Cuando descubres que tu sed de infinito proviene del mismo Dios y solo en su Espíritu puedes saciarla y encontrar todo lo que buscas, surgen oraciones preciosas. Como esta de san Bernardo de Claraval, el gran impulsor de la orden del Císter:
Oh Espíritu Santo, alma del alma mía, en Ti solo puedo exclamar: Abbá, Padre.
Eres tú, oh Espíritu de Dios, que me vuelves capaz de pedir y me sugieres qué pedir.
Oh Espíritu del amor, suscita en mí el deseo de caminar con Dios: solo Tú lo puedes suscitar.
Oh Espíritu de santidad, Tú escudriñas las profundidades del alma en la que habitas y no soportas en ella ni siquiera las mínimas imperfecciones: quémalas en mí, todas, con el fuego de tu amor.
Oh Espíritu dulce y suave, orienta cada vez más mi voluntad hacia la tuya, para que pueda conocer claramente, amar ardientemente y cumplir eficazmente.
Amén.








