en la profundidad de nosotros mismos donde se forma la orientación de nuestra vida (Ef 3, 14-17).

Quien nos instruye es el Maestro interior en una vida «en Cristo», que es el centro e incluso la cima, pero no es el término, que es el Padre.

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm 5,5). San Juan de Cruz comenta:

«El alma ama a Dios con voluntad de Dios, que también es voluntad suya; y así le amará tanto como es amada de Dios, pues le ama con voluntad del mismo Dios, en el mismo amor con que Él a ella le ama, que es el Espíritu santo, que es dado al alma».

Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo sino el Espíritu que viene de Dios (1Cor 2,11-12), que viene en nuestra ayuda pues no sabemos orar como conviene.

Pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inenarrables y el que escudriña los corazones intercede por los santos (Rom 8,26-27).

¿Contra quién debemos luchar?

Jesús, ungido por el Espíritu en su bautismo con miras a su ministerio mesiánico, fue conducido al desierto inmediatamente después, por el Espíritu, a hacer frente al demonio en una serie de tentaciones que atacaban frontalmente los dos valores revelados en su bautismo: la cualidad de Hijo amado que debía realizarse en el destino del Siervo.

Nosotros, además de hacer frente a la carne y a la sangre, debemos hacer frente también a los espíritus del mal que reinan entre el cielo y la tierra, al espíritu que actúa entre los hijos de la rebelión (Ef 2,2).

Juzgados, acariciados, transformados

El Espíritu Santo actúa en el interior, donde penetra como una unción.

Nos hace sentir, en un nivel más profundo que el del arrepentimiento de tal o cual falta, el atractivo soberano hacia la Belleza, la Verdad y la Bondad, dándonos una conciencia aguda de nuestra miseria, de la mentira y del egoísmo que llena nuestra vida.

Nos sentimos juzgados y, al mismo tiempo, acariciados por el perdón y la gracia.

Se derrumban entonces nuestras falsas excusas, el sistema de autojustificación y de construcción egocéntrica de nuestra vida. Esta es la profunda conversión.

«Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, éstos son hijos suyos» (Rom 8,14). Solo Dios puede guiarnos para alcanzar su propio terreno, su propia herencia.

La cosecha del Espíritu

Los dones son disposiciones permanentes que hacen al cristiano presto a seguir la moción de la inspiración divina o del Espíritu Santo. Y esta es la «cosecha del Espíritu» según san Pablo:

«El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza«.

Gal 5,22

Otras enumeraciones: «bondad, justicia, verdad» (Ef 5, 9), «justicia, piedad, fe, amor, perseverancia, dulzura» (1Tim 6,11), «justicia, paz, alegría en el Espíritu Santo» (Rom 14,17,15,13).

Finalmente, «nos acreditamos con honradez, con conocimiento, con comprensión, con bondad, con Espíritu Santo, con amor sincero, con la palabra de verdad. con poder de Dios» (2 Cor 6,6-7).

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