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El discurso del Papa a la Curia que sirve a toda organización enferma de soberbia

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© ANDREAS SOLARO / AFP

VATICAN-POPE-CURIA-GREETINGS Pope Francis speaks during the audience of the Curia, the administrative apparatus of the Holy See, for Christmas greetings in the Sala Clementina of the Apostolic Palace at the Vatican, on December 22, 2014. AFP PHOTO / ANDREAS SOLARO

Ary Waldir Ramos Díaz - publicado el 23/12/21

Los discursos del papa Francisco a la Curia Romana en Navidad siguen siendo un clásico de espiritualidad y de gestión evangélica de la organización que debería estar al servicio humilde de cada alma

La Curia Romana se ha ganado en muchos años la «fama» de ser un enclave de poder, de prestigio individual y política clerical de alto nivel. El papa Francisco lo sabe y en cada discurso de Navidad, en estos nueve años, ha empujado por una ‘Reforma’ de la Curia romana que comience desde los corazones, antes que de sus estructuras.

«La autoridad se convierte en servicio cuando comparte, involucra y ayuda a crecer». Algo que no termina en cada felicitación navideña, sino que es un itinerario que marca los doce meses del año y no solo tiene que ver con cardenales y superiores de la Curia Romana, sino que involucra a «todos», así como indicó el Papa Francisco este jueves, 23 de diciembre de 2021.

“El clericalismo, que como tentación serpentea a diario entre nosotros, nos hace pensar siempre en un Dios que le habla sólo a algunos, mientras que los demás sólo deben escuchar y ejecutar”, dijo el Papa en la fastuosa sala del Palacio Apostólico Vaticano.

Cierto es que pedir una cita o una entrevista a un príncipe de la Iglesia es una verdadera ‘odisea’, con contadas y gratas excepciones. El Papa les reiteró de bajarse del pedestal: «debemos ser los primeros en comprometernos a una conversión a la sobriedad».

La Curia Romana que debería estar al servicio de «cada alma», la evangelización que es comunicación y del camino sinodal abierto, galopa distante, erguida y, consecuentemente, implicada en procesos complejos, herméticos y de importancia relevante para la administración de un mecanismo milenario del que beben toda las iglesias locales.

Es una misión, la llamó el Papa, pero al mismo tiempo, honrosa, cuánto gravosa. «La organización que debemos implementar no es de tipo corporativa, sino evangélica.», afirmó hoy.

«Si el Evangelio proclama la justicia,nosotros debemos ser los primeros en intentar vivir con transparencia, sin favoritismos ni grupos de influencia«.

Reconocimiento social que enferma

Por ello, el Papa también este año, les ha pedido humildad, servicio, y dejar de lado la soberbia de quien se «viste de una armadura» como el personaje bíblico Naamán el sirio (cf. 2 Re 5), quien no acepta que la gracia es «gratuita» y que esta no depende de un rol o de un «reconocimiento social».

Naamán entiende después buscando ser curado de una lepra que no debe esconderse dentro de su armazón, emblema de aquel que con la armadura del poder, de la fama, los honores, esconde su propia fragilidad y humanidad.

El Papa indica que todos somos «leprosos». Pues, «uno no puede pasar la vida escondiéndose detrás de una armadura, de un rol».

Los discursos del papa Francisco a la Curia Romana en Navidad siguen siendo un clásico de espiritualidad impagable para todas las organizaciones y personas de buena voluntad, y, especialmente para «toda la iglesia» y para todo tipo de fieles (desde el alejado hasta el practicante convencido).

Igualmente las palabras del Papa no sólo son útiles para los curiales, además porque hay mensajes que son un modelo de gestión evangélica de cada organización humana y de los recursos frágiles de corazones, mentes y brazos que juntos aspiran a trabajar por un verdadero desarrollo integral y por el bien común: llámese empresa, familia o comunidad.

¿Por qué en Navidad? El Papa mismo lo dice: «El misterio de la Navidad es el misterio de Dios que viene al mundo por el camino de la humildad; y este tiempo parece haber olvidado la humildad, o haberla relegado a una forma de moralismo, vaciándola de la fuerza desbordante que posee».

