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Cómo reconocer mis límites sin instalarme en ellos

Chica derrotada en clase

ABO PHOTOGRAPHY | Shutterstock

Ante las debilidades: No asombrarnos, no confundirnos, no desanimarnos, no instalarnos

Carlos Padilla Esteban - publicado el 21/03/22

Es bueno saber que soy débil y ser humilde... para después hay que mirar hacia arriba y alzar los brazos pidiendo ayuda a Dios

No me creo seguro de nada. No habito en certezas sino en deseos, en promesas, en sueños y esperanzas.

Tampoco tengo la certeza de mi fidelidad, he tocado la fragilidad y la caída. Que un día me levante lleno de fuerza no quiere decir que siempre vaya a hacerlo.

Las circunstancias cambian y duele el alma en medio de las torpezas en las que el corazón cae. A veces Jesús habla con un lenguaje duro:

«¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».

Y quizás lo hace para que no me confíe, para que no me crea mejor que otros.

Creerme superior me debilita

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En ocasiones siento que soy mejor, que estoy a salvo de las tentaciones. Que nadie ni nada podrá hacerme caer.

Me creo superior y es mi orgullo y vanidad los que me hacen daño. Siento que soy mejor que aquellos que caen en la infidelidad, mejor que los que han fracasado.

Cuando consigo vencer la tentación una brisa de superioridad se apodera de mí y me hace daño.

Creerme a salvo me debilita. Así como los halagos y las alabanzas. Me hacen sentir en otra dimensión, fuera de todo peligro.

Solo Dios salva

Es así como descubro que sólo la humildad me salva. Yo no soy el que me salvo, es Dios con su poder:

«El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles».

Su misericordia es la que me sostiene. Por eso decido no creerme mejor que nadie, no pensarme a salvo.

4 actitudes ante mis debilidades

La humildad es un don que pido cada día. Humildad no significa anulación de mis fuerzas. Sino reconocimiento de mis debilidades. Y ante ellas no caer en lo que decía el padre José Kentenich:

«Primero, no asombrarnos; segundo, no confundirnos; tercero, no desanimarnos; cuarto, no instalarnos»

[1] Herbert King. King Nº 5 Textos Pedagógicos. Nueva Patris.

He recibido muchos regalos en esta vida. Tengo dones, talentos que no quiero esconder porque son la fuerza que Dios ha puesto en mi corazón.

Ser humilde no significa esconder lo que hago bien, ni renunciar a mis talentos y guardar bajo tierra el don que Dios me ha dado.

Todo es gracia, no merecimiento. Pero sí tengo una misión por delante, una tarea que realizar en medio de los hombres.

¿Conozco mi debilidad?

HANDS

Por eso cuando caigo no me asombro. Entiendo que es parte de mi debilidad. Reconozco dónde está la fuente principal de mis pecados. Dónde peco con asiduidad.

Lo reconozco sin asombrarme. Soy de carne, no soy mejor que nadie. Soy débil y eso me hace sentirme parte de la humanidad. Voy con ellos en este camino que recorro con Jesús.

La cuaresma es una oportunidad para ver dónde la tentación tiene más poder en mí, dónde vence, dónde se impone.

Pienso que mis debilidades reconocidas y aceptadas me acercan a Dios, no me alejan de Él.

En esas debilidades reconocidas y aceptadas está Dios diciéndome que me ama. Me levanta con su misericordia, con su poder, con su gracia.

Y así descubro que no puedo ascender en solitario al cielo. No consigo llegar a las alturas con mi propio impulso.

Esas debilidades mías tampoco pueden confundirme. Soy de barro y con ese barro puede hacer Dios la mejor obra de arte, es el mejor alfarero.

Perdonar y volver a empezar

La humildad no me lleva al desánimo. No me hace permanecer estático. Todo lo contrario, el humilde se pone manos a la obra porque es mucho lo que tiene por delante. Sabe que la mies es inmensa y los obreros son pocos.

El propio pecado no me desanima, todo lo contrario. Me dan ganas de luchar más. La vida da segundas oportunidades. Sólo tengo que perdonar mis caídas y ponerme de nuevo en camino.

Dios perdona a los humildes, sostiene y levanta a los caídos. El peligro es instalarme en el convencimiento de que no puedo hacerlo mejor.

La fuerza de la humildad

Y es cierto, hay tentaciones que superan mis fuerzas y me llevan donde no quiero ir.

Pero verme en mi pecado, en mi pobreza me hace ser más humilde y no creerme mejor que otros. Hace que me sienta pequeño y comprenda muy bien la debilidad de los hombres.

Al mirarlos en su fragilidad no me siento mejor que ellos, todo lo contrario. Admiro su determinación, su humildad al confesar sus pecados, su grandeza de ánimo al querer luchar por hacerlo mejor.

Haber caído una o mil veces no me impide intentar mejorar la próxima vez. No estoy condenado al fracaso repetido.

No por haber caídos más veces siempre voy a fallar. Puedo levantarme por encima de mis cenizas.

Dios hace milagros

Para ello necesito el perdón de Dios y mi propio perdón. Quiero perdonar mi debilidad. Asumir que no soy perfecto.

Reconocer mi fragilidad. Mirar con humildad la vida que Dios me regala y comprender que todo es gratuidad, no es pago por mis obras y el bien realizado.

La humildad es el terreno sobre el que Dios puede hacer sus milagros de gracia. Cuando me ve pequeño y desvalido se inclina sobre mí para levantarme.

Esa mirada misericordiosa me salva y sostiene. Y mi mirada compasiva salva a muchos. Así es Dios en mí. Confío en poder levantarme gracias a la fuerza que me regala.

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