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Promover la fraternidad en el mundo empieza en casa con los hijos 

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Shunevych Serhii - Shutterstock

Cecilia Zinicola - publicado el 04/02/22

Cultivar la auténtica fraternidad requiere practicarla todos los días con los de nuestra propia familia. ¡Y no siempre es fácil!

El 4 de febrero se celebra el Día Internacional de la Fraternidad Humana. Construir un mundo más fraterno es una tarea a la que todos estamos llamados independientemente de la pertenencia a una raza, clase o religión.

Hablar de fraternidad con nuestros hijos implica inculcar unos valores como la solidaridad, el respeto y la empatía. En este sentido el hogar es un buen punto de inicio para cultivarla, ya que es el primer ámbito familiar y social donde es posible poner esos valores en práctica.

Estas acciones sencillas y cotidianas, aunque parezcan muy pequeñas y comunes, al repetirlas en el tiempo, van creando una nueva dinámica que muestra cómo la vida no es simplemente tiempo que pasa, sino un tiempo de encuentro con los demás.

Generosidad en las relaciones

Una de las maneras de vivir la fraternidad es enseñarles a nuestros hijos a relacionarse con generosidad. Ayudémosles a pensar cómo pueden colaborar, dar su tiempo y ser útiles para otros. Todos estamos en este mundo gracias a un acto generoso y mucho de lo que somos es gracias a otros. La generosidad alimenta la solidaridad que nos hace seres sólidos.

Sonreír

Sonreír constituye un primer gesto de generosidad que nos conecta con las personas que están a nuestro alrededor. La sonrisa es una actitud amable hacia los demás y permite generar una conexión humana prácticamente de manera instantánea. Si somos capaces de sonreír, será más fácil que se dé un encuentro con los demás.

Podemos transmitirles a los hijos la importancia de sonreír diciéndolo, afirmándolo cuando los vemos sonreír, pero muy especialmente dando el ejemplo. Que nuestros hijos encuentren en nosotros muchas sonrisas y se nutran de ellas. Si son conscientes de ello, será un recurso al cual podrán recurrir de manera natural y con ello trazar un camino de paz.

Ayudar a los demás

La fraternidad fomenta la compasión. El corazón se conmueve y nos impulsa a hacer algo ante una necesidad ajena. Para ayudar a alguien no necesitamos necesariamente conocerlo. Brindar apoyo a personas en una situación vulnerable impactará de manera positiva a todos. Incluso si tenemos que dejar lo que estamos haciendo o posponer nuestros planes en ese momento para hacer una obra de bien.

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Los hijos nos ven como modelo de conducta. Es importante que sepan cómo se ayuda a otras personas.

La fraternidad se hace visible para nuestros hijos cuando pueden expresarla. Cuando te enteres de una situación difícil, no la ocultes sino más bien compártela. Puede ser un vecino que no recibe visitas, personas afectadas por un desastre natural, alguien que está enfermo o un compañero al que le cuestan los deberes. Enséñales que estas cosas son reales, pero que siempre podemos compartir nuestros bienes, palabras, conocimiento o tiempo.

Apoyar causas

La fraternidad nos invita a reconocer que hay que salir de sí mismo para acoger a otro, ir más allá de nuestra realidad inmediata para ser solidarios y no cansarse de encontrar nuevos caminos de encuentro. Todos tenemos una responsabilidad con el prójimo y es importante aprender a hacer propia la causa de otro. Ser egoísta es tener demasiado miedo a la vida.

Enseñemos a nuestros hijos a vivir en el amor, aun sin que nadie lo pida o haya una necesidad aparente. Hay muchas organizaciones que trabajan en pro de la fraternidad. Cuéntales y muéstrales que hay personas voluntarias. Haz que las conozcan y sepan lo que hacen y, dentro de las posibilidades, intenta que participen en actividades o eventos creando oportunidades para que puedan tener una experiencia en la que vean que no todo es por dinero, sino que hay una responsabilidad social.

Unidad en el conflicto

Una de las bases de la fraternidad es atravesar los conflictos de manera positiva. Esto significa no ignorarlos ni tampoco alimentarlos, sino aceptar la realidad y buscar soluciones. Es un camino que puede ser largo y llevar mucho esfuerzo, pero al final es lo que nos hace capaces de lograr que las diferencias se reconcilien y podamos convivir pacíficamente con ellas.

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El diálogo les ayudará a construir amistades sólidas.

Dialogar

El diálogo es el camino para construir la amistad. Cuando tenemos internalizado el diálogo como recurso, podemos encontrarnos con el otro más allá de pensar distinto. Quien dialoga es amable y respeta al otro. No solo quiere comunicar, sino escuchar, interrogar e interesarse por las respuestas. El diálogo es lo que permite que una pueda acercarse, mirarse, conocerse e intentar entenderse para buscar puntos de contacto.