El camino de la humildad

Nosotros con el mundo estamos enfermos de soberbia, pero hay una cura, lo dice el Papa: humildad. Navidad, lo dice el Papa, es sinónimo de humildad.

Precisamente, dice el Papa: «Los Evangelios nos hablan de un entorno pobre, sobrio, inapropiado para acoger a una mujer que está por dar a luz. Sin embargo, el Rey de reyes no viene al mundo llamando la atención, sino suscitando una misteriosa atracción en los corazones«.

Francisco insta a busca el significado auténtico de nuestra esencia en esta Navidad buscando «la humildad» que ha sido la puerta de entrada de Jesús y que nos invita a atravesarla.  Asimismo, recordó los ejercicios espirituales de San Ignacio: no se puede ir adelante en la humildad, sin humillación. 

Navidad es ocasión para una sana «humillación», inspirada en María: «¡miremos a nuestro alrededor y busquemos alguna persona a la que podamos ser de ayuda! ¿Hay algún anciano que conozco al que puedo ayudar un poco, ser de compañía? Que cada uno lo piense. ¿O hacer un servicio a una persona, un favor, una llamada? Me levanto y ayudo. Ayudando a los otros, nos ayudaremos a nosotros mismos a levantarnos de las dificultades» (Ángelus 19.12.2021).

Reconocerse enfermos

Volviendo al discurso de este año a la Curia Romana, el llamamiento es a no avergonzarnos de nuestra fragilidad. «La humildad es la capacidad de saber habitar sin desesperación, con realismo, alegría y esperanza, nuestra humanidad; esta humanidad amada y bendecida por el Señor.» Pues, «sin humildad buscaremos seguridades, y quizás las encontraremos, pero ciertamente no encontraremos lo que nos salva, lo que puede curarnos.«

Francisco nos invita a salir de las seguridades, aquellas que son «fruto perverso de la mundanalidad espiritual». «Si Naamán sólo hubiera seguido acumulando medallas para poner en su armadura, al final habría sido devorado por la lepra; aparentemente vivo, sí, pero cerrado y aislado en su enfermedad. Él buscó con valentía lo que podría salvarlo y no lo que lo gratificaría de forma inmediata». 

Soberbia, lepra del alma

Todos sabemos que lo contrario de la humildad es la soberbia, explicó el Papa.  Y nos dice también que «quien vive apoyándose en la soberbia se encuentra privado de las cosas más importantes que tenemos: las raíces y las ramas».

«Las raíces – dijo – hablan de nuestra relación vital con el pasado del que tomamos la savia para poder vivir en el presente. Las ramas son el presente que no muere, sino que se convierte en el mañana, se vuelve futuro. Estar en un presente que no tiene más raíces ni ramas significa vivir el final.

Así el soberbio, encerrado en su pequeño mundo, no tiene más pasado ni futuro, no tiene más raíces ni ramas y vive con el sabor amargo de la tristeza estéril que se adueña del corazón como «el más preciado de los elixires del demonio».

El humilde, en cambio, vive guiado constantemente por dos verbos: recordar y generar, fruto de las raíces y de las ramas, y de este modo vive la alegre apertura de la fecundidad. «.

Todos somos pobres

El Papa con sus discursos a la Curia desvela el cáncer que carcome el alma de las personas cuando asumen su misión desde la soberbia y la rigidez de pegarse solo a las reglas y normas o la costumbre que anula la creatividad. «Los que tienen hambre de pan y los que tienen hambre de sentido son igualmente pobres«. Y afirma: «La misión nos hace vulnerables, nos ayuda a recordar nuestra condición de discípulos y nos permite descubrir la alegría del Evangelio una y otra vez.»

Para concluir, el Papa desea a todos y también a él mismo, «que nos dejemos evangelizar por la humildad de la Navidad, del pesebre, de la pobreza y la esencialidad con la que el Hijo de Dios entró en el mundo».

Por eso, el Papa instó a recordar nuestra propia lepra: «Sólo sirviendo y pensando en nuestro trabajo como servicio podemos ser verdaderamente útiles a todos». 

Y reiteró la la lección de la Navidad a los curiales, e insistimos a todos quienes se sientan pobres de espíritu: «La humildad es la gran condición de la fe, de la vida espiritual, de la santidad».

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