Cantar villancicos ante el Belén es una de las tradiciones más bonitas de la Navidad. Con melodías alegres y versos archiconocidos, con campanillas sonando, peces saltando y el Niño vestidito de blanco.
Muchos de estos villancicos son textos populares que se han transmitido de generación en generación y han sobrevivido al paso del tiempo, al cambio de estilos musicales; y tanto abuelos como niños conocen y cantan alegremente.
Hoy les traemos unos villancicos muy especiales y muy poco conocidos. Entre la extensa y hermosa obra literaria de Santa Teresa de Jesús, existen unos villancicos que no aparecen en todas las recopilaciones poéticas de la única Doctora de la Iglesia española.
Cuentan los estudiosos de la Santa, que Teresa era una mujer alegre, que buscaba no solo la austeridad; quería que en la vida sencilla y de recogimiento, sus hijas espirituales fuera igualmente felices. Una alegría que no estaba reñida con la solemnidad del momento que representaban aquellos villancicos definidos a finales del siglo XVI por el padre Ribera, como piezas que "rebosaban de amor divino".
Al Nacimiento de Jesús es un villancico que nos habla de la llegada del Niño Dios y anuncia a su vez su destino en la cruz.
—Hoy nos viene a redimir un zagal, nuestro pariente, Gil, que es Dios omnipotente.
—¿Por eso nos ha sacado de prisión a Satanás?
—Mas es pariente de Bras y de Menga y de Llorente.
¡Oh, que es Dios omnipotente!
—Pues si es Dios, ¿cómo es vencido y muere crucificado?
—¿No ves que mató el pecado padeciendo el inocente? Gil, que es Dios omnipotente.
—Mía fe, yo lo vi nacido y una muy linda zagala. Pues si es Dios, ¿cómo ha querido estar con tan pobre gente?
—¿No ves que es omnipotente?
—Déjate desas preguntas, miremos por le servir, y pues Él viene a morir, muramos con él, Llorente, pues es Dios omnipotente.
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El mismo mensaje nos envía Santa Teresa en este otro villancico titulado Pues que el amor
Danos el Padre a su único hijo: hoy viene al mundo en pobre cortijo.
¡Oh, gran regocijo, que ya el hombre es Dios!
No hay que temer: muramos los dos.
Mira, Llorente, qué fuerte amorío; viene el inocente a padecer frío.
Deja un señorío, en fin, como Dios.
Ya no hay qué temer, muramos los dos.
¿Pues cómo, Pascual, hizo esa franqueza, que toma un sayal dejando riqueza?
Mas quiere pobreza, sigámosle nos, pues ya viene hombre, muramos los dos.
¿Pues qué le darán por esta grandeza?
Grandes azotes con mucha crüeza.
¡Oh, qué gran tristeza será para nos!
Si esto es verdad, muramos los dos.
¿Pues cómo se atreven siendo omnipotente?
Él ha de ser muerto de una mala gente.
Pues si eso es, Llorente, hurtémosle nos. ¿No ves que él lo quiere? Muramos los dos.
Otros villancicos escribió Santa Teresa de Ávila en los que nos habla, con su genio lírico y su inspiración divina, de la llegada del Niño; como Este Niño viene llorando o el villancico dedicado a los Reyes Magos que narra cómo la estrella guía a estos sabios hasta Belén.
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