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Cuando muere una amiga

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La muerte de una amiga lleva a reflexionar sobre todo lo bueno que irradiaba.

Orfa Astorga - publicado el 22/03/22

Testimonio de vida.

Mi amiga murió en el sueño, con mucha paz, como un fruto maduro que se corta con delicadeza.

La suya, como la de cualquier ser humano, había sido una vida ordinaria, atravesada por duras penas y marcadas alegrías. Seguramente también hubo muchas victorias sobre sí misma, que solo Dios habría de conocer. Una persona a la que nadie le hará una esmerada biografía, ninguna calle llevará su nombre ni se le hará un monumento para la posteridad.

Cosas que, estoy segura, a ella le importarían un comino.

A propósito de ello, no olvido cuando ante las duras adversidades de mi vida, y a punto de declararme en bancarrota psicológica y moralmente, me dijo: “Piensa que para Dios no ha habido ni habrá, alguien más importante que tú, por la simple razón de que te quiere con un amor, muy, muy personal.»

Un amor muy personal…

Una verdad que ella vivía íntimamente  al compartir y acompañarnos estrechamente en estos dulces y cortos años sobre la tierra. Con ella podíamos hablar de muchas cosas ordinarias, sin descontar nunca el plano de la amistad y confidencia, en el que ella misma con sencillez participaba.

No había nada de nosotros que no le interesara, por ordinario que fuese.

No era dada al sentimentalismo, así que su amor se traducía en obras de servicio, más de una vez con desprendimientos, en los que era obvio que se olvidaba de sí misma.  Sin embargo, su noción de amor personal solo la logré entender hasta que fui testigo de los últimos días de su existencia, que iluminaron todos los años que pasó en la tierra.

Llegó la enfermedad

Mi amiga, después de llevar una vida muy activa, poco a poco, fue siendo vencida por la artritis reumatoide, enfermedad degenerativa dolorosa y mortal, contra la que luchó poco más de cinco años, sin que jamás perdiera su amable sonrisa, y su solícito interés por la vida de los demás.

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La sonrisa en momentos de enfermedad nos habla del tesoro que aquella persona lleva en el corazón.

Mientras pudo, se esforzó hasta donde le fue posible por ser autónoma en todas sus necesidades. Luego, con humildad, se dejó atender sin lamentarse jamás de sentirse invadida en su intimidad. Solo sonrisas y palabras de agradecimiento.

Muy disminuida, se esforzaba por contestar los mensajes que le enviábamos. Los llamaba “sus vitaminas”.

Muy disminuida, se esforzaba por contestar los mensajes que le enviábamos. Los llamaba “sus vitaminas”. Pedía con mucha ilusión que la pusieran “guapa” para participar en reuniones virtuales con amigos y parientes. Ponía siempre la nota de entusiasmo y alegría, con la que celebrara la vida… la suya y las nuestras.

Y todos nos sentíamos envueltos en un sublime misterio por el que cada quien teníamos la certeza moral de ser amados por ella, de una forma única e irrepetible.

La enfermedad jamás le arrebató la libertad interior

En sus últimos días, cuando el dolor la inhabilitó postrándola en la cama, seguía rezando intensamente por las necesidades de propios y extraños, pues la enfermedad jamás le arrebató esa libertad interior para elegir lo que no habría querido elegir, y abrazarse estrechamente a la cruz sin perder jamás la paz, afirmando que cualquier motivo para perderla olía a azufre.

A mi amiga el amor la hizo libre de su enfermedad, hasta el último de sus días.

Partió al cielo y se quedó, así que, en ocasiones, siento que si marco su número como cada día solía hacerlo, escucharé de nuevo su voz cantarina y alegre, con esas expresiones tan suyas como: “Yo aquí y… ¿allá quién?” o “Aquí, echándole ganas”.

Y vuelvo a sentir en mi corazón su amor… un amor muy personal.

Por Orfa Astorga de Lira

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