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¿María es la más santa de las criaturas?

Marinella Bandini - publicado el 08/12/21

Santa María, virgen de la espera, danos tu aceite porque nuestras lámparas se apagan

La verdadera tristeza no es cuando, en la noche, no te espera nadie cuando vuelves a casa, sino cuando tú no esperas ya nada de la vida. Esperar: o bien experimentar el gusto de vivir.

Han dicho incluso que la santidad de una persona se mide por la profundidad de sus expectativas. Quizá es verdad. Si es así, es necesario concluir que María es la más santa de las criaturas precisamente porque toda su vida parece estar marcada por los ritmos gozosos de quien espera a alguien.

Ya la marca inicial  con la que la identifica la pluma de Lucas está llena de expectativas: 

«Prometida esposa de un hombre  de la casa de David».

Pero también en la última imagen en la que María se despide de las Escrituras es captada por la lente en una actitud de espera: Ahí, en el cenáculo, en el piso de arriba, en compañía de los discípulos, en espera del Espíritu. Virgen en espera, al principio. Madre en espera, al final.

Y en el arco sostenido por estas dos inquietudes, una tan humana y la otra tan divina,  hay otras cien conmovedoras expectativas.

La espera de él, durante nueve larguísimos meses. Y la espera del día, el único que a ella le hubiera gustado posponer de vez en cuando, en el que su hijo saldría de casa y no volvería jamás.

La espera de la hora: la única por la cual no habría sabido frenar la impaciencia y de que, de antemano, habría desbordado la carga de la gracia en la mesa de los hombres. La espera del último suspiro del unigénito clavado en el madero. Y la espera del tercer día, vivida en la vigilia solitaria, frente a la piedra. Esperar: infinitivo del verbo amar.

Virgen de la espera

Es más, en el vocabulario de María, amar al infinito. Santa María, virgen de la espera, danos tu aceite porque nuestras lámparas se apagan.

Reaviva en nuestras almas los antiguos fervores que ardían dentro de nosotros cuando lo más mínimo era suficiente para hacernos rebosar de alegría: la llegada de un amigo lejano, el rojo de la puesta de sol tras un temporal, las campanas que suenan en un día festivo. Si hoy no sabemos esperar más, es porque estamos cortos de esperanza. Se han secados las fuentes. Sufrimos una profunda crisis de deseo.

Y, cansados ya de los miles de sucedáneos que nos asedian, corremos el riesgo de no esperar ya nada más ni siquiera esas promesas de otro mundo que fueron firmadas con la sangre del Dios de la alianza.

Santa María, mujer de la espera consuela el dolor de las madres por sus hijos que, salieron de casa y ya no volvieron, porque murieron en un accidente de coche o porque fueron seducidos por la llamada de la selva.

Porque se perdieron en la furia de la guerra o porque fueron absorbidos por por el torbellino de las pasiones. Porque fueron volcados por las tormentas del mar o porque fueron hundidos por las tormentas de la vida.

Centinela de la mañana

Llena los silencios de Antonella que no sabe qué hacer con su joven vida, después de que él se fuera con otra mujer.

Llena de paz el vacío interior de Massimo que ha tomado todas las decisiones equivocadas en la vida, y la única expectativa que le atrae ahora es la muerte.

Seca las lágrimas de Patrizia que ha cultivado muchos sueños  y por la maldad de la gente los has visto desaparecer así uno a uno, y quien ahora teme hasta soñar por la noche. Santa María, Virgen de la espera, dónanos un alma vigilante.

Centinela de la mañana, despierta en nuestro corazón la pasión  de nuevas noticias para llevar al mundo, que se siente ya viejo. Tráenos, por fin, el arpa y la cítara, para que contigo temprano en la mañana podamos despertar el amanecer.

Frente a los cambios que sacuden la historia, dónanos sentir en la piel los escalofríos de los comienzos. Haznos entender que no basta acoger: debemos esperar. A veces, la acogida es un signo de resignación.Esperar siempre es signo de esperanza. Haznos, pues, ministros de la espera.

Y el Señor que viene, Virgen del Adviento, nos sorprenda, también por tu materna complicidad, con la lámpara en la mano.

Texto tomado de: Maria, donna dell’attesa P. Tonino Bello

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