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El inspirador Evangelio de la amistad de Carlos de Foucauld

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© Archives-Zephyr / Leemage via AFP

Carlos de Foucauld con un amigo

Jose Luis Vázquez Borau - publicado el 03/05/22

"Mi vida transcurre rezando al buen Dios y recibiendo uno tras otro a todos mis vecinos", escribió el Tuareg de Dios

La actitud amistosa que tuvo Carlos de Foucauld en los últimos doce años de su vida, cuando vivió su auténtico Nazaret en medio de los tuareg, es realmente inspiradora.

La vivió desde que llegó a Tamanrasset el año 1904, hasta que murió en su pueblo de adopción el 1º de diciembre de 1916.

Una relación amical de vecindad                                                                   

El año 1911, Carlos de Foucauld, después de pasar cinco meses en la ermita del Asekrem, al regresar a Tamanrasset lo primero que hace es atender a las personas que encuentra todos los días.

CHARLES DE FOUCAULD
Carlos de Foucauld con esclavos a los que redimió.

El día de Navidad escribe a su prima María de Bondy:

«He establecido no solamente conocimiento, sino también amistad con las poblaciones nómadas que he encontrado.

Desde mi vuelta aquí, mi vida transcurre rezando al buen Dios y recibiendo uno tras otro a todos mis vecinos.

Hacía falta que viese a todos mis pobres vecinos, que comienzan a ser viejos amigos, pues llevo aquí ya siete años en Tamanrasset». 

En una carta fechada el 6 diciembre de este mismo año, Foucauld comenta al padre Voillard, su nuevo director espiritual, después de la muerte del padre Huvelin el año 1910:

«Los tuareg tienen el carácter de nuestros agricultores franceses, como los mejores de nuestros paisanos.

Como estos, son trabajadores, prudentes, ahorradores, enemigos de las novedades y llenos de desconfianza hacia las personas y las cosas desconocidas».

Buscando los medios convenientes para la evangelización

Después expone su plan de acción:

«Suspiro por el día en que los instrumentos necesarios para la evangelización terminen, como son el léxico, la gramática, la traducción de los santos evangelios y algunas otras partes de los Libros santos, para poder dedicar mucho más tiempo a ver a las personas y no limitar su amistad, sino hablar más, de lo que hago ahora, del buen Dios y de Jesús.

Hacen falta todavía cuatro años más para terminar estos medios. Este retraso no es un mal. Las personas estarán mejor preparadas, tendrán más confianza.

Con personas sin ningún espíritu crítico, no se puede actuar más que por autoridad; hace falta tiempo para adquirir esto; es el don de Jesús el que lo hace todo, pero, si bien sólo hay que contar con esto, hace falta también encontrar los medios que nos parezcan más adecuados».

Como buen pastor de almas, busca los medios más convenientes para llevar el mensaje evangélico a sus amigos tuareg.

La verdadera autoridad

Siete meses más tarde, el 12 de julio de 1912, en otra carta al padre Voillard volverá sobre el tema de la “autoridad”:

«La confianza que me dispensan los tuareg vecinos va en aumento; los viejos amigos cada vez son más íntimos; se forman nuevas amistades». 

¿Y qué hace Foucauld?

«Hago los servicios que puedo, tratando de mostrar que les quiero; cuando la ocasión parece favorable, les hablo de la religión natural, de los mandamientos de Dios, de su amor, de la unión a Su voluntad, del amor al prójimo.

No creo que haya que ir rápido: esto les alejaría.  Ignorantes como son, sólo pueden recibir el Evangelio por autoridad; pero, ¿qué autoridad es necesaria para que la acepten y rechacen la que conocen, aman y veneran?: una autoridad que sólo se puede conseguir después de un largo tiempo, gracias a un contacto íntimo, una gran virtud y la bendición divina.

Se trata, ciertamente, de una autoridad moral y no de una coacción; de una ascendencia espiritual y no de una presión psicológica».

Su propia experiencia

Foucauld se referirá a su propia conversión, a la influencia que ejerció sobre él, en aquel momento, su prima María, “por su silencio, su amabilidad, su bondad”.

Ella era buena y expandía su perfume atrayendo, pero sin actuar”, son palabras del hermano Carlos.

En la meditación del 8 de noviembre de 1897, cuando era sirviente de las Clarisas de Nazaret, donde relata su conversión, explica que “llegó a la verdad gracias a la bondad de esta persona”, refiriéndose a su prima. Se decía:

“Si esta persona es inteligente, la religión en la que cree no debe ser una locura como pensaba”.

