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Una gran enseñanza para nuestros hijos: hacer las cosas bien

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simona pilolla 2 | Shutterstock

Miriam Esteban Benito - publicado el 24/11/21

Laboriosidad, reciedumbre, fortaleza... Los niños aprenden mucho cuando los padres les enseñamos a hacer algo hasta el final y por amor

“No te estoy diciendo que sea fácil, sino que valdrá la pena”. Éstas eran mis palabras antes las quejas constantes de mi hijo estudiando la lección.

Desde pequeña, me enseñaron que hay que intentar con esfuerzo hacer las cosas bien: “No te van a preguntar cuánto te ha costado hacerlo bien, sino si está acabado y bien acabado. Siempre nos agrada un trabajo bien hecho, más que mal y sucio”, me repetían una y otra vez.

Y es que, a veces, nos cuesta mucho terminar con éxito los proyectos o tareas que empezamos. Pero, también es verdad que la entrega a la tarea de modo perseverante permite llegar a metas que, al inicio, han podido parecer inalcanzables.

Lo primero, poner las prioridades en orden

Para terminar con éxito lo que se empieza es primordial que, antes de nada, pongas tus prioridades en orden. No hay nada mejor que aprender a priorizar para poder conseguir tus objetivos. A continuación, conecta con tu motivación, visualiza continuamente la satisfacción que aguarda al final del camino. Pero, para poder ir avanzando, no olvides enfocarte en esos pequeños logrosque te van mostrando hacia dónde te encaminas con cada pequeño avance. La clave del éxito final se esconde una y otra vez en la persistencia de “lo voy a intentar una vez más, hasta cumplir con mi objetivo”.

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Hacerlo juntos es de gran ayuda y les sirve como referencia.

Cómo enseñar esto a los niños

Llegados a este punto, ¿cómo podemos plasmar estas ideas en la realidad del día a día de nuestros hijos? Para empezar, en numerosas situaciones, como padres deberíamos repetirnos la frase: “No tengas miedo a exigir lo que es razonable”. Pues muchas veces es difícil explicar a nuestros hijos que, con esfuerzo, hay que tratar de superar los obstáculos y no hay que rendirse, ni caer en la pereza o entregarse a la dejadez.

La laboriosidad no está de moda entre niños, jóvenes y ni siquiera en algunos adultos, pero se trata de una cualidad moral que es imprescindible cuidar desde la infancia. La laboriosidad reclama empeño y debe ser eficaz. De esa eficacia y provecho se obtienen resultados. ¿Cómo podemos educar esto desde pequeños?

  • Valorar el esfuerzo y la motivación de nuestros hijos ante diferentes actividades o quehaceres, teniendo en cuenta que el éxito no está totalmente en nuestras manos, sino en las de Dios.
  • No permitir que dejen las cosas a medias, por ejemplo, algunos juguetes sin recoger.
  • Asignar y trabajar tareas concretas en casa, empujando a nuestros hijos a esforzarse y cumplir de la mejor manera posible.
  • Evitar la ociosidad o pérdida de tiempo, pues para la virtud de la laboriosidad, como decía San Josemaría, el tiempo no solo es oro, ¡es Gloria de Dios!
  • Trabajar la falta de fortaleza con el hijo que se queja por todo: un hijo fuerte lleva mucho ganado en perseverancia y éxito en acabar lo que empieza.

Dos ingredientes fundamentales

Pero, aun así, no nos olvidemos de lo más importante, de aquello que será capaz de recubrir de coherencia, equilibrio y santidad cada uno de nuestros actos: poner oración y amor para terminar con éxito todo lo que se empieza. Porque con estos dos ingredientes fundamentales, lo primero que cambia es nuestro corazón y con ello nuestra actitud ante lo que tenemos delante.

Sólo así seremos capaces de esforzarnos con exigencia, fortaleza y dedicación afrontando con serenidad las dificultades y ofreciendo nuestra labor, sin dejarnos dominar por ella.

Sólo así descubriremos la cercanía de Dios en la cotidianidad de nuestro trabajo y crecerá en nosotros el espíritu de servicio.

Por tanto, como decíamos al principio, si quieres terminar con éxito lo que se empieza: ordena tus prioridades, establece tus objetivos y, al inicio de la hoja de ruta, escribe bien grande “Pon amor”.

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