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El día que Charlton Heston interpretó a Dios

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CBS Photo Archive | Paramount Pictures

Vidal Arranz - publicado el 09/12/21

La reedición en alta definición de ‘Los diez mandamientos’, de Cecil B. DeMille, permite disfrutar de nuevo de este clásico religioso

Es muy probable que bastantes lectores sepan que Charlton Heston fue el actor que dio vida a Moisés en la célebre película ‘Los diez mandamientos’, de Cecil B. DeMille, pero serán muchos menos los que conozcan que el actor también interpretó a Dios. O, al menos, a su voz, pues suya es (aunque distorsionada) la voz que brama en la célebre escena de la zarza ardiente. 

Tal ‘desdoblamiento’ de Heston no estaba inicialmente previsto y fue idea del propio actor. «Sabe, señor DeMille, creo que si oyes la voz de Dios la oyes en tu interior. Me gustaría mucho hacer la voz de Dios en la escena de la zarza ardiente», sugiriendo que la voz que Moisés escuchó debía sonar parecida a la suya propia. 

El lugar no podía ser más propicio para la reflexión, pues ambos, director y actor protagonista, estaban haciendo noche en el monasterio de Santa Catalina, a los pies del Monte Sinaí; un templo construido en el lugar donde se cree que se produjo el encuentro entre Dios y Moisés. El monasterio es, además, uno de los más antiguos del mundo que siguen habitados.

Ambos se habían desplazado hasta allí para conocer el entorno donde se rodaría la mítica escena; y, aunque el propósito del viaje era puramente cinematográfico – preparar la película – el propio DeMille reconocería que la estancia en el monte sagrado había sido «el punto culminante de una gran experiencia espiritual».

Voz igual, pero distinta

El caso es que, pese a lo propicio del contexto, el gesto inicial del director al escuchar la propuesta fue de rechazo. De algún modo, pensaba que Heston pecaba de exceso de ambición, e incluso de egolatría. «¿Te parece poco interpretar a Moisés?», le dijo. 

COMMANDMENTS

Sin embargo, el abad del monasterio, que los acompañaba en ese momento, intervino en favor de la idea. Finalmente, los deseos del actor se cumplieron y, según su testimonio, fue Heston quien puso la voz a Dios; si bien su locución fue tratada de modo que suena distinta, lo que también tiene su lógica.

Al menos así se cuenta en el documental que acompañaba la reedición del clásico con motivo de su 50 aniversario. 

‘Los diez mandamientos’ fue la última película de Cecil B. DeMille, un realizador de gran éxito y con varias películas religiosas en su haber (El signo de la cruz, Rey de reyes, Sansón y Dalila, Las cruzadas…)

En 1923 él mismo había rodado una primera versión de la misma historia bíblica, y con el mismo título, pero quiso cerrar su carrera con una recreación aún más grandiosa y espectacular.

Y lo logró. Con sus cerca de cuatro horas de duración, era, en el momento de su estreno, en 1956, la película más larga, lujosa y ambiciosa de la historia. 

Una película grandiosa

Fue la culminación de la carrera del director y también su obra de más éxito popular, aunque no sea su trabajo más valorado por la crítica. Un éxito que sigue despertando el interés del público, como demuestran las recurrentes reediciones de la película. La última, con motivo de su 65 aniversario, comercializada por Divisa en formato steelbook (caja metálica).

Cuenta la leyenda, que la elección del protagonista se produjo en Roma, adónde DeMille y otros miembros del equipo se habían desplazado para contemplar el ‘Moisés’ de Miguel Angel (actualmente en la iglesia de San Pietro in Vincoli).

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Alguien le dijo al realizador que la figura le recordaba a Charlton Heston y a partir de ese momento estuvo obsesionado con que fuera el protagonista. «¡Gracias a Dios!», recuerda con gracia el actor, que reconoce su papel en Los diez mandamientos como uno de los más importantes de su exitosa carrera.

«Sabía que me la jugaba», admite Heston. Y, en coherencia con ello, dedicó muchas horas el estudio histórico del personaje y de la época, una actitud coherente con la del propio DeMille, que intentó ser cuidadoso con la verosimilitud histórica (incluso en el modo de pintarse las uñas las jóvenes de la época, tal y como cuenta una de las actrices secundarias en un documental sobre la película).

