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¿Deseos o derechos?

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Miguel Pastorino - publicado el 16/03/22

Si no hay un bien común mínimamente objetivo, si no se reconoce una naturaleza y una dignidad común en los seres humanos, entonces cada uno puede inventarse lo que es bueno, aunque eso implique matar un inocente por el simple parecer o deseo

Hay dos supuestos que se han vuelto valores absolutos e incuestionables en la opinión pública: que la libertad es un fin bueno en sí mismo sin importar para que se use y que la verdad es siempre subjetiva y relativa, abriendo la puerta a graves deformaciones del concepto de derecho.

En primer lugar, se asume con naturalidad que la libertad de hacer lo que cada uno considere bueno mientras no perjudique a otros es “lo correcto”, sin importar el fin de esa acción, es decir, una libertad como fin en sí misma, sin importar para qué, sin importar el sentido ni la finalidad de las acciones, ni los valores que deben guiar la acción en orden al bien personal y social.

Se lleva así el derecho hacia planteos absurdos que terminan oponiendo unos derechos a otros, como si se tratara de gustos y preferencia subjetivas, como si el bien y el mal fueran intercambiables a todo nivel.

Es cierto que lo que para unos es bueno, para otros no lo es tanto, pero no es aplicable a todos los ámbitos. Y que los mismos valores no siempre son compartidos en una sociedad plural, es algo obvio, pero el problema se manifiesta con claridad cuando no queda ni siquiera en pie la dignidad humana. Esto y no otra cosa, explica que en Colombia se haya aprobado que una mujer pueda abortar a su hijo con seis meses de vida.

En segundo lugar, predomina un subjetivismo radical que hace de la perspectiva particular y emocional un criterio de verdad que los demás deben aceptar y hasta promover, confundiendo deseos con derechos, donde la verdad es lo que cada uno quiere que sea, haciendo imposible la aceptación de verdades universales válidas para todos, aunque sean mínimas. Se llega incluso a negar los hechos y la evidencia científica en nombre de la propia “verdad”.

La gravedad de la cuestión es que, si no hay un bien común mínimamente objetivo, si no se reconoce una naturaleza y una dignidad común en los seres humanos, entonces cada uno puede inventarse lo que es bueno, aunque eso implique matar un inocente por el simple parecer o deseo.

Se confunde el sano pluralismo de perspectivas con el relativismo de que son todas igualmente válidas y entonces ningún valor estaría por encima de otro. Lo que no suele decirse es que el mismo relativismo es dogmático porque no acepta relativizar sus tesis y termina imponiendo su visión, cuestionando a todo el que intente defender la verdad de las cosas.

Derechos Humanos depredados

La carencia de un suelo cultural y ético donde apoyar la vida común es el drama actual, una crisis silenciosa, de la civilización occidental. Esto se nos hace evidente cuando ya no se apela a una ética común, a valores pre-políticos, a derechos fundamentales que todos deberíamos aceptar como válidos, sino que, ante la interminable diversidad de posturas éticas, se busca imponer intereses particulares a través de las leyes.

El desfondamiento antropológico de la civilización occidental afecta directamente a una piedra fundamental del progreso moral: La Declaración Universal de Derechos Humanos (1948). Puede constatarse a diario, incluso en declaraciones de organismos oficiales de diversos países, como se pueden manipular hasta interpretar los DDHH como lo contrario a lo que se buscó reconocer y defender.

El fundamento de los DDHH, la dignidad de todo ser humano, puede ser relativizado hoy por mayorías políticas o por presiones de grupos minoritarios que reclaman “derechos” que en realidad van contra los derechos fundamentales.

Plantear la eutanasia como un “nuevo derecho” es la muestra más clara de esta inversión de valores y manipulación de los fundamentos éticos de la civilización, porque se vende como “derecho a morir” y en realidad otorga derecho a matar. A la hora de legislar sobre asuntos tan delicados como la vida y la muerte, es fundamental conocer lo que ha sucedido en los países donde se ha despenalizado la eutanasia y el suicidio asistido, hasta dónde se ha devaluado la dignidad humana de quienes son considerados como vidas carentes de valor.

El fundamento de los DDHH es la dignidad inherente de todo ser humano. El relativismo y pragmatismo de los regímenes totalitarios que pisotearon la dignidad humana en el siglo XX, llevó a las naciones a reconocer estos fundamentos como intocables e irrenunciables, porque son inherentes a la persona humana.

¿Qué sucede si los DDHH se toman como relativos y cambiables, como una construcción consensuada que puede modificarse arbitrariamente? Así lo afirma Janne Haaland Matlary: “Cuando el punto de referencia de alguien es uno mismo y sus preferencias, entonces los derechos humanos no pueden ser nada más que un proceso político que cambia constantemente” (Derechos Humanos depredados, 2008).

La manipulación del lenguaje

Cualquier pretensión de objetividad en las normas es etiquetada de intolerante cuando nos encontramos en una cultura dominada por un subjetivismo hipertrofiado y un relativismo radical. En este contexto, si alguien intenta defender un derecho fundamental frente un propuesto “nuevo derecho” que atenta contra la dignidad humana, paradójicamente será tratado de “persona antiderechos”.

Manipulaciones del lenguaje para negar la dignidad de algunas personas, como llamarle “pre-embrión” a un embrión, “vidas indignas”, o eufemismos como “ayudar a morir” o “muerte digna”, para referirse a formas de homicidio o de ayuda al suicidio, crean mayor confusión todavía, para simplemente lograr aceptación y que puedan convivir absurdamente supuestos derechos que en realidad son violaciones de derechos fundamentales.

Cuando se pierde el respeto por la dignidad humana, todo se vuelve una pugna por imponer los propios gustos, valores e intereses particulares al resto de la sociedad.

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