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Gloria Cecilia Narváez contó todo su calvario y Aleteia estuvo ahí para abrazarla

COLOMBIA

DANIEL MUNOZ / AFP

Lucía Chamat - Aleteia Colombia - publicado el 20/11/21

Un valiente y conmovedor relato nacido de su alma misionera. Un verdadero testimonio de fe de quien ha dedicado la vida al servicio de Dios. Sufrimiento, perdón y esperanza. “Yo vi siempre la mano de Dios y de la Virgen María”, dijo a Aleteia

Así contó su historia de secuestro y libertad la religiosa colombiana Gloria Cecilia Narváez Argoty y Aleteia fue testigo de ese desgarrador relato. Emocionada, la voz se le cortaba continuamente y las lágrimas se asomaban a sus ojos. Es la lógica consecuencia de 4 años 8 meses y 2 días secuestrada por terroristas en el desierto africano, siempre en peligro de muerte.

Golpes, hambre, sed, amenazas, cadenas, burlas, insultos, salivazos, castigos al sol. También fuertes maltratos físicos y psicológicos. Le hicieron daño en el cuerpo, pero no pudieron borrar la vocación misionera.Tampoco acabaron con su amor por la Eucaristía y la adoración perpetua que es carisma de su comunidad, la Congregación de Franciscanas de María Inmaculada.

“Me querían matar de cualquier manera, repetían continuamente que querían cadáveres y me hacían sufrir a ver cuánto aguantaba. Yo decía ‘Voy a luchar, pero si es la voluntad de Dios que muera, que se haga su voluntad’”.

Su piel ha ido recuperando el color natural, su voz sigue siendo pausada y su actitud, calmada y prudente. Mientras contaba detalles inéditos de su secuestro, la hermana Gloria Cecilia permaneció sentada, un poco encogida, lo que se explica, tal vez, por los largos períodos de tiempo que permaneció escondida por orden de sus captores, huyendo de quienes la buscaban o de grupos enemigos.

Gloria Cecilia en rueda de prensa, 19 de noviembre

“Un perro de iglesia”

Los musulmanes que la raptaron en Mali y la mantuvieron secuestrada casi cinco años la llamaban “perro de iglesia”, la expresión más baja con la que acostumbran a ofender a los católicos. “‘Es tu religión’, me decían siempre. En esa cultura la mujer no vale nada y peor si yo era católica, no me consideraban en ningún sentido”.

Gloria Cecilia recibía los insultos y maltratos en silencio, porque su lema fue “Callad, callad y callad que Dios nos defiende”, frase que repetía la beata Caridad Brader, fundadora de su congregación, de quien siempre llevó una medalla al cuello y una estampa en el bolsillo.

Indudablemente su fe le dio fuerzas para resistir y para mantenerse callada, serena y en paz a pesar de sentir el peligro y la muerte todos los días: “Yo vi siempre la mano de Dios y de la Virgen María”, dijo a Aleteia.

Nunca le faltó la comunión espiritual y escribía oraciones y cartas a Dios con pedazos de carbón o en la arena de las dunas. “En esas cartas le daba gracias a Dios por estar viva y le decía que seguro me había permitido esa prueba para ser más paciente, humilde y entregada a la misión”.

También rezaba el Magníficat para protegerse de las tormentas del desierto y de las ráfagas de fusiles que muchas veces la rodearon, y se reconfortaba recordando las canciones de sus hermanas religiosas y constantemente repetía los salmos.

Para revivir en su corazón la misa, los sacramentos y los actos de piedad, también se dedicó a reconocer a Dios en la naturaleza. “Al contemplar el sol radiante, el cielo, las estrellas fugaces, la luna y los animales pensaba como San Francisco de Asís, que la naturaleza es nuestra hermana y en ella está Dios”.

Un calvario en el desierto

La hermana Gloria Cecilia hizo un detallado y conmovedor recuento de su captura, mientras veía televisión con dos religiosas colombianas (Sofía Cortés y Clara Vega) y la hermana Adelaide, de nacionalidad francesa. El dolor al recordar este momento era palpable: “Esa noche oí ladrar los perros y me asomé varias veces pero no vi nada. Al poco rato ingresaron unos hombres armados, cuando entendí su intención de llevarse a una de las más jóvenes, me ofrecí porque era la mayor y la responsable del grupo”.

Desde entonces empezó un verdadero calvario. Encadenada y con algo al cuello que parecía una bomba, viajó en una moto durante cuatro días. Luego en canoa, otras veces en camionetas cuatro puertas, pasó días enteros escondida ante los peligros y resistió las peligrosas tormentas de arena. Al observar el entorno se dio cuenta de que la llevaban hacia el desierto y con ello se iban acabando sus esperanzas de ser liberada; luego supo que estaba en manos de simpatizantes de Al-Qaeda.

