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Venezuela: La Iglesia no va a elecciones, pero iza la bandera de la coherencia

Yuri Cortez / AFP

Macky Arenas - Aleteia Venezuela - publicado el 19/11/21

Unos 70.000 candidatos para 3.000 puestos: una locura inmanejable en medio de una crisis inédita en el continente. ¿Qué dijo la Iglesia a pocas horas de la jornada del 21 de noviembre?

El 21 de noviembre se elegirán autoridades para 23 gobernaciones, 335 alcaldías, además de concejos municipales y puestos en la Asamblea Nacional. Primer gran inconveniente, la oposición de Venezuela va fragmentada, el eterno error que conduce a las más duras derrotas.

Este erro se ha repetido casi en todas las justas  electorales venezolanas, cuyos efectos no pueden ser más devastadores. Por ejemplo, pérdida de confianza en el poder del voto por parte de la ciudadanía opositora, indiscutible mayoría. También espaldarazo contundente para un régimen que permanece en el poder, en buena parte por esa razón, y que se esmera -con empeño digno de mejores causas- en mantener a sus opositores irremediablemente divididos.

La calle no es opción

Después de largos 22 años de régimen tutelado por el castrismo en Venezuela, es difícil atribuir el asunto a la inexperiencia política del lado opositor. Razón por la cual, la lupa de no pocos analistas se coloca sobre el plano de los reales o supuestos beneficios que aportaría a una oposición exhausta el jugar a los dados del régimen madurista. Buscar posiciones en cargos de elección popular es la vía menos arriesgada de ganar vigencia política sin volver a tomar las calles. No lo consideran una posibilidad ni mucho menos saben organizarla.

Las últimas demostraciones, de coraje y repudio al régimen, con protagonismo de la sociedad civil en la calle, fueron llevadas cabo por líderes estudiantiles. En ese momento ya recelaban de la  dirigencia político partidista. Anteriores a eso, se recuerda aquellas exitosas marchas que culminaron en el 11 de abril del 2002. En aquel entonces cuando realmente se desplazó a Hugo Chávez del poder, quien regresó casi de inmediato por razones harto conocidas y debatidas sobre las cuales no abundaremos en esta oportunidad.

Hoy, la calle no es viable, por los momentos, ni para opositores y menos para el régimen. Pero de allí a la necesidad para el gobierno de Maduro de hacer elecciones. No vale para él aquella frase de Fidel Castro: “Elecciones, ¿para qué?”. Su control no es férreo aunque en la práctica sus procedimientos lo sean. Necesitan las elecciones, no quieren calle. Fue la calle la que sacó a Chávez del poder. Le temen como el gato al agua.

Atrapados sin salida

Lo único cierto es que el panorama es incierto. El domingo 21 el país está convocado a las urnas electorales. Se ha llevado a cabo una campaña intensa, con marcado acento ventajista por parte del régimen, gastando fortunas en publicidad que debían estar invertidas en hospitales y servicios, sin una respuesta de parte de la población que permita pensar que la convocatoria será acatada.

Por un lado, están quienes tienen sus gobiernos locales en manos de la oposición y optarán por votar para no dejar el campo libre al oficialismo. Por la otra, aquellos que ya perdieron toda fe en el voto como recurso válido de cambio tanto como en los dirigentes opositores y, en consecuencia, no encuentran un motivo que los impulse a decidirse por participar.

En la otra acera se colocan los partidarios del gobierno de Maduro, que viven de las prebendas o bien han sido compelidos a no faltar a los centros de votación. Esto so pena de vérselas aún peores de lo que hoy viven. Atrapados sin salida, aunque padezcan lo mismo que el resto de la población y sepan con certeza que la responsabilidad es del gobierno central.

De alguna manera, todos estamos atrapados sin salida, resolviendo hacer lo que no queremos, sin querer.