«Si interpretas un personaje histórico, cosa que yo creo haber hecho más que ningún otro actor, debes dedicarle tiempo al estudio», reconoció Charlton Heston. Aunque, a la postre, sea la fuerza interpretativa lo que prime.

Otra anécdota: Moisés niño

De la meticulosidad de DeMille, y de su extrema habilidad organizativa, da cuenta otra anécdota. Cuando el director estaba preparando el rodaje descubrió que la mujer de Heston estaba embarazada y le preguntó que cuando saldría de cuentas.

DeMille realizó un rápido cálculo mental y llegó a la conclusión de que el bebé tendría tres meses para cuando se rodase la escena del nacimiento de Moisés, y anunció: «Si es niño, el papel es suyo». Efectivamente lo fue y el hijo del actor interpretó a Moisés niño.

Ya hemos contado que la película fue la más espectacular de su tiempo y algunos datos contribuyen a visualizar su complejidad. Y el principal de ellos, los cinco años que tardó en materializarse.

En la fase de preproducción se realizaron 1.200 dibujos preparatorios recreando cómo serían las escenas; el guion tenía 308 páginas, con 70 personajes distintos con texto propio; para rodar las escenas de masas se movilizaron más de 20.000 extras (personas reales, no clones digitales) que hubo que arrancar de las aldeas de la zona, porque DeMille quería que su fresco social tuviera viveza y autenticidad. 

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Y, como colofón, todo un plantel de actores principales en el reparto de la película: Charlton Heston (Moisés); Yul Bryner (Ramsés II); Anne Baxter (Nefertari); Edward G. Robinson (Datán); Yvonne de Carlo (Séfora); o Debra Piaget (Lilia) encabezan un reparto que cuenta también con Vincent Price o John Carradine, entre otras muchas estrellas.

Confiar en el talento del otro

Una anécdota relativa a uno de los secundarios estelares resulta significativa para entender la personalidad de DeMille. Edward G. Robinson, el actor de Perdición o La mujer del cuadro, estaba por entonces en la ‘lista negra’ de la censura de Hollywood, lo que no fue óbice para que Cecil B. DeMille lo contratara como Datán.

El propio actor, en sus memorias, agradeció el gesto y reconoció su importancia para impedir que su carrera se hundiera en esos momentos críticos. 

Sin embargo, DeMille estaba nervioso. Pero no por la censura, sino porque no entendía el modo como el actor estaba interpretando a su personaje, según recuerda su nieta Cecilia DeMille. Ella le preguntó por qué no le decía algo, pero el director se negó. «Pensaba que era un actor con gran talento y que había que confiar en él», recuerda. Cuando vio la interpretación completa estaba eufórico pues al fin entendió lo que Robinson había hecho. 

La anécdota revela bien la relación del director con sus intérpretes. Entendía que su parte era elegirlos bien, y luego, lo demás, corría a cuenta del talento de cada cual. «Usaba a sus actores como si estuviera pintando un cuadro», según una colaboradora. 

De forma excepcional, Los diez mandamientos se inicia con unas imágenes del propio director en las que presenta la película al público, lo que subraya el carácter excepcional de lo que se estaba a punto de ver.

Lectura política

Pero también le servía al director para situar veladamente su película en el contexto de la guerra fría con la Unión Soviética, que en el momento del estreno estaba en pleno apogeo.

Y así, DeMille presentaba su película como la historia del inventor de la libertad, lo que suponía una evidente relectura política del relato bíblico.

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Aunque la película pregonó a los cuatro vientos su voluntad de ser escrupulosamente fiel a la historia y a la época, los expertos han detectado numerosas licencias en Los diez mandamientos. Así, por ejemplo, los guionistas se la juegan al identificar a los faraones del episodio bíblico como Ramsés I, Seti I y Ramsés II, lo que no está nada claro.

Tampoco menciona la Biblia que Moisés fuera un contrincante al trono de Egipto, aunque al parecer sí lo menciona algún texto apócrifo. Y, finalmente, DeMille inventa una historia de amor con Nefertari ajena a la Biblia, por poner sólo algunos ejemplos. 

Parece evidente que DeMille, que tenía un gran dominio de la tensión dramática de las historias, no tuvo reparos en ajustar el texto bíblico a las necesidades de una superproducción que no podía permitirse, bajo ningún concepto, aburrir al público.

Los diez mandamientos no lo hizo y se convirtió en la película más taquillera de la carrera del director norteamericano. Pero sigue figurando como una película de referencia del cine religioso.

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