En su grupo estaban otras tres mujeres secuestradas: Sophie Petronin, una francesa a quien ella cuidó hasta que fue liberada; una suiza y una joven canadiense, también estuvo cerca al sacerdote italiano Pier Luigi Maccalli. Los primeros años les daban cinco litros de agua al día para tomar, preparar alimentos y limpiarse.

El último año

Lo más difícil para la monja colombiana vino después del cuarto año, cuando se quedó sola. A Sophie y al italiano los liberaron, la canadiense se convirtió al Islam y pudo escapar y de la suiza no tiene certeza, pero es posible que la hayan asesinado. En ese último año no le daban comida ni agua, por lo que se limpiaba con la orina como uno de sus tantos métodos para sobrevivir.

Tuvo varios intentos de escapar pero siempre la descubrían y los maltratos eran peores, “una vez el líder del grupo llegó y me empezó a tomar desde atrás, me hacía caer, me levantaba y hacía caer varias veces. Yo pensaba que tal vez no era la hora de mi libertad”.

Aun así, siempre fue respetuosa de la cultura y la religión de los terroristas y nunca sintió rencor por ellos, al contrario, eran parte de sus oraciones. “En Mali el 98% pertenece al Islam y yo aprendí a vivir en medio de las diferencias, además Alá y Jesucristo son el mismo Dios creador del universo, misericordioso y amoroso”.

Hacia la libertad

Su camino hacia la libertad duró varios días, hasta que el pasado 9 de octubre llegó el donde el presidente de Mali y se encontró con el cardenal de ese país. De ahí pasó al Vaticano y a la casa de su congregación en Roma, donde estuvo por algunas semanas, para luego viajar a Colombia, el pasado 16 de noviembre.

La hermana Gloria Cecilia se fue adaptando poco a poco a la realidad que encontró al quedar libre. Asegura que siempre estuvo bien de salud y eso fue una bendición más de Dios. Del coronavirus solamente tuvo una pequeña referencia cuando un jefe dijo que en el mundo había una enfermedad grave que estaba matando a mucha gente.

De la muerte de su mamá, Rosa Argoty de Narváez, ocurrida en septiembre de 2020 sospechó cuando recibió una carta firmada por sus hermanos y no por ella, pero solo tuvo confirmación cuando quedó libre.

Seguirá siendo misionera

“Dios ha hecho un gran milagro en mí y me ha dado la oportunidad de seguir con mi vocación, porque uno lleva dentro esa misión, ese darse sin condiciones”, asegura con total convicción.

Se nota su anhelo de volver a servir a los pobres, como esos 50 niños huérfanos, desde recién nacidos a los dos años, que quedaron en el hogar que su comunidad manejaba cerca de Karangaso. Allí también alfabetizaban mujeres, les enseñaban a coser, ofrecían microcréditos, almacenaban granos y prestaban servicios de salud.

Por ahora, viajará a Pasto (suroccidente de Colombia) donde está la sede de su provincia religiosa. Lo hará para encontrarse con su familia y amigos, descansar y disfrutar de las actividades que le han preparado. No sabe qué tiene Dios para ella después.

De lo que sí está segura es de que se puede testimoniar con la vida, sin hacer grandes cosas y lo confirma con un mensaje que le envió un sacerdote que vive en África: “Hermana, usted nos unió más en la fe. Se creció la fe católica en Mali”.

Así es la hermana Gloria Cecilia, humilde, entregada, ejemplo de fe y obediencia, agradecida con Dios y con todos los que oraron por ella. Ahora, libre, ha vuelvo a su tierra y su comunidad, a seguir dando testimonio y sirviendo a los más necesitados.

Nota de redacción: El abrazo de Aleteia

En la imagen, la colaboradora de Aleteia en Colombia, Lucía Chamat, junto a la hermana Gloria Ceciliaeste 19 de noviembre. Una foto que resume lo que ha sido el trabajo y seguimiento de su historia en Aleteia. Todo empezó con su secuestro allá por febrero de 2017 y culminó con su liberación el 9 de octubre de 2021. Fueron casi cinco años de información. Sucedió «tanto a tiempo como a destiempo»con decenas de artículos y una cobertura que siempre procuró no solo que el lector se pudiera acercar a la verdad, sino también poner su caso en oración cuando muchos la olvidaban. Gloria Cecilia fue liberada, ya se encuentra con los suyos en Colombia. El abrazo de Aleteia es el fraternal afecto de todos quienes también forman parte de esta comunidad. Así se lo quisimos trasladar, de manera personal, luego de que le contara al mundo la historia de su calvario.

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