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La Familia de Bernarda Alba

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LA CASA DE BERNARDA ALBA

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Manuel Ballester - publicado el 28/05/22

Quizá no haya familias perfectas. La nuestra, en cualquier caso, no lo es. Por otro lado, la familia en la que hemos crecido (esa familia concreta, imperfecta) ha influido poderosamente en nuestro modo de entender el mundo o, lo que es lo mismo, ha condicionado que nuestra vida haya sido más o menos alegre y feliz.

La familia es, por tanto, asunto serio ¿hay algo más serio que lo que hace posible una vida alegre y feliz?

Federico García Lorca (1898-1936) escribió el mismo año de su muerte La casa de Bernarda Alba, obra que no llegó a ver en el teatro. Sería representada por primera vez en Argentina, por la compañía de Margarita Xirgu en 1940.

Sobre esta breve obra se ha escrito mucho. Se ha dicho que es un drama de las mujeres de los pueblos de España, que representa a un tipo de mujer que es víctima y verdugo a la vez, que lleva a escena una sensualidad enrarecida y una sexualidad reprimida, que refleja una diferencia en las vidas de pobres y ricos. Y algo de todo eso hay en la obra y en la vida (si es que, al final, no son lo mismo). En estas líneas vamos a subrayar un aspecto que también está presente y que, a nuestro juicio, es el fundamento del resto de los asuntos que aparecen en la obra y en la vida.

El título alude a la “casa” de Bernarda Alba. Y aquí “casa” equivale al mundo en el que discurren las vidas de quienes conviven con Bernarda. Todas son mujeres: sus hijas y criadas. No hay hombres en escena: se habla de ellos (de uno de ellos en especial) pero no pisan los muros del castillo de Bernarda.

El primer hombre que no aparece es el marido y padre de cuatro de las cinco hijas de Bernarda. La obra se abre con las criadas hablando del funeral: «Buen descanso ganó su pobre marido» pero, cuestionan las criadas, ¿qué va a ocurrir ahora que no está él para suavizar a Bernarda?

Y ahí empiezan a hablar del carácter de la señora de la casa. «¡Mandona¡ ¡Dominanta!», «Tirana de todos los que la rodean. Es capaz de sentarse encima de tu corazón y ver cómo te mueres durante un año sin que se le cierre esa sonrisa fría que lleva en su maldita cara».

Bernarda tiene sobre sí misma una opinión muy similar: «Aquí se hace lo que yo mando». Y se lo deja muy claro a sus hijas: «¡No os hagáis ilusiones de que vais a poder conmigo! ¡Hasta que salga de esta casa con los pies adelante mandaré en lo mío y en lo vuestro!», «en esta casa […] mi vigilancia lo puede todo».

Bernarda tiene claras sus prioridades: «Yo no me meto en los corazones, pero quiero buena fachada y armonía familiar».

La casa es un castillo en el que el poder absoluto lo ejerció Bernarda sobre su marido y lo ejerce ahora sobre sus hijas y criadas. O eso intenta y eso quiere creer Bernarda. Dice: «nací para tener los ojos abiertos» pero hay muchas cosas que no ve. No se da cuenta de que la criada «le ha abierto la orza de chorizos», ni de con quién se ven sus hijas dentro y fuera de la casa, ni de qué tipo de vida llevan.

Se trata de una relación basada en el poder sobre los otros. Es una relación de dominio que supone el sometimiento o, como dice la criada: «no has dejado a tus hijas libres» y, como ocurre en este tipo de relaciones, «en cuanto las dejes sueltas se te subirán al tejado».

Bernada construye una casa, una fortaleza, que encierra a sus hijas para intentar que brillen ciertos valores (el luto, el recato, el esfuerzo) y contempla con “sonrisa fría” que va consiguiéndolo. Pero es una casa, no un hogar.

Un hogar es un ámbito en el que la relación fundamental no es el poder sino el amor. En un hogar hay valores, por supuesto. Pero no son muros que aprisionan sino caminos por los encauzar la vida de modo que la hagan más plena, alegre y feliz. Los padres ofrecen su sabiduría que los hijos libremente rechazan (con pena de los padres) o aceptan. Pero en la relación familiar se quiere a todos (a los que obran bien y a los que no). Porque el amor no está condicionado a la realización de los valores; lo importante, lo que es querido, son las personas.

Bernarda intenta asegurar, controlar, imponer y dominar. Quiere eliminar el riesgo que, al final, es uno de los sinónimos de la libertad. ¿Y qué es una persona sin libertad o una vida sin riesgo, si es que, al final, no son lo mismo?

Por eso Bernarda pierde todo: desde los chorizos hasta el prestigio y, desde luego, el cariño de sus hijas. Mantiene su dominio hasta el final, mantiene su sonrisa segura, distante, fría. Porque en esa casa no cabe la sonrisa cálida que caracteriza a cualquier familia que habita un hogar. Sonrisa preocupada y triste, unas veces; alegre y feliz, en otras ocasiones; afectuosa, siempre.

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