Esta no-acción de María de Bondy, su bondad silenciosa, es para él un modelo, el modelo que debe y quiere seguir para la conversión de sus hermanos tuareg, el modelo que propone a aquellos y aquellas que tengan el deseo de consagrarse a la evangelización.

María de Bondy había dejado tiempo para hacer su obra, y Foucauld cree en el trabajo del tiempo: “Es necesario ir lentamente y discretamente” escribe a su prima el 15 agosto de 1912. 

¿Qué medios utilizó Foucauld para anunciar el Evangelio de Jesús de Nazaret?

En el artículo 28 de los Consejos evangélicos, o Directorio, el propio Foucauld nos dice:

Los principales medios recomendados a los hermanos y hermanas para la conversión de las almas, y particularmente para las de los infieles de las colonias de su patria son:

1El santo sacrificio de la misa

2La presencia de la sagrada eucaristía

3La santificación personal

4La oración

5La penitencia

6El buen ejemplo

7La bondad

8El establecimiento de relaciones de amistad con las personas, con el constante deseo de hacer el bien a sus almas

9La ayuda prestada a los sacerdotes, religiosos y religiosas que trabajan para la salvación de las almas fuera del lugar en que se está, y particularmente de los que entre ellos trabajan en la conversión de los infieles de las colonias de la madre patria.

Preparar el terreno por la bondad  

Cuando Foucauld dice que quizá tendrán que pasar siglos, como queriendo indicar “largo tiempo”, para que brote la fe cristiana, hay que recordar lo que le expuso a su amigo Joseph Hours sobre “los medios a emplear para la evangelización” en su carta del 25 de noviembre de 1911:

Lo primero preparar el terreno en silencio por la bondad”.

En concreto su carta dice así:

Primeramente, preparar el terreno en silencio por la bondad, un contacto íntimo, el buen ejemplo; entrar en relación, hacerse conocer de ellos y conocerlos; amarlos desde lo hondo del corazón, hacerse estimar y amar de ellos; destruir de este modo los prejuicios, obtener confianza, ganar autoridad, que requiere tiempo; luego hablar especialmente a los mejor dispuestos, muy prudentemente, poco a poco, diversamente, dando a cada uno lo que es capaz de recibir.

Los tuareg son incapaces de discutir. La fe, con la ayuda de la gracia, nada más puede nacer en ellos, gracias a la autoridad que se tenga sobre ellos y del testimonio de las virtudes cristianas practicadas delante de ellos.

Antes de hablarles del dogma cristiano, hay que hablarles de religión natural, llevarlos al amor de Dios, al acto de amor perfecto.

Cuando sean capaces de hacer actos de amor perfecto y de pedir a Dios de todo corazón la luz, estarán muy cerca de convertirse.

Cuando vean que los cristianos son hombres más virtuosos que ellos, más sabios que ellos, que hablan de Dios mejor que ellos, estarán muy cerca de decirse a sí mismos que acaso estos hombres no están en el error, y de pedir a Dios la luz.  

Los términos “preparar el terreno” y la “bondad” van juntos: la bondad es silenciosa y el silencio es una paciencia que manifiesta la bondad, es decir, la voluntad de respetar al otro, de no intervenir con violencia contra su voluntad.

Fraternidad sin ideología ni intereses

KAROL DE FOUCALD

Se trata de una bondad sin “ideología”, que es el punto más alto al que puede llegar el espíritu humano. Una bondad que crea la fraternidad, no una bondad “interesada” o “instrumentalizada” para conseguir conversiones.

Foucauld no va tras el triunfo de una causa, sino que practica la bondad. Esta bondad marcó mucho a su amigo y discípulo Luis Massignon, que en un artículo titulado “Las delicadas invenciones surgidas de la ingeniosa bondad de Foucauld” (Vie espirituelle, febrero 1922, 43) nos habla de  su delicadeza inexpresable:

Él no pedía, no reclamaba nada, vigilaba, esperaba la hora de la gracia, evitando herir a  nadie, molestar a nadie aunque fuera ligeramente.

Recuerdo el gesto rápido, afectuoso y discreto, con el que levantó, delante de mí, a un joven musulmán que había resbalado, una imagen de piedad de un buen sacerdote acostumbrado a la bondad.

