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Cuando las nubes te impiden ver a Jesús

STORMY SEA,

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 30/05/22

Imaginando que el día de la ascensión todo se cubrió de nubes, como si el cielo entrara en contacto con la tierra para no ver mucho más allá

Jesús pudo compartir con los discípulos muchos momentos en estos días de Pascua. Hubo muchas apariciones, mucha presencia de un cuerpo glorioso, de unas heridas llenas de luz. Pero después parece que todo llega a su fin:

«Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo».

Betania había sido un lugar de paz, de predilección, de amistad, de descanso.

En Betania Jesús había comido con sus amigos, con Lázaro, con Marta, con María. El corazón estaba lleno con ellos. No había motivos para estar tristes.

Ni siquiera la muerte de Lázaro fue causa de desesperación. Ese día todo se llenó de luz con la resurrección de su amigo.

Pero todo cambia de golpe. Jesús se los lleva a su lugar predilecto. Los lleva a Betania. Alza las manos, los bendice y se aleja, se eleva sobre sus cabezas.

Una promesa antes de desaparecer

Hay un discurso recogido en Juan 15 que hemos meditado a lo largo de muchos días de Pascua. Jesús se va y les manda el Paráclito.

Parece que es mejor que se vaya. Pero ellos no entienden. Se despide con amor de sus amigos. Y desde Betania, el lugar más amado, cumple su promesa y los deja.

Se va de verdad, deja de ser visible para sus ojos, ya no los hablará con su voz profunda. A partir de este día deja de tocarlos y ya no se dejará tocar por ellos.

Les mandará el Espíritu Santo que cambiará su tristeza en alegría. Pero de momento reina la pena. Es un día lleno de nostalgia, de dolor, de pesar.

Entre la niebla

Hace unos días el Santuario María camino al cielo celebró su 20 aniversario en Monterrey. Es un Santuario en lo alto de un monte. Desde él, cuando todo está despejado, se ven la ciudad y los montes lejanos.

Después de la lluvia todo está despejado y la mirada se pierde en el horizonte. Dejo que el corazón se ensanche.

Pero el otro día justamente el cielo descendió. Y las nubes, como si fueran humo, pasaban entre los que estábamos allí. No se veía mucho, era una niebla espesa.

Esa es la imagen que se me viene al corazón al pensar en los discípulos ese día en Betania.

Estaban en el lugar predilecto junto a Jerusalén, era su hogar. Allí se habían reído y habían disfrutado el momento. Igual que yo tantas veces en ese santuario lleno de luz.

Pero imagino que ese día de la ascensión todo se cubrió de nubes. Como si el cielo entrara en contacto con la tierra para no ver mucho más allá de mis pies.

Tiempos de cambios

Hay momentos en la vida en los que como ese día de la ascensión el corazón se encoge. Son momentos de cambios y no me gustan los cambios.

Momentos de separaciones y de ausencias. Momentos en los que las rutinas dejan de tener vigencia, como si una nube de años, de décadas, descendiera sobre el alma.

Es la tristeza de pensar que ahora nada será lo mismo. Ni Betania, ni el cenáculo, ni el lago. Nada será igual sin ese Jesús que me pide que confíe y eche las redes a la derecha.

Nada será igual si no escucho con insistencia esa pregunta dura y constante: ¿Me amas? Nada será igual a como lo había sido en esa Pascua llena de luz.

Si Jesús se va a ahora definitivamente, ¿cómo podrán vivir?

¿Y ahora qué?

Hay momentos en mi vida en los que me he detenido antes las puertas del abismo. ¿Ahora cómo voy a vivir?, me he preguntado como ellos.

Y he temido que no hubiera un mañana, un después. Como si la vida quedara cortada para siempre, desgajada.

Siento que así se percibirían ellos. Abandonados en medio del desierto. Huérfanos en el momento más crucial de su existencia.

Ya no podían esconderse. Eran creyentes, lo habían visto, lo habían oído, lo habían tocado. Y no podían seguir como si no pasara nada.

La desolación hace que en ocasiones no sepamos cómo seguir adelante. El alma se turba y la vida se llena de nubes que tienen la forma del humo.

Es necesario madurar

Casi acarician la piel recordándome que tengo que madurar. Porque es eso lo que la vida me pide en ciertos momentos en los que la soledad duele y el alma se inquieta llena de pesadumbre.

Jesús parecía que se iba a quedar con ellos eternamente. Pero no ha sido así. Se ha ido, asciende en medio del desconcierto.

¿Qué hago cuando estoy triste porque no sé cómo rearmar mi vida y recomponer mis roturas?

En esos momentos me quedo quieto mirando al cielo y le pido a Dios que me regale una confianza que me falta.

El mensaje de las nubes: confía

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Los discípulos pensaron que quizás esa resurrección era para cambiar todo en la tierra:

«Los que estaban reunidos le preguntaron: – Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel? Él les contestó: – A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad».

Me gusta saber el futuro. Saber el momento y la hora en la que todo suceda. Y me incomoda esa niebla que no me deja vislumbrar lo que vendrá después, cuando venza el dolor, cuando supere la pérdida.

Y el presente es pesado, denso, como esas nubes caídas del cielo para recordarme que sólo me queda confiar y no vivir con miedo.

En marcha

Sólo me queda avanzar y no quedarme mirando al cielo:

«Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo».

Esa voz de los ángeles me saca de mi comodidad, de mi parálisis, de mi dejadez y pereza. Decido que si no me muevo la vida se me escapará de las manos.

No quiero perder el tiempo aunque las nubes pesen y duelala pena por no tenerlo todo claro, por no saber todo lo que vendrá.

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