Hay un porcentaje mínimo de lo que se llama el voto “duro” del oficialismo, lo cual no alcanzaría ni para hacer trampa, cosa relativamente probable dado el sesgo pro-régimen que se aprecia con nitidez en el organismo rector del sistema electoral.

Esa porción exigua de la población que aún defiende y apoya sinceramente al régimen, es el ariete oculto detrás de una aparente amplitud democrática -con  la excusa de vender esa imagen a un mundo que ya les resulta estrecho y ajeno- para provocar toda clase de contradicciones en la oposición a fin de que vaya, mansa y crédula, a unas elecciones que todos saben amañadas y desesperadamente funcionales a la permanencia de un régimen que, por cierto, no verá en riesgo el puesto de Maduro.

Votar sin elegir

“Si estuviera en juego la salida de Maduro, yo sí acudiría a votar. Esta vez, no vale la pena”, comentaba ayer un elector. En este caso, uno de los que siente que si vota haría el juego a un régimen que tiene todas las de ganar y que se dará el lujo de permitir que ganen los opositores “fachada” que le convengan. “Votaré pero no elegiré” alegan los abstencionistas. Más que eso, frustrados e incrédulos.

Tan fuerte es la polémica que los más moderados en las redes sociales recuerdan, a cada paso, que tan legítimo es el derecho a votar como a no votar. Exhortan así al respeto por la opción del otro.

Es obvio que decidir por quedarse en casa, no participar, es también otra manera de jugar con las cartas del régimen. Es dejarle el camino libre, más libre aún con una oposición que no va en bloque, con candidaturas claras, más bien con una oferta confusa y difusa. Además, claramente no hacer nada no es una alternativa que recortará el lapso de poder al madurismo.

La Iglesia conoce su función en una sociedad que le cree un referente como ninguna otra institución lo es en Venezuela actualmente. Ella siente el deber de orientar, señalar rutas, inducir conductas cívicas, llamar a la responsabilidad y, por sobre todo, contribuir a mantener arriba la esperanza y la fe.

“Más allá de las elecciones regionales”

Consciente de la complejidad de la situación, los obispos, de cara a esta jornada del «21N», han hecho circular una declaración centrando el problema: el objetivo de los comicios “no es solo escoger un grupo de autoridades, sino enviar una señal inequívoca de determinación y compromiso con la refundación de la vida, la libertad, la justicia y la paz de 30 millones de personas”.

Reconociendo “que el tema electoral ha provocado apatía interna en una gran mayoría del pueblo, prepotencia en una minoría, y ha llevado a una fractura de muchas opciones políticas partidistas”.

Y alerta sobre la probabilidad, tras el proceso electoral, de que se debilite y elimine “las funciones de las gobernaciones, alcaldías y otras expresiones del poder local, además de las competencias efectivas de sus autoridades, con la finalidad de instaurar un poder hegemónico desde bases sociales no electas”.

Apuesta por un nuevo liderazgo social de base

Saben perfectamente los obispos, consustanciados con la problemática de cada una de sus diócesis, lo siguiente:

«Hay posibilidad y necesidad de que a través de este proceso comicial emerjan nuevos liderazgos sociales que tendrán que proponer nuevas alternativas al proyecto centralizador del gobierno nacional, pero también buscar caminos de encuentro para el justo desarrollo político, económico y social de las particularidades regionales y locales”.

Han señalado con precisión que se requiere una nueva política donde lo más importante sea el interés por las personas, especialmente los más vulnerables y se logre articular lo nacional con lo regional y local.

Los obispos, en su exhortación, alentaban la vuelta a la regionalización, retando al poder central.

“La hegemonía exclusiva del poder nacional les ha quitado autonomía real, convirtiendo a sus autoridades en simples satélites, puesto que todo se decide desde el centro. Necesitamos liderazgos más cercanos a la gente y a la realidad de cada comunidad, volver a la regionalización, para sentir la fuerza local”, expresan.

