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Espiritualidad
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¿Actúo por obligación o por decisión? De ello depende mi felicidad

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 28/03/22

Dios busca a sus hijos pero también los respeta y trata de compartir la vida con cada uno mirándolo con compasión y paz

En la vida puedo pensar que no merezco la misericordia. Y es totalmente cierto, la compasión no se merece. Es un don, un regalo, una gracia.

El perdón de mis errores y pecados nunca es merecido. No puedo hacer nada para que alguien me perdone cuando le he fallado siendo infiel.

No puedo lograr que me perdonen haciendo méritos. Porque el perdón es un don que Dios me regala y que alguien me brinda por misericordia.

Yo lo olvido y quiero hacer muchos méritos para merecer el cielo, para empujar esa puerta estrecha.

Me equivoco porque ese cielo que Dios me promete es el don de vivir en su casa siempre.

Por obligación no se disfruta

A menudo veo a personas que no son felices haciendo lo que hacen, cumpliendo lo que Dios les pide.

Sienten que se limitan en sus posibilidades y no puede hacer todo lo que le gustaría. Les duele el peso de las normas y no las viven como un camino de felicidad.

No son libres en sus elecciones, quizás se quedaron ahí porque les faltó valor. No se quedaron por amor, sino por comodidad.

Y así viven constreñidos, sufriendo, sin disfrutar al Dios que se pasea cada día por el jardín de su alma.

Todo es un regalo

Estar en la Iglesia es una gracia, es un don inmenso, no es una obligación. Cuando dejo de vivirlo todo como obligatorio, me libero.

Quiero aprovechar la tierra como un reflejo del cielo que deseo. No me sacrifico para merecer el cielo.

Vivo como si ya estuviera allí y hago que los demás a mi lado se sientan más cerca del cielo.

Por eso quiero aprender a disfrutar con mi Padre y de esa Iglesia en la que Él me acompaña y cuida.

La alegría de la vuelta a casa

Cuando vivo así en casa me es muy fácil alegrarme cuando otros vuelven a casa después de haber fallado y haberse alejado.

Porque sé que la alegría en el cielo es mucho mayor al ver el regreso de un pecador que se convierte que al ver a muchos justos disfrutando de Dios.

Es así por lo que Jesús, Dios paseando por la tierra entre los hombres, se detiene y come con los pecadores.

Porque son los que necesitan su abrazo, su amor, su mirada. Necesitan que Él sane sus heridas:

«En aquel tiempo, solían acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: – Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

No todos aceptan la misericordia

Pero no todos juzgan bien su actitud. Los fariseos lo juzgan por ir con los pecadores.

No entienden la misericordia y sólo aceptan la conversión, el cambio, la aceptación de la norma, su cumplimiento fiel.

No creen que sea bueno compartir la vida con los impuros, con los infieles, con los injustos, con esos pecadores que parece que no quieren cambiar de vida.

Ven en la actitud de Jesús un acto irresponsable. Piensan que Jesús sólo abraza a los pecadores sin querer cambiarlos. Y ellos sólo se acercan al hermano para cambiarlo.

La manera de volver

No entienden que el verdadero camino para hacer que el pecador regrese a casa es compartir la vida con él y mirarlo con compasión, con paz.

Sólo así podrán volver a casa los que están perdidos. Es así cómo comprendo que mi actitud en la vida tiene que ser la del padre que acoge y perdona con misericordia.

El papa Francisco en Amoris Laetitia lo dice claramente. Necesito amar como Dios me ama:

«Un amor misericordioso, que siempre se inclina a comprender, a perdonar, a acompañar, a esperar, y sobre todo a integrar. Vale la pena recordar la enseñanza de san Juan Pablo II, quien afirmaba que la previsibilidad de una nueva caída no prejuzga la autenticidad del propósito».

Respetar la libertad

Cuando es perdonado y vuelve a casa, nadie asegura que no volverá a irse pasado un tiempo, recobradas las fuerzas.

Pero no se puede hacer nada porque la clave de la vida, de la misma Iglesia y del cielo es el respeto a la libertad de cada uno, a sus elecciones ya sean buenas o malas.

Y la actitud es la del padre que seguirá esperando a la puerta buscando con la mirada al hijo que un día huyó de casa.

Dios no me pide que vaya diciendo por el mundo lo que está bien o mal, lo que es correcto o incorrecto.

No soy yo el autor de la vida ni el que decide quién merece el perdón o quién la condena.

Hoy se me pide una misericordia infinita, imposible. Ojalá tuviera un corazón así. Se lo pido a Dios.

Aquí algunas frases de la Biblia para conocer la paz a la que Dios llama a cada uno:

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