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¿Sor Juana Inés de la Cruz perseguida por la Iglesia? Todo es falso

ALEJANDRO SORIANO VALLES

@sorianovalles

Jaime Septién - publicado el 12/11/21

Entrevista con el mayor especialista católico en estudios sobre la poeta y religiosa mexicana: Nuestro deber cristiano es reivindicar tanto a Sor Juana Inés de la Cruz como a los sacerdotes que la rodearon

Alejandro Soriano Vallés (México, 1960) es poeta, ensayista, catedrático y, sobre todas las cosas, un enamorado de la vida y la obra de Sor Juana Inés de la Cruz. Desde hace más de tres décadas dedica sus trabajos a recuperar (nunca mejor dicho) a Sor Juana de las visiones tergiversadas que grandes y pequeñas plumas han echado encima de esta insigne poeta y monja jerónima, gloria del siglo XVII de México.

Su raíz católica ha hecho comprender a Soriano Vallés la dimensión religiosa de Sor Juana, a despecho de las voces más encumbradas de la literatura mexicana que han querido ver en la “Décima Musa” una rebelde incomprendida, una revolucionaria aquietada por los autoritarismo eclesiásticos de la época (que, según los mismos críticos, siguen siendo los de ahora) e, incluso, una muchacha que ocultaba en la celda del convento de San Jerónimo su lesbianismo.

Con motivo del aniversario de su nacimiento (Nepantla, 12 de noviembre de 1648 o de 1651) –Día del Libro en México— se hace necesaria una revisión crítica de la “leyenda negra” que se ha esparcido sobre “aquella Fénix más rara”, como la calificara uno de sus biógrafos tempranos. Y no habría otra voz más autorizada que la de Soriano Vallés para deshacer la intrincada red de infundios que pesa sobre esta extraordinaria monja y grandísima poeta.

Cuando los librepensadores tuvieron noticia de la posibilidad de que Sor Juana fuera llevada a los altares, comenzaron a maniobrar para “contrarrestar el peligro”

–Alejandro, ¿alguna vez se ha pensado abrir el proceso de beatificación de Sor Juana?

Sí, en 2009 me buscaron de la Oficina de Comunicación Social de la Arquidiócesis Primada de México para decirme que el cardenal Norberto Rivera estaba muy interesado en ver la posibilidad de abrir la causa de la reverenda madre Juana Inés de la Cruz.

Con tal fin, entre ese año y 2011 estuve en contacto relativamente frecuente con los responsables de dicha Oficina y acudí un par de veces a la sede de la Arquidiócesis para hablar con el encargado de las Causas de los Santos. Aunque en mi opinión Sor Juana merece que se le abra el proceso, se trata de un procedimiento muy lento y muy caro, de modo que hace falta quién lo financie. Ignoro por qué la Arquidiócesis Primada de México perdió el interés original, pero el asunto, como es evidente, no ha fructificado.

Por otra parte, cuando los librepensadores tuvieron noticia de la posibilidad de que Sor Juana fuera llevada a los altares, comenzaron a maniobrar para “contrarrestar el peligro”, lanzando la iniciativa de incorporarla al altar laico de la Rotonda de las Personas Ilustres, lo cual lograron en 2018. A diferencia de los católicos, ellos, incrustados en el gobierno de México, sí tuvieron éxito.

–Como estudioso de la obra y de la vida de Sor Juana, y además (cosa rarísima en este país de jacobinos furibundos) católico, ¿qué argumentos darías para que se abriera su causa?

Los mismos argumentos que ofrecí hace más de una década a la Arquidiócesis Primada de México y que el curioso puede encontrar desarrollados en mis distintos libros y ensayos, especialmente en la biografía Sor Juana Inés de la Cruz. Doncella del Verbo (Ed. Garabatos, Hermosillo, 2010).

A diferencia de lo que falsamente suele afirmarse, Juana no se hizo monja para poder estudiar, sino porque, como ella misma dejó dicho en su autobiografía, lo que más le importaba era la salvación de su alma. “Siempre he sido inclinada al estado de religiosa”, apuntó en su testamento, hecho a los 17 años. Esa vocación monacal fue el cimiento de una vida que, sobre todo al final, fue de entrega absoluta a su esposo Jesucristo. “Dios me haga santa”, escribió de su puño y letra en el Libro de las Profesiones del convento. Lo cual armoniza con esta otra declaración suya: “aprecio, como debo, más el nombre de católica y de obediente hija de mi Santa Madre Iglesia, que todos los aplausos de docta”. Quienes tramposamente insisten en que sólo quería estudiar y escribir se hacen de la vista gorda frente a estas contundentes frases suyas.