Enseñemos a nuestros hijos a poner en palabras los sentimientos y las emociones, que puedan preguntarse ellos mismos lo que les sucede sobre todo cuando no están de acuerdo o se molestan con otro. Que puedan ejercitar la escucha atentamente mostrando interés sobre lo que el otro dice y que sean capaces de formular preguntas. No dejemos pasar las oportunidades de conflicto para poner en práctica alguno de estos valores.

Perdonar

Nadie puede vivir el amor fraterno si no es capaz de vivir el perdón. Muchas veces para resolver un conflicto hay que traer a la memoria situaciones dolorosas o injustas, reconocer el mal ocasionado y las heridas presentes. La reconciliación no las ignora, sino que las abraza para sanarlas. El perdón nos hace “evolucionar” para nuestro bien y el de los demás.

Por tanto, enseñemos a nuestros hijos a vivir la misericordia, a que vean cómo ellos han sido perdonados y la importancia de poder reconocer y confesar cuando se equivocan. Si ven padres que son capaces de compartir su fragilidad y buscar el perdón, ellos harán lo mismo. Todos podemos cometer errores y la venganza hace un daño mayor a todos.

Buscar la verdad

​​Otra de las bases de la fraternidad es que la realidad es más importante que cualquier idea. Muchos de los conflictos se dan por prejuicios o ideas y por eso es importante siempre buscar la fuente de la verdad, independientemente de nuestros gustos. Vivir la fraternidad nos plantea perseguir un sentido de justicia que nos obliga a abrirnos a nuevas perspectivas, a aprender y conocer lo que es justo y bueno.

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La búsqueda de la verdad los hará fuertes interiormente.

Enseñemos a nuestros hijos el valor de la verdad “que nos hace libres”. Por el contrario, las mentiras nos dejan atados sin poder a largo plazo encontrar un buen camino. Que puedan asumir el reto de pasar por los miedos a la pena o el ridículo por defender la verdad. Si les guiamos con ejemplos y acciones que les ayuden a tener el hábito saludable de vivir en la verdad, no tendrán necesidad de recurrir a la mentira.

Vida comunitaria

Vivimos en un mundo donde todo está conectado y formamos parte de una comunidad global donde todos nos necesitamos. La fraternidad nos hace ver que el todo es mayor que la parte y por lo tanto, es necesario ampliar la mirada. Cada uno hace su aporte particular y tiene algo que ofrecer diferente a los demás, pero más allá de las diferencias somos todos seres humanos en un mismo planeta buscando complementarnos en la búsqueda del bien.

Fomentar la amistad

La amistad es esencial para vivir la fraternidad. Es el ámbito propicio para crecer en muchas virtudes que nos ayudan a ser mejores personas construyendo la confianza. No hay una etapa o edad ideal para hacer amigos. Alienta a los hijos a buscar la amistad en su círculo cercano con la familia, el colegio o el barrio, pero incluso más allá de las fronteras. Que sepan que hay muchos amigos con edades y lugares diferentes que pueden conocer.

Háblales de la importancia de los hermanos y que, aunque cada uno es diferente, estarán siempre juntos. Anímalos a realizar actividades que les gusten o les llamen la atención donde puedan hacer otros amigos como el deporte o la música. Muéstrate receptivo cuando te pidan ir a jugar a casa de algún amigo o cuando decidan invitarlo a casa..

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Abrirse a otras razas y culturas nos enriquece.

Conocer otras culturas

Formamos parte de una familia más grande, universal. Es precisamente del encuentro entre realidades diferentes y culturas abiertas donde el mundo crece y se llena sin ánimo de imponerse una sobre la otra, sino de lograr una convivencia pacífica. Este conocimiento no solo nos permite adoptar bondades de otros, sino también valorar más lo propio.

Pon a tus hijos en contacto con otras realidades y guíalos para que establezcan un lazo con personas de otros países que hablan otro idioma o tienen otra cultura. Comparte recetas de cocina, música o incluso arte. Haz visitas virtuales, utiliza mapas y sumergelos en ese mundo más grande. Son muchas las posibilidades para que puedan desde pequeños saber que podemos aprender unos de otros incorporando nuevos elementos a nuestra vida.

Abrazar la fe

Solo la razón no es suficiente para vivir la fraternidad. Una base firme es el hecho de reconocer que todos somos hijos de Dios, y por lo tanto encontramos en la vida del otro un plan amoroso de nuestro Creador. De hecho, es un mensaje para los creyentes: “Ámense cordialmente con amor fraterno, estimando a los otros como más dignos”. (Romanos 12, 10)

La iglesia es un espacio universal donde claramente se ve que personas muy diferentes en todo el mundo comparten la misma fe. Hay un vínculo espiritual que es trascendente. Acercar a los hijos a esta fe les ayudará a encontrar ese punto de encuentro con el otro para mirarlo como un verdadero hermano, donde todos nos sentimos hijos e hijas, hermanos y hermanas de otros. Un buen hábito es animarlos a rezar por esa gran familia a la que pertenecen.

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