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¿Por qué Nápoles fue la cuna del belén? (II)

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Vidal Arranz - publicado el 27/12/21

Descubre la magia (laica) del Belén napolitano, y cómo la tradición llegó y prosperó en España, con sus propias características

La devoción por el portal de Belén tuvo un marcado carácter popular, y artesanal, desde el principio de los tiempos; pero también los artistas importantes, y los buenos profesionales, sumaron su talento a las recreaciones del nacimiento de Jesús.

Al principio, en madera, pero, sobre todo, en terracota, un material frágil que explica por qué la mayor parte de estas obras históricas no han llegado hasta nosotros. 

Muchos de estos artistas eran fieles al modelo de belén español, en el que está muy marcada la presencia de los distintos episodios del relato evangélico; con escenas dedicadas no sólo a la adoración en el portal, sino también a los desposorios; al viaje a Nazaret, el rechazo en la posada, el nacimiento, el anuncio a los pastores y las adoraciones de pastores y reyes. E incluye elementos posteriores como la matanza de los inocentes. 

Hay constancia de que la gran artista Luisa Roldán – que fue escultora de cámara de Carlos II y Felipe III, el reconocimiento mayor al que podía llegarse en la época – realizó un belén en terracota con 150 piezas, que se da por desaparecido. 

«La obra fue un encargo del Duque del Infantado para un convento de Cuenca», explica Miguel Ángel Marcos, conservador del Museo Nacional de Escultura de Valladolid. Tenemos certeza de que esta artista se dedicaba a estos motivos porque el museo atesora 19 piezas pertenecientes a otra obra suya de naturaleza belenística, una cabalgata, que se supone que debía formar parte de un conjunto mayor.

Actualmente se exponen en el museo cuatro de esas figuras y el resto están en fase de restauración, para incorporarlas a lo largo del próximo año a la colección permanente. El Estado pagó 150.000 euros por este conjunto. 

Uno de los rasgos curiosos de este grupo de figuras de Luisa Roldán – también conocida como La Roldana – es la presencia de un cuarto rey mago. «Realiza estas obras durante su estancia en Cádiz, en una época en la que se plantea que Cádiz es la heredera del reino de Tarsis. Ese cuarto rey mago representaría esa conexión», explica Marcos.

El arte de hacer belenes

¿Por qué si tantos artistas cultivaron el belenismo tenemos la tentación de asociar su dimensión más culta sólo con el belén napolitano? Hay varias razones, pero la fundamental es que, dentro de la general destrucción y pérdida de figuras que ha producido el paso del tiempo, la mayoría de las piezas de calidad que han llegado hasta nosotros corresponden a este estilo. 

El belén napolitano se impone en España de la mano del rey Carlos III, que antes de llegar al trono español ocupó el de Nápoles, donde se familiarizó con este modo de hacer.

«El propio rey fabricaba piezas y colaboraba en el montaje, y su esposa Amalia de Sajonia, elaboraba trajes para las figuras», explica Miguel Ángel Marcos. De la mano de Carlos III, el belén napolitano se convirtió en la forma de representación navideña más valorada entre las clases altas y la nobleza española. 

Pero, además, hay que tener en cuenta que su época de apogeo, a finales del siglo XVIII, está muy cerca ya del periodo de emergencia del coleccionismo en el siglo XIX; lo que facilitó que una parte de sus figuras y decoraciones pudieran preservarse.

Uno de estos coleccionistas, Antonio Basanta Reyes, expone estos días una parte de sus piezas en Avila, ‘Angelicum. El esplendor del belén napolitano’, en 1131 Observatorio Activo.

Él mismo explica, en la presentación, la peculiaridad principal de este belén: “La característica más destacada de los belenes napolitanos es su capacidad de reflejar por entero la sociedad de la época, lo que constituye toda una novedad, trasladada con posterioridad a muchos de los belenes populares”. 

El belén «sociológico» de Nápoles

Hay una cierta vocación sociológica en las recreaciones napolitanas, que describen con todo lujo de detalle las clases sociales; incluso las enfermedades que les aquejaban, como el bocio, y las actividades que desarrollaban. Un retrato social que no se corresponde con la época de Cristo; sino con el Nápoles del tiempo histórico en que se confeccionaron, que era referencia de lujo y elegancia.  

El retablo de personajes incluye todo tipo de oficios, como tenderos, cristaleros, fruteros, pescaderos, barberos, afiladores… Todos ellos mostrados en acción, mientras desempeñan su trabajo.

Pero vemos también a padres jugando con sus hijos, y a hombres y mujeres interpretando instrumentos, como el violín, el arpa o el violonchelo. Todo ello además de las bandas de música que acompañan a las comitivas de Sus Majestades de Oriente; vestidos habitualmente ‘a la turca’, una moda que gozaba de mucho prestigio en la Europa de la época.