El padre Huvelin le había invitado especialmente a esta evangelización por la bondad. Veamos lo que dice en su carnet de notas, que  escribió en Tamanrasset, en una página que lleva por título: Lo que me ha dicho el padre Huvelin en mi viaje a Francia en 1909:

«Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Viéndome se deben decir: ‘Si este hombre es bueno, su religión debe ser buena. Si se me pregunta por qué soy dulce y bueno, debo decir: ‘Porque soy el servidor de alguien más bueno que yo. ¡Si supieses como es de bueno mi Maestro JESÚS! Quisiera ser tan bueno que se pudiese decir: ¿Si así es el servidor, cómo debe ser el Maestro?».        

Estas palabras Foucauld las entendía bien, pues el padre Huvelin y su prima María habían actuado con él antes de su conversión con la misma bondad silenciosa: podía dar testimonio de que había sido esta mediación la que le había conducido a Dios.                

A finales de 1911, cuando Foucauld invita a Massignon a pasar con él algunos meses en el Sahara, y sabiendo que este joven era un recién y ardoroso convertido, le da este programa de actuación:

Harás amistad con la población, no les hablarás del dogma, pero te dejarás querer por ellos y serás el amigo de todos”.  

¿Fue Foucauld un misionero?  

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A partir de 1908 ya de una manera muy clara Foucauld se ve a sí mismo misionero. No era un monje “escondido” en tierra de misión.

La palabra “escondido” Foucauld, no la utiliza nunca. Él es un misionero. Y si hay una real novedad en él, no lo es por “una nueva especie de monje”, sino por una nueva especie de misionero, o misionero de una especie rara.

En una carta suya del 29 de julio de 1916, cuatro meses antes de su muerte, le dice a  René Bazín:

«Normalmente, cada misión comporta varios sacerdotes, al menos dos o tres; comparten el trabajo, que consiste principalmente en las relaciones con los indígenas (visitarlos y recibir visitas); obras de beneficencia (limosnas, dispensario); obras de educación (escuelas para los niños, escuelas de noche para los adultos, talleres para los adolescentes); ministerio parroquial (para los conversos y aquellos que quieran instruirse sobre la religión cristiana).

No estoy en situación de describiros esta vida que no es la mía, pues estoy solo en medio de poblaciones diseminadas y alejadas de espíritu y de corazón.

Los misioneros aislados como yo son muy raros: su rol es preparar el camino, para que los misioneros que lo reemplacen encuentren una población amiga y confiada, almas de algún modo preparadas para el cristianismo, y, si se puede, algunos cristianos».

Usted ha escrito en parte sus deberes en su artículo “El más grande servicio” (L’Écho de Paris, 22 de enero de 1916).

«Hay que dejarse aceptar por los musulmanes, llegar a ser para ellos el amigo seguro a quien se va a encontrar cuando se está en la duda o en la pena, contando con su afecto, sabiduría y justicia.

Solamente cuando se llega a este punto se puede hacer el bien a sus almas. Inspirar una confianza absoluta en nuestra veracidad, en la rectitud de nuestro carácter y en nuestra instrucción superior, dar una idea de nuestra religión por nuestra bondad y nuestras virtudes, mantener relaciones afectuosas con tantas almas como sea posible, musulmanas o cristianas, indígenas o francesas, es nuestro primer deber. Y no es después de haberlo cumplido bien y por mucho tiempo, que se puede hacer el bien. Mi vida consiste, pues, en estar en relación lo más posible con los que me rodean y hacer los servicios que puedo.

A medida que la intimidad se establece, hablando cara a cara del buen Dios, hay que dar a cada uno lo que pueda asumir para dejar el pecado; para realizar un acto de amor perfecto, un acto de arrepentimiento perfecto; tomar conciencia de los dos grandes mandamientos, del amor a Dios y al prójimo; el examen de conciencia; la meditación de los fines últimos; como criaturas pensar en Dios, etc., dando a cada uno según sus fuerzas y avanzando lentamente, prudentemente».

Y en este momento de la carta, Foucauld define su vida: 

“Hay pocos misioneros aislados que hagan el oficio de desbrozador; quisiera que hubiese muchos: todo sacerdote de Argelia, de Túnez o de Marruecos, todo capellán militar, todo piadoso católico laico (según el ejemplo de Priscila y Aquila) podrían serlo.

