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El Padre Chilo, evangelizar en medio del territorio del narco

PADRE CHILO

@PadreChiloBecerra

Jesús V. Picón - publicado el 26/05/22 - actualizado el 26/05/22

El trabajo de un sacerdote que evangeliza en Tamaulipas, en México

El Padre Chilo como lo conocen sus feligreses en Matamoros y en su ciudad natal en Río Bravo Tamaulipas, es un sacerdote que se encuentra en el epicentro de una guerra entre carteles de la droga que causan secuestros, muertes y masacres.

El padre Chilo armado con el Santísimo Sacramento va dando consuelo y sanación a los que aún esperan a sus familiares desaparecidos o secuestrados.

El Padre Chilo ha sido testigo del Poder de la Eucaristía y del Santísimo Sacramento Expuesto, que alejan los demonios de una guerra sangrienta entre sicarios que se despedazan entre ellos, pero que lamentablemente la sociedad y los feligreses también sufren las consecuencias de unos endemoniados sicarios que van causando odio y terror.

¿Cuál es el nombre real del Padre Chilo y donde nació?

Mi nombre real es Isidoro Becerra Martínez, nací un 25 de mayo de 1977 en la ciudad de Río Bravo, Tamaulipas, en la frontera de Estados Unidos con México.

¿De dónde viene el apodo de “Chilo”?

En una ocasión, trabajando en la pastoral juvenil, alguien me dijo: «Se me complica mucho tu nombre, ¿no te enojas porque te digo Chilo?» Y yo le dije que no, que adelante.

Entonces, empezó a agarrar fuerza y, cuando entré al seminario, yo ya era “Chilo”. Ahora como sacerdote la gente me ubica en las redes y demás, como el padre “Chilo”. Es el nombre con el que la Iglesia y todos me conocen. Yo creo que ni en mi casa me dicen Isidoro.

¿Cómo es vivir en un territorio en donde hay una guerra entre narcotraficantes?

Hay una guerra constante, una lucha entre el bien y el mal y nos han tocado momentos muy difíciles. En dos ocasiones me tocó: iba con otras personas y nos bajaron con pistola, pero, gracias a Dios, cuando nos identificamos no pasó de ahí, se quedó en el susto.

Hemos vivido esta guerra por el dolor de la gente, nos ha tocado acompañar al pueblo de Dios en estas situaciones tan difíciles. Me tocó un tiempo, ahorita ya no esta tan difícil, que recién ordenado llegué a la ciudad de Valle Hermoso, Tamaulipas, y estaba muy de “moda” la cuestión del secuestro. Había mucho llanto, mucho dolor y por ahí entró la evangelización, la sanación interior y demás.

Apoyábamos a la gente y orábamos a Dios para que regresaran sus familiares, algunos lo hicieron, otros no. Pero ha sido también un reto como pastores, como Iglesia, el ir acompañando.

¿Qué puede percibir en el rostro de las personas que sufren el terror del Narco y de los sicarios?

El duelo, la impotencia. Muchos de ellos nunca más volvieron a ver a su familiar. Y ahora con la situación del Covid, muchos no pudieron estar con sus seres queridos en sus momentos más difíciles.

Asemejo esta situación con la de los desaparecidos, porque muchos de ellos ya no los volvieron a ver, simplemente desaparecieron y aún siguen con la esperanza.

La gente me pide oración después de siete meses, un año o hasta cinco años de la desaparición y me dicen: «Padre, no sé si mi hijo aún vive». En todas esas situaciones nosotros acompañamos a la gente y les damos esperanza. La verdad es que no sabemos si pedir por su vida o por su eterno descanso, porque no sabemos su destino, su paradero.

Como creyentes, ¿qué deben hacer?

Orar. Así como hay situaciones con finales tristes, dolorosas, también hay desenlaces y pruebas muy tremendas en donde la oración ha hecho lo suyo, donde Dios ha intercedido milagrosamente. A veces de la nada, sin saber cómo, los han dejado libres y han podido regresar a su casa.

¿Ha sido testigo de milagros?

De Muchos. Llevo adelante un ministerio de predicación y creo firmemente que Jesús siempre está dispuesto a confirmar, con signos o milagros, la predicación de sus apóstoles como lo marca el Evangelio de san Marcos.

Siempre que tengo la oportunidad de predicar el Evangelio inevitablemente tengo que orar por la gente y, siempre que oramos, el Señor se manifiesta sanando interiormente, liberando a alguna persona de la opresión y también físicamente. Cuando el Señor llega, sana de adentro y de afuera.

He visto a Dios sanando a las personas física, psicológica, emocional y espiritualmente. Donde trabajo comparto estos testimonios que Dios me ha ido regalando y, ahora que nos hemos lanzado durante la pandemia a predicar a los medios a través de nuestras páginas, la gente nos hace llegar sus testimonios.

¿Cuál ha sido el milagro que más lo ha impactado?

Hay algunos que se me han hecho muy hermosos. Te cuento uno. Las familias que sirven en mi comunidad comparten la misa de sanación que nosotros compartimos en la página de Facebook todos los lunes a raíz de la pandemia y, en una de esas, llegó a una familia de la Ciudad de México.

