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Todo puede cambiar incluso en la mayor miseria

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R. Gino Santa Maria/Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 10/12/21

Aunque yo sea un pecador reincidente, por dentro soy una obra preciosa de Dios

María tiene una montaña de ternura en su amor. El amor humano es lo que me cambia por dentro. Importa lo humano. Importan el corazón, el beso, el abrazo.

Ella convierte lo inhabitable en un lugar lleno de luz gracias a su ternura. Trae a Jesús, lo abraza con ternura. Él vive en su regazo.

María da a luz y el establo se llena de luz. Un milagro cotidiano. Una transformación milagrosa. Su ternura, su bondad, su amor.

Quiero que Jesús venga a mi corazón, una cueva oscura. Quiero que lo llene de luz y ternura.

¿Qué ha cambiado?

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María es capaz de cambiar una cueva de animales en un hogar. Pero, en realidad, el establo sigue siendo una cueva de animales.

Todo sigue igual en apariencia. Sigue siendo un establo. ¿Qué es lo que ha cambiado?

Cambia la mirada, la forma de mirar, la actitud. La felicidad no es un premio, algo que conquisto. Es la actitud con la que vivo la vida.

Tanto si me encuentro en un palacio, como en un lugar lúgubre, de mí depende que todo cambie.

Visible solo para algunos

En Belén, en esa cueva, lo más divino está escondido. Pocos ojos descubren a Dios oculto.

Son necesarios unos ojos limpios para ver un palacio en esa cueva, bajo esos trapos. Se trata de una nueva forma de mirar, una nueva forma de amar.

Eso es Navidad, eso es Adviento.

Hay personas capaces de mirar la vida y ver la belleza. En un establo ven la pureza de Dios.

En mí ven una belleza que yo no veo. En mis ojos cansados ven ojos de niño. Y en mi alma egoísta ven generosidad.

La clave, el amor

DZIADKOWIE

Son ellos los que me cambian a mí o se equivocan y no aciertan. El amor es ciego, dicen, pero quizás es que el amor sabe ver lo que nadie ve.

Yo veo con frecuencia sólo la parte fea de la vida. Me fijo con dolor en lo que está mal. Me quejo y protesto por todo lo que podía haber sido y no es.

Esas otras personas que miran con los ojos de Dios, no sé cómo lo hacen, pero logran ver lo sagrado en un establo.

Es lo mismo que hace María con Jesús. La ternura de Dios en los brazos de su madre es lo que hace que una cueva sea un palacio.

Aunque siga siendo una cueva por fuera, es en realidad un palacio por dentro. Aunque yo sea un pecador reincidente, por dentro soy una obra preciosa de Dios.

Un milagro interior

CANDLE

Es ese milagro interior el que quiero que haga Dios en mí.

Puede que exteriormente no cambie mucho y siga siendo el mismo. La misma torpeza, los mismos trapos sucios y gastados de mi vida. Lo humano resalta con fuerza.

Pero todo cambia cuando entran María y Jesús con su presencia. El milagro es que la cueva sigue siendo cueva pero está llena de luz y de esperanza.

Un lugar donde en la intimidad los corazones se aman. Los animales no dejan de ser animales. No es el cuento de cenicienta en el que la calabaza se convierte en carroza.

El milagro sucede en lo hondo del corazón humano sin que cambie nada por fuera.

Es el misterio de Dios en el suelo, bajo unos trapos. Visible sólo para los ojos de niño. Para los ojos de María y José.

Dios puede hacerlo

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Es el milagro de mi conversión, el que espero con tenaz paciencia. Sigo siendo el mismo y al mismo tiempo soy ya un hombre nuevo.

Soy un Belén vivo en el que Jesús nace de nuevo y me da una forma diferente de ver las cosas.

Siento que no tengo un lugar adecuado para que venga Jesús. Miro mi vida en este Adviento y veo un establo lleno de suciedad y desorden.

Gritos y violencia. Oscuridad y falta de esperanza. Todo eso habita en mi interior. Quiero que venga Jesús a mi vida y transforme mi alma.

Él lo puede hacer. Lo hizo en María, por María. María lo puede hacer a través de mi alianza de amor.

Agradecer cada alegría

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Quiero mirar mi vida con agradecimiento. Jesús hace milagros que no son evidentes. Mi vida no es evidente. Así nos lo dice el padre José Kentenich:

«Reparemos en los momentos donde Dios llama a nuestra puerta suscitando el impulso a remontarnos hacia Él. Suele suceder a las personas de particular nobleza espiritual, que cuando una alegría embarga sus corazones se sienten elevadas raudamente hacia Dios. Según mi manera de ver, nosotros, hijos de nuestro tiempo, somos terriblemente ‘proletarios’ en esta área: nos parece evidente que Dios nos dé alegrías; ¡es una lástima! Un temperamento noble tiene siempre un ‘¡Gracias, Señor!’ a flor de labios. Les propongo esta consigna: – Acabar con las evidencias».

J. Kentenich, Niños ante Dios

Me acostumbro a los regalos de Dios, a estar lleno de su luz. Pero no es evidente. Cada luz que surge en mí no es evidente.

Quiero que cada alegría que reciba sea una ocasión para dar gracias, para mirar al cielo agradecido, para subir más alto.

En Navidad, en Belén, el establo se llena de luz. María se alegra agradecida. José se conmueve ante la vida que alumbra la cueva.

¿Cuánta luz tengo que agradecer en mi vida?

Muchas veces las sombras del momento me hacen incapaz de agradecer los pequeños regalos de luz.

Me ofusco con lo que no tengo y no me alegro de las pequeñas conquistas.

Ojalá al mirar a María hoy le pida esa mirada sobre mi vida. Nada es evidente. Acabo con las evidencias.

Todo es un don. La alegría honda es un don. ¿Cuáles son los regalos no evidentes por los que debo agradecer?

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