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Anna Catherine Emmerick, la beata y mística que vio nacer a Jesús

EMMERICK

Public Domain

Ricardo Sanches - publicado el 09/02/22

Tuvo constantes visiones sobre la vida de Jesús y de la Virgen María, y fue beatificada en 2004 por el papa Juan Pablo II

Anna Catherine Emmerick nació el 8 de septiembre de 1774 en un pueblo de Westfalia, Alemania.

De niña, comenzó a experimentar grandes dones del Señor como el éxtasis y las visiones.

En cuanto se hizo adulta, visitó varias comunidades religiosas, que paradójicamente no la aceptaron para la vida religiosa.

Sólo cuando una amiga se interesó por su caso pudo finalmente entrar en el monasterio de los Canónigos Regulares de San Agustín.

Allí las visiones se hicieron más frecuentes, y suscitaron dudas por parte de las demás monjas.

El monasterio se cerró por motivos políticos y Anna Catherine Emmerick se fue a vivir a la casa de un sacerdote francés.

Estigmas

Fue allí donde recibió los estigmas de Cristo, pero los ocultó durante mucho tiempo.

Después de haberlos revelado, su vida se transformó en un gran signo ante los hombres: unió sus sufrimientos a los de Jesús en la Pasión.

La interrogaron varias veces, dando constancia del carácter sobrenatural de los fenómenos que experimentó.

Tuvo constantes visiones sobre la vida de Jesús y de la Virgen María, y fue beatificada en 2004 por el Papa Juan Pablo II.

Meditación, no revelación divina

Aquí está el relato del nacimiento de Jesús de Anna Catherine Emmerick. El texto está tomado del libro La Amarga pasión de Nuestro Señor Jesucristo, y no ha recibido una confirmación definitiva de la Iglesia.

Pero aun así, sirve para reflexionar y aumentar nuestra piedad, ya que no contradice las Sagradas Escrituras.

Por lo tanto, debe leerse como una meditación, no como una revelación divina.

El nacimiento de Jesús, según Anna Caterina Emmerick

El esplendor que irradiaba la Santísima Virgen se hacía cada vez más brillante, tanto que anulaba la luz de las lámparas encendidas por José.

La Virgen, arrodillada sobre su estera, miraba hacia el este. Una amplia túnica blanca sin ataduras caía en grandes pliegues alrededor de su cuerpo.

En la hora duodécima fue embelesada por el éxtasis de la oración, mantuvo las manos cruzadas sobre el pecho.

Entonces vi su cuerpo levantarse del suelo.

Mientras tanto, la cueva se iluminaba más y más, hasta que la Santísima Virgen quedó envuelta entera, con todas las cosas, en un esplendor de infinita magnificencia. Esta escena irradió tanta Gracia Divina que no puedo describirla.

Vi a Santa María absorta en el rapto por algún tiempo, luego la vi cubrir cuidadosamente con un paño una pequeña figura que salía del esplendor radiante, sin tocarla ni levantarla.

Al rato vi moverse al Niño Jesús y lo escuché llorar. Me pareció entonces que María Santísima, siempre Virgen, volviendo en sí, levantó al Niño y lo envolvió en el paño con que lo había cubierto.

Levantándolo de la estera, lo abrazó contra su pecho. Sentada, la Virgen se envolvió con el Niño en el velo y con su leche sagrada alimentó al Redentor.

Vi un denso grupo de figuras angélicas en apariencia humana arrodillarse en el suelo y adorar al divino Infante; eran seis coros angelicales dentro de un halo de luz brillante y deslumbrante.

Aproximadamente una hora después de dar a luz, María llamó a José, quien todavía estaba absorto en la oración.

Lo vi acercarse y extenderse humildemente, mientras miraba con alegría y devoción al Divino Niño.

Sólo cuando la Santa Consorte le repitió que guardara en su corazón el don del Altísimo con plena gratitud, tomó al Niño en sus brazos y alabó al Señor con lágrimas de alegría.

La Virgen entonces envolvió al Niño en pañales. Vi que primero lo cubrió con un paño rojo, luego lo envolvió con uno blanco hasta las axilas, mientras envolvía su cabeza con otro.

Nuestra Señora solo tenía cuatro pañales con ella. Entonces vi a María ya José sentados en el suelo; no hablaban, pero parecían absortos en la meditación.

Bello y radiante, vi al Santo Recién Nacido envuelto en pañales tendido sobre la estera, mientras María lo contemplaba. Ante esa vista exclamé: ‘Este cuerpecito es la salvación de todo el universo’.

Poco después la santa pareja colocó al divino Infante en el pesebre, que había sido llenado de ramitas y finas hierbas, y pusieron una manta sobre su cuerpecito.

Después de colocar al Niño en esta cuna, que era más baja que el lugar donde nació, la santa Pareja lloró de alegría y cantó alabanzas al Señor.

José colocó la cama y la silla de la Santísima Virgen cerca del pesebre. Vi a Santa María, antes y después de dar a luz, siempre velada y vestida de blanco; en los primeros días, inmediatamente después del Evento, estaba sentada o arrodillada, dormía de lado y nunca la vi enferma ni cansada.

Cuando alguien venía a visitarla, se velaba aún más cuidadosamente y se ponía de pie sobre el lugar donde había tenido lugar el Santo Nacimiento.

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