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Renunciar no es perder

PERDONO FRATERNO

Olena Yakobchuk|Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 07/06/22

Cuando la renuncia es por amor, con la fuerza del Espíritu Santo, es una ganancia

No me siento maduro en la misión de toda mi vida: amar con todo mi ser y dejarme amar.

Y es que no sé amar de verdad. No sé amar a mi hermano, a mi cónyuge, a mis hijos o padres como Dios me ama a mí.

Pero el Espíritu Santo me capacita para lo más difícil en el amor. Comenta el padre José Kentenich:

«Una vida en el Espíritu Santo nos capacita para la renuncia que no es expresión de frialdad sino de un amor heroico».

Kentenich, José. Lunes por la tarde 20 (p. 186). Editorial Schoenstatt.

Que aprenda a renunciar en el amor tiene que ser un fruto de una escuela que dura toda la vida.

Necesito calma, tiempo y entrega para aprender a renunciar.Puedo hacerlo si me dejo hacer.

Puedo si el Espíritu Santo vence en mí todo lo que está en desorden. Sólo si entiendo que la renuncia es un valor y no una pérdida.

El sentido de la renuncia

Me cuesta entender la renuncia. ¿Por qué tengo que renunciar a lo que puedo poseer? No me gusta sentirme frustrado y ver cómo se me escapan los sueños. Lo quiero todo ya, ahora.

Y en el amor es así. Quiero amar, pero busco que me amen. Quiero darme pero me alegra recibir. Se me olvida esa frase que en los Hechos de los apóstoles:

«Recordando las palabras del Señor Jesús: – Hay más felicidad en dar que en recibir».

Podría decir que hay más felicidad en renunciar por la persona amada que en el hecho de que ella renuncie por mí.

La diferencia entre perder y renunciar

En ocasiones el amor se tensa. No quiero renunciar tanto. No quiero tener que renunciar yo siempre. Y entonces compito y mido.

Se me olvida que es más importante hacer feliz a quien amo que esperar a que me haga feliz. Quiero recibir, quiero que me dejen vivir, quiero ser.

Renunciar no es lo mismo que perder o dejar de ser yo mismo.

El que pierde en una batalla lo hace después de luchar tratando de lograr lo que perseguía. Cuando fracasa pierde lo que podía haber conseguido.

En la renuncia es diferente. El que renuncia toma la decisión antes de caer y quedarse sin nada.

Directamente le dice que no a lo que podía ser suyo y lo hace por amor a su prójimo, a su hermano, a su cónyuge, a su hijo, a su padre.

El amor es asimétrico

Y el motivo no es evidente para los que lo ven, para los que no saben mirar el corazón.

Siempre la renuncia tiene razones ocultas que sólo el corazón sano, y santo diría yo, es capaz de ver.

Renunciar por amor es un grado más alto de amor. El que ama renunciando asume que el amor siempre es asimétrico.

La simetría no existe en la entrega. No siempre recibo lo mismo que doy. Ni siempre mi renuncia será compensada por la renuncia de aquel a quien amo. No siempre recibiré algo a cambio que sea lo suficientemente grande para calmar mi dolor.

Soy un convencido de que las personas que saben renunciar por amor están hechas de otra madera. Y tienen un don en el alma que los hace especiales.

Han vivido en la escuela de María y de Jesús. El que regala el Espíritu Santo porque lo lleva dentro está lleno de Dios. Y esa presencia es la que le permite crecer.

Pido ese don para ensanchar el alma. Para hacer más grande mi vida, para vencer mis egoísmos. Para ser más noble y aceptar con humildad el camino elegido.

Pedir el Espíritu Santo

Ahora imploro el Espíritu Santo.Que venga sobre mí y cambie mi corazón:

«Envía tu espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra.
Bendice, alma mía, al Señor.
¡Dios mío que grande eres! ¡Cuántas son tus obras, Señor!
La tierra está llena de tus criaturas.
Les retiras el aliento, y expiran, y vuelven a ser polvo».

Que envíe el Señor su Espíritu y renueve mi vida interior.

¡Renuévame!

A menudo estoy medio muerto, seco, hastiado, cansado por el calor y la vida exigente. Triste porque no logro cuidar mi alma y me desgasto por los caminos.

Deseo que se renueve mi alma al ser bendecido. He rezado también la secuencia del Espíritu Santo:

«Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno».

Suplico que venga su Espíritu. Fuente de consuelo. Luz que ilumina mis noches. Tregua en el trabajo. Brisa en el calor. Presencia en el vacío.

Agua que lava las manchas. Calor en el frío. Calma para mi espíritu indómito. Guía cuando me confundo. Gozo en todas mis penas. Salvación cuando no encuentro el sentido.

Del miedo al amor

Todo eso se lo pido a Dios. Y que me regale sus siete dones: ciencia, sabiduría, consejo, fortaleza, piedad, inteligencia y temor de Dios.

También le pido que me dé sus frutos: Gozo, benignidad, fe, bondad, templanza, perseverancia, mansedumbre, castidad, caridad, paz, paciencia, modestia.

Pido que el Espíritu Santo convierta mi cenáculo, lleno de miedo y desesperanza, en un pentecostés lleno de fuego y de vida.

Quiero que el viento huracanado arrase con todo lo que está viejo y gastado. Que su Espíritu me capacite para el amor.

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