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¿Cuáles son los criterios para evaluar una misión cristiana?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 07/02/22

Tener relaciones humanas sanas, vínculos hondos y verdaderos es una buena medida para ver si ha ido bien o no, pero hay más...

Jesús invita a los pescadores a navegar mar adentro:

«Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: – Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca. Respondió Simón y dijo: – Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes. Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían».

Creen en la palabra de Jesús y echan las redes, que es posible aun cuando ellos han comprobado que no lo era. Creen en ese poder de Jesús que se impone contra toda lógica.

Era un maestro, no un pescador. ¿Por qué hacerle caso? Pedro y sus amigos obedecen. Y en la obediencia hay fecundidad.

Me sorprende su obediencia. Creer cuando yo pienso que no es posible.

¿Imposible?

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Mucha gente me dice que hay cosas imposibles, que no se pueden hacer.

Tal vez porque nunca se han hecho de esa forma o simplemente porque ellos han fracasado en el intento. Y entonces optaron por no hacer nada.

Y parece que no quieren que yo lo intente, que trate de nuevo. Para demostrarse a sí mismos que es imposible.

El imposible está en la boca de muchas personas. Quizás el paso de los años hace que lo imposible sea más real que en tiempos de juventud.

Como si la experiencia del fracaso me diera autoridad para decirle a los demás que no lo intenten.

Poner tu parte

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Jesús cree que es posible. Y ellos, pescadores, que conocen el mar, escuchan a un hombre que no es pescador.

¡Qué autoridad tendría Jesús para que le hicieran caso! Me impresiona. En su palabra se ponen manos a la obra, navegan mar adentro y echan las redes.

Esperan encontrarlas vacías al tirar de ellas, pero están llenas. Cientos de peces que casi no pueden cargar.

¿Siempre que obedezca habrá el mismo resultado, la misma fecundidad? No está asegurado.

El fruto, la pesca milagrosa, son obra de Dios. Pero lo que sí se me pide es que ponga todo para que funcione. Que no me desanime nunca. Que crea aunque parezca imposible.

Si no se intenta, seguro que no sale

Quizás pienso que me falta fe. Cuando las cosas comienzan a ir mal, dudo de mis fuerzas y capacidades.

Prefiero pensar que es imposible lograr el éxito para no creer que es culpa mía. Comentaba en una ocasión Toni Nadal, tío del tenista Rafa Nadal:

«Nunca una excusa nos hizo ganar un partido y es la realidad. Aspectos como la perseverancia, el esfuerzo, el sacrificio, la disciplina, el respeto al rival fue lo esencial».

No buscar excusas y perseverar siempre. No decir que no se puede simplemente porque a mí no me ha resultado.

Y sobre todo pensar que la fecundidad no es mía, es de Dios. Él hace milagros, yo no los hago.

La suerte no llega, hay que buscarla. La posibilidad de ganar ya está en el deseo de alcanzar la cumbre.

Mar adentro

En la vida dejo de alcanzar los objetivos cuando pierdo el interés. No me creo capaz de llegar tan lejos. Y dudo de mí y de los que me rodean.

En lugar de escuchar las palabras de ánimo sólo oigo las que me llevan al desaliento.

Para creer en el milagro de la pesca hay que volver a echar las redes. Como en Caná había que llenar las tinajas de agua.

Hace falta mi actitud, mi mirada, mi confianza. No es magia, es trabajo, es fe. Es esfuerzo y entrega hasta el último aliento.

Siempre se puede dar más. Siempre queda algo de fuerzas en mi interior. No me desanimo y miro la vida con esperanza.

Creo en la victoria final aunque muchos me digan que no es posible. Si no lo intento, seguro que no lo consigo.

Puede que fracase, que no haya peces, que no haya milagro. Eso es así, siempre es posible no llegar al final y no alcanzar la meta.

Pero Jesús me invita a hacerlo en mi vida. Me dice que navegue mar adentro, que eche las redes por donde Él me pide.

Me anima a no desfallecer, a seguir luchando por alcanzar el objetivo.

Cada mañana

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Nadie me va a regalar nada en esta vida. Sólo Dios podrá hacer fecunda mi entrega. Sólo a Él le importa mi entrega.

Quisiera remar mar adentro con alegría cada mañana. Dejar la orilla me asusta. La barca varada parece más segura.

Estoy más tranquilo cuando Jesús coloca sus pies en mi madera y predica. Ahí no tengo miedo.

¿Y si fracaso?

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Pero ir mar adentro tiene más riesgos. Me asusta el mar bravo en la noche. La hondura y las olas que superan mis resistencias.

Me da miedo no ver las orillas, no tener un seguro por si algo sale mal, una segunda oportunidad por si falla el primer intento.

Me asusta confiar y que al final la pesca no sea milagrosa. ¿Podré soportar el fracaso ante los hombres?

¿Cuándo se considera que una vida ha sido un fracaso? No lo tengo claro.

La clave del éxito

Hay muchas formas de medir la felicidad y saber cuándo es plena la vida vivida.

Pero está claro que no se puede medir la felicidad por el éxito de las empresas emprendidas. Ni siquiera por el éxito en los proyectos.

Tener relaciones humanas sanas, vínculos hondos y verdaderos sí es una medida.

Todo eso que llamo éxito sólo se logra si entrego la vida. No si me guardo por miedo en la orilla. No si tengo miedo a perder lo que poseo.

El que no apuesta sus horas y su vida, no gana nada.

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