El gobiernoprohíbe a los sacerdotes seculares, como es el propio Foucauld, hacer propaganda anti-musulmana; pero se trata de la propaganda abierta y más o menos ruidosa. Las relaciones amicales con muchos indígenas, tendiendo a llevar lentamente, dulcemente, silenciosamente a los musulmanes a aproximarse a los cristianos, que han llegado a ser sus amigos, no las puede impedir nadie.

Todo sacerdote de nuestras colonias podría esforzarse en formar a sus parroquianos en ser Priscila y Aquila”.

La amistad un camino para la evangelización

Para Foucauld, como dice en el Art. 28 del Directorio, los seguidores de Jesús deben ser un “quinto Evangelio, una predicación viva: cada uno de ellos tiene que ser un modelo de vida evangélica. Viéndoles, se debe ver en qué consiste la vida cristiana, qué es la religión cristiana, lo que es el Evangelio, quién es Jesús… deben ser un Evangelio vivo: las personas alejadas de Jesús, especialmente los infieles, deben, sin libros ni palabras, conocer el Evangelio por su manera de vivir. Es decir, cada uno de nosotros tiene que ser como un “quinto evangelio”, anunciando con su vida a Jesús«.

Esta manera de actuar es no actuar, la cima del respeto por el otro; este es el modo que preconiza Foucauld ante los otros métodos. 

Esta acción por el ejemplo es más fuerte, pues no genera desconfianza, ya que toda apariencia de engaño o de seducción desaparece. ¿En qué se caracteriza este ejemplo? En la bondad.

Esta bondad hay que tenerla para todo el mundo. Estamos delante de la concepción esencial de la misión para Foucauld: predicar con el ejemplo, pasar haciendo el bien como Jesús de Nazaret.

El deseo más ardiente de Foucauld es la multiplicación de “desbrozadores”.

Foucauld se centra, antes que nada y principalmente, en la transformación personal que debe llevar a cabo cada uno en su propia vida.

En el Artículo XXVIII del Directorio se nos recuerda:

«Se hace el bien, no en la medida de lo que se dice y de lo que se hace, sino en la medida de lo que se es, en la medida del amor que acompaña nuestros actos, en la medida en que Jesús vive en nosotros, en la medida en que nuestros actos son actos de Jesús obrando en nosotros y por nosotros…

La persona hace el bien en la medida de su santidad: tengamos siempre presente esta verdad”.

Y cuando, a continuación Foucauld analiza el punto de la “bondad” dice entre otras cosas:

«Por su ejemplo, los seguidores de Jesús de Nazaret deben ser una viva predicación: cada uno de ellos debe ser un modelo de vida evangélica.

Al verlos se debe apreciar lo que es la vida cristiana, lo que es la religión cristiana, lo que es el Evangelio, lo que es Jesús».

Y continúa: 

«El ejemplo es la única obra exterior mediante la cual pueden obrar sobre las almas completamente rebeldes a Jesús, que no quieren escuchar las palabras de sus servidores, ni leer sus libros, ni recibir sus bendiciones, ni aceptar su amistad, ni comunicar de ningún modo con ellos; sobre aquellas no cabe más acción que por el ejemplo.

Pero esta acción por el ejemplo es tanto más fuerte cuanto no suscita ninguna desconfianza, quedando apartada toda apariencia de engaño o de seducción”.

Por esto Jacques Maritain nos recuerda:

«Un acto de verdadera bondad, el menor acto de verdadera bondad es, a decir verdad, la mejor prueba de la existencia de Dios. Pero nuestra inteligencia está demasiado agobiada por nociones etiquetadas para poderlo ver. Entonces lo creemos por el testimonio de aquellos en quienes la verdadera bondad irradia de manera que nos maravilla».

Cf. J. MARITAIN, Approches a Dieu, París 1953

En la carta del 1º de mayo de 1912, que Foucauld envía a Massignon, expone, de una manera breve lo esencial de su espiritualidad: 

«Es amando a las personas como aprendemos a amar a Dios. La manera de adquirir la caridad en relación con Dios es practicándola con las personas».

Y afirma su convicción profunda:

«Sé muy bien a lo que Dios llama a todos los cristianos, hombres y mujeres, sacerdotes o laicos, célibes o casados: a ser apóstoles, apóstoles por el ejemplo, por la bondad, por un contacto bienhechor, por un afecto que llama al retorno y que conduce a Dios, apóstoles ya como Pablo, ya como Priscila y Aquila, pero siempre apóstoles».

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