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En el aniversario de la muerte de CS Lewis: los demonios y la comunidad de amigos

CS LEWIS

Shutterstock | Genvessel-CC BY 2.0

Manuel Ballester - publicado el 22/11/21

La amistad devolvió a Lewis a la fe cristiana de su infancia. Sin amistad no hubieran existido Narnia y El Señor de los Anillos

Educado en la Iglesia de Inglaterra, CS Lewis (noviembre 1898-noviembre 1963) cayó muy pronto en el agnosticismo, si no en el ateísmo.

Con expresión rotunda señala Rilke que el hogar humano es el “mundo interpretado” (gedeutete Welt). Quizá por eso, cuando el joven Lewis abandonó la fe de su infancia y asumió el ateísmo necesitó recuperar la capacidad de entender que la realidad era más que lo que muestran los sentidos. La realidad desnuda no nos es dada: la tamizamos para entenderla y habitarla.

Él mismo lo cuenta al recordar su encuentro con George MacDonald a los dieciséis años mediante la lectura de Phantastes: «Esa noche mi imaginación fue, en cierto sentido, bautizada; el resto de mí, como es natural, llevó más tiempo».

Durante ese tiempo, se cruzará en su camino, entre otros, El hombre eterno, de Chesterton.

En su peculiar autobiografía, Sorprendido por la alegría (Surprised by Joy: The Shape of My Early Life, 1955) mira esos años; y recuerda que había recibido el consejo (que podría haber sugerido Escrutopo, el anciano y sabio diablo de Cartas del diablo a su sobrino) de que no se acercara ni a los papistas (católicos) ni a los filólogos.

Cartas del diablo a su sobrino (The Screwtape letters, 1942) está dedicado a JR. Tolkien. Y Tolkien era ambas cosas: filólogo y católico.

Los Inklings

No sólo se encontró con Tolkien porque en 1939 fundaron el club de los inklings, para conversar sobre literatura y pensamiento. Muchos de los inklings eran cristianos.

Así, cuenta Lewis que en 1931, tras un coloquio con Tolkien y Hugo Dyson (también papista y filólogo), Lewis culminó su camino de vuelta a casa y se convirtió al cristianismo. Anglicano, eso sí, no católico como le hubiese gustado a Tolkien. En cualquier caso, Lewis se dejó alcanzar por Dios.

En Cartas del diablo a su sobrino hace hablar a dos diablos. Y muestra su concepción de los demonios y del infierno.

Escrito veinte años antes que Eichmann en Jerusalén (1963), lo que Lewis entiende por infierno se parece mucho a lo que Hannah Arendt denominará la «banalidad del mal».

Así lo ve Lewis: «En los campos de concentración vemos su resultado final, pero es concebido y ordenado (instigado, secundado, ejecutado y controlado) en oficinas limpias, alfombradas, con calefacción y bien iluminadas, por hombres tranquilos de cuello de camisa blanco, con las uñas cortadas y las mejillas bien afeitadas, que ni siquiera necesitan alzar la voz».

Respecto a los demonios: «Diablo es lo contrario de ángel tan sólo como un hombre malo es lo contrario de un hombre bueno». Los demonios (y los hombres malos) «tienen dos motivaciones. La primera es el temor […] Su segunda es una especie de hambre […] la pasión de dominar, casi de digerir al prójimo».

Narnia y El Señor de los Anillos

El afán de dominio (Wille zu Macht, que diría Nietzsche refiriéndose a un impulso dominante de los siglos XX y XXI), el deseo de imponerse y oprimir a los demás lleva a temer que otro (con idéntico deseo pero más fuerte) finalmente nos devore, lleva a ver que «el infierno son los otros» (Sartre). Odio, opresión, dominio y exquisita cortesía, así es el infierno porque así son los demonios y los hombres malvados.

Los hombres buenos y los ángeles, por el contrario, procuran el bien del prójimo. Construyen comunidades de confianza y apoyo, afectivamente unidas, intelectualmente estimulantes, comunidad de amigos, en suma. Como los inklings.

Cuenta Lewis en su haber con obras notables (El regreso del peregrino, 1933; Mientras no tengamos rostro, 1956; La trilogía cósmica, de la que hablamos en una entrega anterior en Aleteia; los 7 volúmenes de Las crónicas de Narnia, y un largo etcétera).

Buena parte de ellas nacen y maduran en la cálida amistad e intercambio intelectual que se produce en el seno del club de los Inklings y, más específicamente, en la relación con Tolkien.

La amistad requiere reciprocidad, y la hubo. Lewis asistió a la lectura de la obra de Tolkien mientras se iba construyendo. En ese sentido, es correcto decir que sin Lewis no existiría El señor de los anillos de igual modo que sin Tolkien no existiría Narnia.

Frente al temor y dominio, las comunidades fecundas se caracterizan por la confianza y el amor. Y quizá sea ese el estilo de vida que permite deshacerse del poder demoniaco, de la fuerza de Mordor (si es que, al final, no son lo mismo); resistir gozosamente, buscando la verdad y el bien en compañía de amigos, produciendo así los frutos más preciosos de nuestro mundo, los que brillan más cuanto más oscuras son las sombras. Y producen gozo y entusiasmo ante la realidad.

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