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Un ángel está siempre presente durante la santa misa, ¿cuál es?

angel

UMB-O/Shutterstock

Marcello Stanzione - publicado el 11/05/22

Gloria, Prefacio y Santo: los momentos en los que la presencia angélica, según los Padres de la Iglesia, es más fuerte

En su exhortación a la “Diversos avisos para elevación del alma a Dios, mediante la oración y los Sacramentos” (Introducción a la Vida Devota-Parte 2) dirigida a su querida Filotea, san Francisco de Sales, a propósito  del ‘sol de los ejercicios espirituales’ –la Misa- escribe:

“Haz, pues, todos los esfuerzos posibles, para asistir todos los días a la santa Misa, con el fin de ofrecer con el sacerdote, el sacrificio de tu Redentor a Dios, su Padre, por ti y por toda la Iglesia. Los ángeles, como dice San Juan Crisóstomo, siempre están allí presentes, en gran número, para honrar este santo misterio; y nosotros, juntándonos a ellos y con la misma intención, forzosamente hemos de recibir muchas influencias favorables de esta compañía.” (Cap.XIV)

San Miguel y los Apóstoles

Los ángeles están presentes y en plena actividad, como veremos más adelante. Desde el Confiteor, nuestro arrepentimiento tiene como testigos a los ángeles, junto con Nuestra Señora. En la versión antigua también se invocaba al arcángel Miguel, nuestro aliado tan poderoso en la lucha contra Satanás, a san Juan Bautista y a los santos apóstoles.

El Gloria

En las misas dominicales y en las festivas cantamos junto con los ángeles la gran doxología del Gloria in excelsis Deo, himno de origen oriental, atestado a partir del siglo V.

El texto griego lo encontramos en las Constituciones Apostólicas y al final del Codex Alexandrinus. L. Duchesne escribe:

“Era un himno matutino: formaba parte del Oficio matutino. En Roma viene introducido precedentemente a la misa de Navidad que se celebra antes del amanecer. El Papa Simaco extendió su uso a los domingos y en las fiestas de los mártires, pero solo en la misa episcopal”.

Lucas el evangelista

Es por excelencia el himno de los ángeles, cuyo incipit, el evangelista Lucas nos dio en la noche santa de Navidad:

“Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres que ama el Señor”.

La dignidad de los conciudadanos de los ángeles

Según una idea querida por san Gregorio Magno, este canto estaba destinado a restaurar nuestra dignidad como conciudadanos de los ángeles.

En una homilía pronunciada en Navidad, nos muestra hasta qué punto nuestra condición de pecadores nos ha hecho extraños a Dios y, por tanto, en discordia con los espíritus celestiales.

El fervor al cantar el “Gloria”

Los ángeles nos miraban como seres de mala reputación, pero la venida del Redentor en nuestra carne ha reestablecido las relaciones.

Esta idea también se encuentra en las pinturas de los grandes maestros. San Gregorio nos dice:

“Dado que hemos conocido a nuestro Rey, los ángeles nos reconocen como sus conciudadanos”.

Este debe ser el resultado de nuestro fervor en cantar el Gloria en la misa.

El Prefacio y el Sanctus

Hay otro momento muy importante que nos ofrece la oportunidad de unir nuestras voces con las de las milicias celestiales. Se trata del Prefacio seguido del Sanctus.

“En primer lugar, nos hace escuchar sus canciones de una cierta manera”, señala Jungmann. “Lo que nos sorprende -continúa diciendo- es que ellos mismos, como afirma el Prefacio común, sean ofrecidos por Cristo: per quem majestatem tuam laudant angeli” (Por lo que los ángeles alaban tu Majestad, Missarum Solemnia, t. III, p. 36).

Previamente, el larguísimo Prefacio de las Constituciones Apostólicas termina con los nombres de los varios jefes de las milicias celestiales que, junto a otros mil millones de ángeles, cantan sin cesar “Santo, santo, santo…”.

Las liturgias griegas

En las liturgias griegas, con una abundancia de magníficas expresiones, los Prefacios alaban a Dios “tres veces santo, rodeado de miríadas de estrellas, sublimes y altísimos serafines y querubines con seis alas y gran cantidad de ojos, que cantan a grandes voces el himno triunfal: Santo, Santo Santo…”.

La visión de Isaías

En cuanto al Sanctus, inseparable del Prefacio y que los griegos llaman Trisagion, nos introduce literalmente en esta gran visión de Isaías.

El Responsorio Duo Seraphim, que ciertamente apareció más tarde en la liturgia, está en perfecta armonía con este venerable y antiguo Sanctus.

Nos recuerda que son los serafines quienes la cantan. El momento es más solemne y terrible que el de la alegre noche de Navidad:

“Los fundamentos de los umbrales temblaron al clamor de su voz, y la Casa se llenó de humo”.

Is 6, 4

El Sanctus exige una solemnidad y un temor reverencial absolutamente particular.

El ángel del sacrificio

Es evidente que después de haber atraído así su eminente alabanza, los espíritus celestiales permanecen allí, rodeando el altar en el momento del Sacrificio Eucarístico.

San Ambrosio, comentando la aparición del Ángel a Zacarías, exclama:

“¡También nosotros, cuando estamos en el altar ofreciendo el sacrificio, un ángel viene a ayudarnos, aunque no se presente ante nuestros ojos! No debemos dudar de que un ángel nos asiste cuando Cristo está allí, cuando Cristo mismo es inmolado”.

De pie frente al altar

El Canon Romano menciona al ángel del sacrificio que lleva nuestros dones místicos desde el altar terrenal al del cielo:

Te pedimos humildemente,
Dios todopoderoso,
que esta ofrenda sea llevada a tu presencia,
hasta el altar del cielo,
por manos tu ángel,
para que cuantos recibimos
el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo,
al participar aquí de este altar,

La cuestión es saber: ¿cuál es este ángel siempre presente durante la misa?

Don Jean de Puniet, monje de Solesmes, ha dedicado un artículo muy interesante a este tema y concluye que este ángel es san Miguel.

Lo deduce de la comparación entre el Apocalipsis, donde se dice que un ángel está de pie ante el altar con un incensario de oro (Ap 8, 1-15) y la fórmula para la bendición del incienso durante una misa solemne que dice:

“… Por la intercesión del bienaventurado Miguel Arcángel, que se encuentra a la derecha del altar del incienso”.

De la misma opinión es el cardenal Schuster:

“El jefe de las milicias angélicas (san Miguel), se convirtió muy pronto en la liturgia, en el ángel por excelencia, el santo ángel mencionado en el canon de la Misa”.

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