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¿Cómo lo hago para vivir sin miedo?

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Malenkka | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 11/05/22

Nada malo puede ocurrir, y si ocurre no pasa nada, es parte de la vida, si pierdo lo que ahora amo tendré que volver a levantarme

Los miedos son parte de la vida. Hay épocas en las que aumentan. Otras en las que disminuyen. Pero siempre hay ciertos miedos ineludibles.

Miedo al fracaso

Tengo miedo al fracaso. Porque emprendo sueños y proyectos y no quiero fracasar. Quiero que me salgan bien las cosas, la vida misma. Los amores y los trabajos.

Quiero que mis anhelos queden satisfechos. ¿Y si no consigo lo que más deseo? ¿Si las decisiones que tomo al final no sirven para nada? ¿Y si aquello por lo que me esfuerzo no lo consigo después de mucha lucha?

Me da miedo fallar, no alcanzar la cima, caer derrotado antes de tiempo. Es humano ese miedo mío al fracaso, a la derrota. El esfuerzo que no obtiene recompensa.

¿Cómo puedo encontrar la paz en medio de mis miedos? Jesús me dice que confíe. Y lo sé, sin confiar no lograré nada.

No debo tenerle miedo al fracaso. Porque de ahí se sale, fallando aprendo a vivir. Maduro, crezco, avanzo, no retrocedo.

Me asusta la derrota, pero es una oportunidad para crecer, para ser más hombre, más fuerte, más hondo.

Cometer errores es habitual. Pero no es eso lo que me define. Lo que me hace diferente es la forma que tengo de reaccionar ante ellos y enmendar lo que he hecho mal.

Hacerlo todo bien no es posible. Partiendo de esa base y aceptando mi debilidad, todo lo demás vendrá solo.

Aprenderé a madurar y a mejorar en el siguiente intento.

Inquietud ante el futuro

Hay otros miedos que tienen que ver con lo que no sé del futuro. No sé nada. Sólo controlo el momento de ahora.

En este instante las cosas son como son y están donde están. ¿Estarán mañana en el mismo lugar?

Temo que no estén aquellos a los que amo. Que partan, que mueran, que dejen de amarme por arte de magia.

Me pongo inseguro. ¿Estará todo mañana igual que hoy?

Cuando uno es niño piensa que el presente es eterno. Con el tiempo llegan las primeras desilusiones.

Entonces dudo del mañana. Me asusta su fragilidad. No puedo controlarlo ni dominarlo. Tiene una fuerza propia y no sé cómo lo podré solucionar. No tiene arreglo.

Entonces vivo con miedo a perder y vivir así no es sano. Jesús me vuelve a decir que confíe. Que lo entregue. Que me abandone.

Y me quedan grandes todas esas palabras que superan mi voluntad. No quiero soltar, deseo retener.

No quiero perder, anhelo conservar todo lo que amo. ¿Cómo lo hago para vivir sin miedo?

Pido la paz de esa santa indiferencia. La del santo que se sabe en manos de Dios y confía.

Nada malo puede ocurrir. Y si ocurre no pasa nada, es parte de la vida. Si pierdo lo que ahora amo tendré que volver a levantarme.

Haré el duelo en mi alma. Cerraré cuentas pendientes, lo que aún esté abierto. Sonreiré en medio de las lágrimas.

Ese miedo al futuro siempre me acompañará. Pero no quiero que me haga perder la paz del corazón. Esa paz que Jesús me da al acercarse a mí y mirar que estoy inquieto.

Quiero paz, quiero descansar en su regazo.

Miedo a que no me acepten

Hay otros miedos que me bloquean y no me dejan vivir con libertad. Miedo a la opinión de los demás. A que me juzguen y condenen. Miedo a hacer el ridículo.

Esos miedos me paralizan. Hacen que mida mis palabras. No quiero que ser rían de mí, y me condenen.

Dejo de ser quien soy para agradar a otros. Digo lo que ellos quieren oír. Soy como ellos desean que yo sea. Temo sus reacciones, sus opiniones, sus risas.

No quiero que me ataquen con sus palabras, con sus desprecios. Y mi miedo me hace vivir encerrado dentro de mí.

Tengo miedo a esa muerte de mi fama, de mi imagen. Prefiero adaptarme y fingir que soy distinto.

Adopto sus gustos, me hago con su acento. Me camuflo entre la masa para no ser el que soy. Siendo distinto tal vez me acepten y me quieran.

Se me olvida que la única opinión que me tiene que importar es la que tiene Dios sobre mí.

La única mirada que importa es la suya porque Él ve siempre mi corazón y me ama.

Ese miedo al rechazo me mata por dentro, acaba con mi alegría. Porque la verdadera alegría es ser feliz con mi vida como es.

No quiero adaptarme a los demás para que me acepten. Me niego a ser como ellos. Pero ese miedo me persigue. ¿Cómo lo aparto de mí?

Le pido la libertad interior a Jesús. Para ser libre ante los demás. Y para no esconderme. Para no tener que fingir.

Muchos me condenarán. Algunos me juzgarán. A otros agradaré. Pero no mido mi felicidad de acuerdo con la aceptación de los demás. Eso me hará ser infeliz demasiadas veces.

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