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Presidencial: el juego que los franceses no querían

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Jc Milhet / Hans Lucas / Hans Lucas via AFP

Aleteia Francés - publicado el 22/04/22

Cinco años después, los mismos candidatos se enfrentan de nuevo en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. El escritor Xavier Patier lo ve como un chantaje moral: la elección imposible entre una gran estandarización y una gran marginación

Es algo sabido desde hace tiempo: los franceses no quieren revivir en 2022 el duelo entre Emmanuel Macron y Marine Le Pen ya sufrido durante las elecciones presidenciales de 2017.

Una encuesta de Elabe de febrero de 2020 ya indicaba que ocho de cada diez votantes —¡ocho de cada diez!— se oponían a la idea de volver a vivir la misma situación de 2017 en 2022.

Las elecciones de 2017, marcadas por la teatralidad y la intrusión de los jueces, habían adquirido la apariencia de una pelea que por defecto llevaba la semilla de la falta de legitimidad del presidente electo y una crisis en la oposición al gobierno. Esto dio lugar a distintos sucesos, como la aventura de los chalecos amarillos, la abstención sin precedentes en las elecciones locales y el auge de las conductas de protesta. ¡Ya nunca más!, pedían los franceses.

Nunca más este chantaje entre un Emmanuel Macron que ha hecho del centrismo una especie de extremismo, y una Marine Le Pen que ha hecho de la periferia el lugar de un extraño centrismo. No es una opción. Y, sin embargo, aquí estamos de nuevo: ¡se nos pide que elijamos entre los mismos que hace cinco años! Se nos ordena elegir entre una gran estandarización y una gran marginación. Y como siempre, la moral acude en ayuda del que considera más fuerte, es decir, el gran uniformador. ¿Debemos ceder a este chantaje moral?

Cuanto más envejezco, más me duele la arrogancia y vulgaridad del macronismo en el poder. El campo del bien y la razón, que es también el campo de los consultores de McKinsey y los activistas de la gestación subrogada, tiene estos días la agresividad despectiva, como si este campo, normalmente tan seguro de sí mismo, se sorprendiera de asustar a los votantes. Este desprecio y esta agresividad no dan razón a los que prefieren equivocarse con Marine Le Pen que acertar con Emmanuel Macron, pero este desprecio y esta agresividad me duelen.

Una elección imposible

El candidato saliente es un hombre cerebral que nunca ha conseguido integrar ni siquiera las primeras palabras de las Memorias de guerra del general de Gaulle, de las que dice ser discípulo. Recuerdan ustedes aquella música proustiana: «Toda mi vida he tenido una cierta idea de Francia. El sentimiento me inspira tanto como la razón.» Es bonito, pero con Emmanuel Macron, nada de sentimiento. Únicamente razón. Y cuando el candidato prueba la empatía, es solo porque es inteligente. Por desgracia, no se puede hacer un corazón con materia gris. Al macronismo le choca más lo irracional que lo inhumano. Le desconcierta más lo absurdo que lo injusto. Y es por eso que muchos de nosotros no queremos votar por este estudiante modelo que se presenta en mangas de camisa, agotado por los trances del poder antes de haber tenido tiempo de madurar, y dispuesto a cambiar sus convicciones por la sencilla razón de que no tiene ninguna. El narcisismo no es humanismo.

Frente a este hombre que parece un robot, hay una mujer que parece una mujer. Una mujer con sus defectos, sus contradicciones, sus gatos. Una mujer que sabe lo que es ser odiada y despreciada. Una mujer que sabe lo que es ser insultada por el nombre que lleva, que sabe por experiencia personal que existe el prejuicio racial, que la moral de los poderosos es violenta, que sabe también lo que es caer y volverse a levantar. A menudo ha perdido elecciones. Su programa es una locura económica, pero manifiesta algo que importa al pueblo y se llama consideración. Emmanuel Macron es racional, Marine Le Pen es humana. Y aquí nos encontramos, como hace cinco años, frente a esta elección imposible.

Otro futuro

El candidato saliente quiere promover una gran estandarización. El «gran reemplazo», la «gran degradación» son poco comparados con este proyecto de gran estandarización del que apenas se habla: Emmanuel Macron sueña con una Francia razonable que cumpla todos los requisitos de la doxa globalista. Una Francia bien valorada. Una Francia a lo McKinsey. En este juego, nuestro viejo país corre peligro de perder el alma, porque la gran estandarización ya no tiene nada de occidentalización clásica, de base cristiana: es una occidentalización en el sentido que se puede decir de la China que se ha occidentalizado. Es un estándar de inhumanidad. Nos mata el alma lentamente. Macron no está capacitado para entender esto. Sobre este tema esencial, nada debe esperarse de él. Frente a esta implacable máquina racional y moral, Marine Le Pen nos promete una gran marginación. Esto no es mucho más halagüeño que la gran estandarización, porque una Francia marginada ya no sería Francia. Francia no es Francia sin la grandeza. Marine Le Pen no es una ultraderechista: es la mujer de las viejas recetas de Mitterrand de 1981. Ignorantes son los que la caracterizan con una reductio ad hitlerum. Marine Le Pen no es fascista. Pero, elegida en 2022, nos aplicaría la técnica del programa común: una forma de suicidio.

Nadie está obligado a elegir entre el corazón y la razón. Quienes voten por Emmanuel Macron lo harán por deber; los que voten por Marine Le Pen lo harán por placer. Nadie está obligado a elegir entre el placer y el deber. Pero cada uno tiene el deber de no desesperarse por la política y de preparar un futuro distinto a la elección desesperada que nos quieren imponer el próximo domingo.

Artículo publicado por Xavier Patier

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