A este respecto, monseñor Fernando Castro, obispo de la hermosa pero también sufriente Isla de Margarita, apuntaba hace pocas horas:

“El día 21 cada venezolano verá la autenticidad o no de los líderes que han participado en los comicios (…) Sin duda, estamos ante una oportunidad de surgimiento de liderazgos regionales. Es la oportunidad de luchar por lo propio, por lo pequeño, por el entorno y comunidad a la que pertenezco”. 

Aludiendo a la abstención, agregó: “Se sale al paso de la tentación de la abstención. Sería negar la posibilidad de propuestas concretas a corto o mediano plazo para generar cambios, adormecería más la conciencia ciudadana y negaría la posibilidad de movilizar voluntades para recuperar lo político y lo social”.

El combustible más importante

El influyente columnista, sacerdote jesuita Luis Ugalde, dio un paso al frente hace semanas. Lo hizo proclamando firmemente que acudiría a votar. Y lo hacía en estos firmes términos:

“Yo he decidido votar y deseo que millones de venezolanos nos movilicemos para hacer campaña unitaria, lograr testigos y exigir una votación limpia y justa. El régimen hace y hará lo posible para dividirnos con pocas concesiones y muchas trampas anticonstitucionales.  Votaré como millones de demócratas para que el 21 de noviembre estemos más movilizados, organizados e indignados para salir del actual desastre”.

Argumentaba contra la tentación de quedarse en casa en Venezuela:

“Si no votamos, ni intentamos, ni nos organizamos, aumentará nuestra pasividad y no mostraremos nuestra indignación, que en este momento es el combustible más importante y generalizado que hay que activar en todos los rincones del país. Más movilización, organización e indignación para exigir prontas elecciones  presidenciales y parlamentarias y ganarlas”.

 “¿No somos capaces de comprender-se preguntaba-  que no nos fortalecemos con la inactividad radical y la denuncia de los impolutos, sino con acciones contra  el ilegítimo gobierno de facto?”, proseguía.

Y prevenía: “La dictadura ve con  alegría cómo se dividen y agreden los opositores cuando ella hace algunas concesiones menores en registros electorales, tarjetas, líderes perseguidos o algún preso liberado con la promesa de portarse bien. Los demócratas debemos celebrar lo que se logra y seguir denunciando lo que falta, unos con más énfasis en la celebración y otros en la crítica, pero sin dividirnos ni descalificarnos rabiosamente”.

Esperanza creíble

Ugalde negaba la especie de que no estamos valorando acertadamente lo que nos ocurre en Venezuela:

“No es cierto –argumenta- que nos falta conciencia de la tragedia nacional, sino una esperanza creíble como fuerza para cambiar. Debajo de las aparentemente apagadas cenizas, hay mucha energía y fuego que solo resurgirán con el soplo de una esperanza que los vuelva a encender; soplo de vida que ya no tiene el régimen y tampoco lo demuestran los líderes democráticos. ¿Cómo transformar en esperanza creíble lo que no parece sino cenizas, desengaño y resignación?”. 

Y explicó acerca de esto en Venezuela:

“Tenemos dos retos delante: las elecciones regionales de noviembre organizadas por la dictadura con todo tipo de ventajismos (…) y “las elecciones presidenciales y parlamentarias libres y justas son un derecho violado y cuentan con el apoyo internacional de más de un centenar de democracias muy decisivas y significativas”.

Como vemos, la opiniones están divididas y sólo la Iglesia parece tener una postura de conjunto. Los obispos consideran inútil y hasta contraproducente quedarse de brazos cruzados. Esto cuando no ha surgido una alternativa que convenza a las mayorías y encarrile el descontento de manera efectiva. No hay un liderazgo, ni individual ni grupal que capitalice la indignación y la frustración popular. Ni uno solo.

¿Qué sigue en Venezuela?