En esa transmisión el Señor me dio palabra de conocimiento y empecé a decir: «En casa hay un niño que tiene sus piernitas desiguales, una más grande que la otra, y el Señor en este momento está emparejando sus piernas».

Y resulta que en la casa de esa familia de la Ciudad de México había un niño con ese problema. El niño, simplemente con espontaneidad, con ternura, saltó y dijo: «Ese niño que dice el padre “Chilo” soy yo». Para gloria de Dios lo llevaron al médico y le dijeron a su mamá: «Señora, ¿qué le hizo al niño? Sus piernitas están exactamente iguales», y el niño dijo: «Y eso que solo vi una misa del padre “Chilo”».Es algo muy bonito que sucedió.

Detrás de todo esto está Jesús que sigue vivo. Cristo me mandó a predicar, a llevar a Jesús al corazón de las personas. Hay gente que solo anda buscando sentirse bien, la bendición, el milagro, pero no anda buscando a Jesús. Y eso, a mí como sacerdote, como evangelizador, me duele.

Yo siempre le digo a la gente: «Ojalá que esta bendición te lleve a crecer en tu fe, a doblar la rodilla delante de Jesús, que tu vida se transforme». El objetivo de Dios es que la sanación sea integral, que las personas se conviertan.

¿Qué pasaría si un sicario se acerca a usted en confesión?

Sí he tenido la oportunidad, no precisamente de confesar, pero sí alguien que intentó en algún momento confesarse como requisito, porque se quería casar por la Iglesia. Me dijo: «Padre, le voy a hablar con la verdad».

Yo le dije: «Para poder dar la absolución a una persona, la persona tiene que estar arrepentida y tú vas a seguir en lo mismo». Lo mismo para cuando viene alguien casado y me dice que tiene una amante, pero no deja a la amante, yo no le puedo dar la absolución.

He conocido a algunos que en medio de la evangelización dan su testimonio, que son personas que han dejado ese mundo que es tan difícil dejar. Pero sí me ha tocado decirles: «¿Sí sabes todo el daño que estás haciendo?» He tratado de hacer conciencia a estas personas cuando las tengo enfrente y les digo la realidad, el precio que se paga por tener más.

¿Qué heridas tienen estás personas que los hacen cometer estos delitos?

Definitivamente el enemigo está detrás de todo esto, detrás de todo este mundo de pecado. El mundo está influenciado por el mal. Jesús lo dice: «El enemigo ha venido a robar, ha venido a matar, a destruir». Están robando, están matando, estamos destruyendo.

Pero tampoco debemos hacer a un lado nuestra responsabilidad y libertad, porque somos libres, Dios nos ha hecho libres para decidir qué hacer. Quien sigue a Jesús, que es la vida, va vivir, pero hay quien ya desde este mundo elige la muerte.

¿Por qué cree que México, un país donde se manifiesta la fe, padece todo esto?

Aquí está la Virgen de Guadalupe, aquí vive y por eso no han podido y por eso también creo que el enemigo le hace la guerra a México. Esto no lo dice la Iglesia, esto lo dice el padre “Chilo”. El enemigo no le perdona a México que la Virgen de Guadalupe esté aquí. México tiene madre, por eso el enemigo no ha podido acabar con México.

Sí hay mucha religiosidad, mucha fe en México, pero creo que falta mucha evangelización.

A veces la religiosidad no está bien encaminada y hasta es supersticiosa. Me dicen por ejemplo: «Padre “Chilo”, ¿cuándo va a ponerle agua bendita a mi casa?» Y yo les pregunto:

«¿Por qué quieres que le ponga agua bendita?» Y me dicen: «Es que nos estamos peleando y queremos arreglarlo». A veces queremos arreglar todo con agua bendita.

Les pregunto que si se están acercando a la parroquia o que si vienen a misa y me dicen que no. Entonces, yo les digo que qué gano con echarle agua bendita a la casa si los malditos viven adentro. No voy en contra de bendecir los lugares, pero sí le digo a la gente que los que tenemos que estar bendecidos, protegidos con las armas para luchar contra el enemigo somos nosotros.

La confesión, el santo Rosario, la comunión, Jesús palabra, esas deben ser nuestras armas. Nos encanta la religión mágica y eso es un peligro. Y creo que México está muy contaminado. Cada que predico, en cualquier escenario, siempre me toca orar por personas que han practicado curanderismo, espiritismo, ocultismo, etc. La gente está confundida, desesperada.

¿Usted le tiene miedo al demonio?

No. Ese ya está vencido.

¿Cómo ha notado a la población en estos tiempos de guerra?

Tengo ocho años de ordenado y mis primeros cinco años los hice en Valle Hermoso, Tamaulipas, una ciudad muy atacada. Las balaceras habían cesado, pero seguían los secuestros, entonces, todo esto fue un campo fértil para que las personas buscaran a Dios, acudieran a las misas, levantaran su fe. Dios intervino y se hizo presente en medio del dolor.

Con la pandemia sí me desconcerté. Yo pensé que la gente iba a buscar a Dios, porque no fue solamente en Tamaulipas sino a nivel mundial. Lo raro es que la gente volvió a los conciertos, a los súper mercados, al fútbol, pero a la Iglesia volvió en menor cantidad; muchos se alejaron. Tengo la fortuna de que, en Matamoros, la gente sigue yendo.

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