El resultado de este despliegue es que lo sociológico se impone sobre lo devocional, de modo que la mayoría de los personajes parecen completamente ajenos a lo que está sucediendo en el portal de belén. Si quisiéramos interpretarlo de forma benigna, diríamos que todavía no se han enterado del acontecimiento que el belén celebra.  

El espacio dedicado a la Sagrada Familia suele ser un edificio de construcción clásica, o neoclásica, en ruinas, más que una posada; lo que refleja la fascinación de la época por la cultura grecorromana. Y para evitar que el portal se pierda entre la maraña de personajes y objetos, un coro de ángeles en la parte alta del edificio señala el lugar central de la composición, que, de otro modo, incluso podría pasar desapercibido.

En España, más religioso

“El belén español tiene una carga religiosa más grande, con un hilo narrativo relativo a lo bíblico; mientras que en el belén napolitano lo religioso es una excusa para hacer un retrato social en el que se introduce un elemento fantástico. Podríamos decir que es un belén más laico”, asegura Miguel Ángel Marcos.

De hecho, en el belén napolitano los episodios bíblicos que se recogen se limitan prácticamente a la adoración de los pastores y los Reyes Magos, representada por su comitiva, y la Natividad.

Más laico, ciertamente, pero también un objeto más orientado hacia el lujo, razón por la que era especialmente apreciado por las élites como objeto artístico. 

La clave no estaba sólo en la buena factura de las cabezas de las figuras, las testinas, la parte esencial de la obra; sino también en los delicados y lujosos trajes y joyas con que eran engalanadas. Vestidos de quita y pon, realizados en miniatura, pero con telas preciosas y acabados refinados; y joyas auténticas, de igual valor que las que lucían las altas damas de la época, sólo que más pequeñas.

El Museo Nacional de Escultura de Valladolid atesora uno de los mejores belenes napolitanos de España – por el que el Estado pagó en su momento 1,2 millones de euros – que estos días puede verse con horario ampliado. 

Como todos los que se conservan, es obra también de coleccionistas; en este caso los hermanos García de Castro, que fueron obteniendo las figuras de muy distintas procedencias. 

Figuras flexibles

Como singularidad, sabemos que algunas de ellas formaron parte en su momento del Belén del Príncipe, el gran belén de la Casa Real española; que llegó a sumar 6.000 figuras y elementos, hoy en gran medida desaparecido. De aquella cumbre del belenismo artístico español – iniciado por Felipe V y continuado por su hijo Carlos III y luego el hijo de éste, Carlos IV – quedan cerca de un centenar de piezas diseminadas en distintas colecciones. 

Otros belenes napolitanos de interés son el del Museo Salzillo y el de la Fundación March Servera en Palma de Mallorca. El del Palacio Real, muy visitado, es también muy espectacular. 

Hay otra diferencia entre el belén artístico español y el napolitano. En el belén español se usan figuras enteras pintadas, ya sea en madera o terracota. En cambio, en los otros las figuras no son rígidas, sino que ofrecían una cierta flexibilidad.

«La cabeza está modelada en terracota, con ojos de vidrio. Y las extremidades se hacen en barro o se tallan en madera, mientras que el tronco, los brazos y las entrepiernas se simulan mediante un maniquí sostenido por una estructura interna de alambre», explica Antonio Basanta. 

Sólo nos ha llegado una pequeña muestra

«Llevan más allá el carácter escenográfico de los belenes», explica Marcos. Y es que las figuras no sólo podían cambiar de posición; lo que facilitaba variar las composiciones de año en año, sino incluso intercambiarse entre sí. Y así, el que hoy es un paje mañana puede ser un panadero, o un afilador. Basta con cambiarle la vestimenta y los objetos. 

Esta característica de las figuras explica también que las femeninas fueran usadas a menudo como muñecas por las niñas de las élites de la época. Esto implicaba que su uso se extendía durante todo el año, no sólo en Navidad, lo que multiplicaba el riesgo de rotura o extravío. Hay constancia de que en muchos belenes históricos se han perdido más figuras femeninas que masculinas, lo que quizás podría tener esta explicación. 

Lo que vemos hoy nos deslumbra por su detalle, precisión, diversidad de formas y figuras, y por su belleza, aunque lo que ha llegado hasta nosotros apenas sea una pequeña muestra salvada de la corrosión del tiempo. Pero lo cierto es que nos conmueven menos que otros belenes más sencillos, menos perfectos, pero más atentos a lo esencial de la escena que pretenden recrear.

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