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La respuesta de Jesús a la culpa

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 04/05/22

No es un castigo, ni recriminar o avergonzarse, mira cómo Jesús liberó a Pedro de su traición

La culpa duele. Cuando me siento culpable me duele el alma. Siento que hice las cosas mal y no puedo echar marcha atrás. No puedo volver a empezar. Me gustaría, pero no puedo.

No sentir la culpa es insano

Sentir culpa por las cosas que hago mal es sano. Lo que no es sano es cuando hago el mal y no me importa. No siento que esté equivocado o simplemente no me siento culpable por el mal causado.

Entonces no me duele el alma, ni siento que merezca un perdón. El perdón es sólo para los pecadores que se reconocen culpables.

Tener el alma rígida y endurecida no me permite ver errores en mi corazón. No me siento culpable de nada. Los demás sí se equivocan, yo nunca.

Pero el pecado pesa

El otro extremo es sentir que soy culpable de todo. Y siempre, aunque me confiese, quedan pecados ocultos que no consigo limpiar. Son escrúpulos que me enferman.

A veces hago algo el mal y veo que el ofendido no me pide cuenta, no se enfada conmigo, no me grita, no me insulta.

Creo merecer su rabia, pero no la recibo. No menciona lo ocurrido. No hace referencia al pasado.

Tampoco me ayuda porque yo recuerdo todo lo que hice, todo lo que pasó. Sé que hubo negligencia o rabia por mi parte. O simplemente cobardía y desidia.

Mi pecado pesa. Cuando tengo un alma honesta pesa mucho.

Quería hacer el bien pero…

A veces me siento fuerte. Creo que voy a poder solo con los desafíos que tengo por delante.

Pero de repente todo se tuerce y el bien que quería hacer se convierte en mal u omisión.

No hago el bien que quería hacer. Dejo de actuar. Me dejo llevar y no hago nada por ayudar, por ser misericordioso.

La culpa pesa. El pecado me ata. Me hace falta confesar mis faltas, decir en alto al sacerdote lo que he hecho mal. Escuchar alguna palabra de consuelo, algo de luz.

Y sobre todo esas palabras que me liberan de todo mal, que me perdonan. Necesito escuchar que alguien me perdona, que Dios me perdona.

El caso de Pedro

Tal vez era eso lo que necesitaba Pedro. Esa noche, a la luz de la luna, vio la mirada de Jesús mientras él negaba. Y sintió un perdón inmenso y sin palabras. Fue su última mirada. Era lo que él pensaba.

Pero ahora, de nuevo Jesús está ante él ya resucitado. Pedro no habla, no puede decir nada, no puede exculpar su conducta, no encuentra palabras para desatar el nudo que hay en su alma.

Si hubiera sido más valiente, si hubiera sido capaz de reconocerse amigo suyo, hermano, hijo. Si no hubiera negado con sus palabras, con sus silencios, con sus gestos…

La culpa no es lo más importante

Demasiado tarde. Ahora estaba ante Él, junto al lago. Se lo ha llevado aparte para hablarle. ¿Le echará en cara su cobardía? Sus preguntas me conmueven cada vez que vuelvo a escucharlas:

«Simón de Juan, ¿me amas más que éstos? Le dice él: – Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: Apacienta mis corderos. Vuelve a decirle por segunda vez: – Simón de Juan, ¿me amas? Le dice él: – Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dice Jesús: Apacienta mis ovejas. Le dice por tercera vez: – Simón de Juan, ¿me quieres? Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: – ¿Me quieres? y le dijo: – Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero».

Tres veces le pregunta lo mismo, o algo parecido.

Y Pedro recordará las tres veces que le preguntaron si amaba lo suficiente a Jesús como para arriesgar su vida por Él:

«¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». «Tú eres uno de ellos». «Verdaderamente eres de ellos pues tu habla te descubre».

Pedro había negado tres veces. No era de los suyos, no tenía su misma lengua, no era discípulo. Niega a su padre, a sus hermanos, su origen. Lo niega todo.

La clave es el amor

Y ahora Jesús le pregunta por lo importante. ¿Me amas?

No le echa en cara nada de lo que él negó en el momento de tensión, en esa noche oscura. Ni le recrimina, no se avergüenza de ese hijo que niega a su padre.

No, Jesús nunca es así. Él no saca a la luz mis pecados y me los echa en cara para avergonzarme y humillarme.

Él sólo quiere saber si de verdad lo amo. Quiere tener claro si lo amo con todas mis fuerzas, con todo mi corazón.

Quiere saber si Pedro lo sigue amando. Y tres veces le pregunta como tres veces le preguntaron en el patio de la casa de Caifás.

Jesús cuestiona

Jesús ya ha perdonado. Lo perdonó con la mirada esa misma noche. Pero ahora quiere saber si ahora Pedro está dispuesto a seguir sus pasos.

Esa es la pregunta relevante.

El jueves en la cena Pedro quería seguirlo. Pero aún no había llegado su momento, aún no estaba preparado. Poco después Pedro comprobó su debilidad. No estaba listo.

¿Y ahora? ¿Qué ha cambiado? Ha cambiado todo. El duro pescador de Galilea ahora se siente frágil.

Ya no es fuerte ni arrogante. Ya no tiene la energía de esa noche. Pero sí tiene la fragilidad de la piedra que se ha quebrado.

Esa noche cambiaron muchas cosas en Pedro. Vio que no era tan poderoso como pensaba. Vio que no todo lo hacía bien. Su pecado público lo humilló.

Todos supieron de sus negaciones o quizás fue él mismo quien contara después su historia de conversión. Lo cierto es que hoy, al escuchar las preguntas, se entristece.

Jesús lo sabe todo, sabe que le quiere. Pero pregunta para que él conteste. Y así lo hace Pedro. Tres veces le dice que sí, que lo ama. Ha pecado, ha caído, pero lo ama con todas sus fuerzas.

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