El político democristiano y profesor de Derecho Constitucional, Nelson Chitty La Roche, apunta en la dirección de un Referéndum Revocatorio:

“No estoy pensando ya, sobre el proceso electoral del domingo ’21N’ siendo que, lo imagino importante pero escasamente trascendente. Lo que ocurrirá, en un sentido o el otro, no cambiará la faz de la tragedia que exhibe brutal y cruel nuestra Venezuela. Mientras Maduro y lo que representa siga allí, las cosas no dejarán, en lo esencial, de ser lo que patéticamente ahora son (…)».

«Estamos como estamos porque con el régimen que nos oprime y desdibuja, suerte de Frankenstein cuya naturaleza reúne al populismo, militarismo, ideologismo y fascismo, aunado al anacronismo y la ineptitud de sus actores principales, no puede ni podría ser distinto (…) La prioridad es, permitir, facilitar que la nación soberana responda a una pregunta capital y liminar, ¿Desea usted conciudadano, la revocatoria del mandato de Nicolás Maduro Moros?”, continúa.

¿Será esto lo que sigue o, como algunos han adelantado, para evitar la horca caudina del organismo electoral en manos de Maduro, lo que procede sea la convocatoria, legítima y constitucional, a una Asamblea Constituyente para emprender la restauración plena de la democracia y refundar la nación sobre bases de justicia y legalidad?

Refundar no es partir de cero

El reflexivo obispo que presidiera en Congreso Plenario Nacional de la Iglesia católica de Venezuela años atrás, monseñor Ovidio Pérez Morales. En este caso, tal vez una de las cabezas mejor amobladas del episcopado venezolano, analizó esta opción. Y tampoco fue extraña a los análisis de sus colegas:

“Refundar es reconstruir el país, retomar la positividad de sus raíces y sus mejores logros, fortalecer los valores fundamentales de su identidad nacional y fisonomía cultural, responder a los imperativos de su deseable deber ser. Según los obispos, una de las más importantes tareas de los venezolanos en este sentido es recobrar su subjetividad, autonomía y libertad como ciudadanos y como nación “ante la invasión político-cultural extranjera en que nos encontramos” (Exhortación 12.7. 2021).”

Pero precisaba: “ Refundar no es partir de cero, sino afianzar, unidos y de modo proactivo, lo propio y obligante nuestro frente a los desafíos de los nuevos tiempos, sin someter al país a ideologías de nuevo coloniaje y alineamientos dañinos con imperios cualesquiera. La refundación postula apertura mundial, priorizando sin embargo la fraternidad en la patria grande latinoamericana”.

La agonía de un régimen sin anclaje

Es pronto para saber de qué manera evolucionará una dinámica política tan atípica como la venezolana. Lo que sí sabemos es que estamos ante una gran incógnita de lo que nos espera en los próximos meses en Venezuela.

Un pueblo incrédulo, una plantilla opositora deshilachada –gane o pierda puestos en esta elección-. También un gobierno cada vez más aislado y cada vez más temeroso de las amenazas internas y externas. Un componente armado –que no militar en el sentido estricto del término- que no ofrece garantías de lealtad. Esto no por institucional, sino por compartir, en sus estratos mayoritarios, la misma hambre y penurias que el resto del pueblo. Por lo que resulta tan impredecible como siempre lo han sido los factores sociales y sus  manifestaciones en este país.

No se sabe por dónde brinca la liebre, como decimos en criollo. En Venezuela nunca se sabe, pero siempre salta. El régimen necesita agónicamente relegitimarse aunque quizá ya sea demasiado tarde y ninguna maroma pueda salvarlo. Quién sabe cuál será la mecha que encenderá la pradera.

A ello, sumemosle la exasperación de un pueblo sin servicios y sometido a una hiperinflación nunca vista. Baste decir que, como titulaba un diario español, Venezuela llega a estas elecciones como el país más pobre del continente.

Venezuela, un país petrolero e inmensamente rico en recursos naturales de todo tipo. Es una bomba de tiempo que no se sabe cómo ni cuándo hará erupción. Una especie de volcán adormecido, pero activo.

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