La madre Juana Inés fue durante sus últimos años la contadora del convento. En el famoso retrato de Juan de Miranda se dice que llevó a cabo en dicho archivo “heroicas operaciones” (el adjetivo es, nótese, de una monja hermana suya, que sabía muy bien por qué lo utilizaba). Se trata, por supuesto, de la entrega, por amor a sus hermanas, a una labor que la absorbía y, si se tienen en cuenta las informaciones sobre su precaria salud, que debió atormentarla diariamente.

ALEJANDRO SORIANO VALLES;

Ella, voluntariamente, se deshizo de su biblioteca para, con el producto de la venta, hacer caridad a través del arzobispo de México

–Hay una Sor Juana caritativa al extremo, que suele olvidarse…

… Es verdad, Sor Juana siempre fue caritativa con las otras religiosas. Su primer biógrafo refiere algunos de sus actos misericordiosos, entre ellos que “las religiosas pobres eran acreedoras primeras, y después personas en la ciudad necesitadas”. La caridad, asegura, “era su virtud reina”. Esa generosidad la llevó a donar, a través del venerable arzobispo de México, la biblioteca e instrumentos científicos y musicales que tanto quería a los pobres; con ese dinero anhelaba auxiliarlos. Pero cuando mejor demostró su amor por Dios fue al final de su existencia, con la entrada de la epidemia al convento. Explica el biógrafo cómo siendo “de natural muy compasivo y caritativa de celo”, asistía a sus hermanas enfermas “sin fatigarse de la continuidad ni recelarse de la cercanía”. “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”, dijo Nuestro Señor.

–¿Es verdad probada que la Iglesia «persiguió» a Sor Juana hasta dejarla muda, sin libros y dedicada solamente a curar a las apestadas del convento de San Jerónimo?

Como te acabo de decir, su primer biógrafo (y no es el único contemporáneo de Sor Juana que lo hace) atestiguó que ella, voluntariamente, se deshizo de su biblioteca para, con el producto de la venta, hacer caridad a través del arzobispo de México.

Esta crónica está avalada por un documento que apareció a principios de este siglo y yo publiqué y estudié en 2011. Se trata del testamento de un amigo de nuestra monjita, el padre José de Lombeyda.

En él se dice claramente que fue Sor Juana (no el arzobispo) quien le pidió a él que vendiera sus libros. Por si no bastaran los unánimes testimonios de los conciudadanos de Sor Juana, este papel echa por tierra las especulaciones laicistas (las cuales, lo subrayo, no cuentan con ninguna prueba histórica que las sustente) tocantes a que la Iglesia la despojó de su biblioteca.

Asimismo, es falso que la haya silenciado. En 2010, en mi libro Doncella del Verbo, publiqué las cartas que llenas de admiración hacia ella el obispo de Puebla le escribió en 1691 y 1692, pocos años antes de su muerte. En esas cartas el prelado le manifiesta su admiración y cariño, y la invita a escribir y a enseñar públicamente. Esto es, la anima a hacer lo opuesto a guardar silencio. En cuanto al arzobispo de México, la falsa crónica anticristiana de la “persecución” no posee ni un solo documento que la apoye; se trata de un desvergonzado bulo.

La gloria católica que es la reverenda madre Juana Inés de la Cruz

–¿Sor Juana –como tantas otras almas cristianas—ha sido emborronada por una “leyenda negra”?

La narrativa volteriana de la “persecución” clerical que hallamos en todas partes es una vil “leyenda negra”; un relato contrario a las evidencias históricas; una grosera adulteración de la vida de Sor Juana Inés de la Cruz hecha por motivos meramente ideológicos. El evidente designio de ésta ha sido despojar a la Iglesia católica mexicana (y americana, me atrevo a decir) de una de sus mayores glorias.

En este sentido, es duro reconocer que, a fuerza de una propaganda incesante y a causa de la apatía e inadvertencia de la inmensa mayoría de católicos, lo han ido logrando. La situación es diametralmente opuesta a la que había en el siglo XIX, cuando los intelectuales católicos consideraban a Sor Juana la madre de la literatura mexicana, mientras los liberales aseguraban que era una escritora mediocre a la que no valía la pena tener en cuenta.

Considerando todo esto, me parece indispensable que la Iglesia, y en especial la jerarquía, tome conciencia de la gloria católica que es la reverenda madre Juana Inés de la Cruz, y ponga manos a la obra para que quienes la detestan no acaben de arrebatársela.

–En tu dilatada labor en torno a Sor Juana, ¿qué documentos te parecen los tres más importantes para revelarnos la verdad sobre su vida, su profesión religiosa, su carácter y el motivo de su obra?

Ya he mencionado algunos de ellos. Empero, es cierto que tanto la documentación histórica como la obra de Sor Juana hablan, sin ninguna contradicción, de la razón cristiana de su vida. Ella misma dijo que, por ser católica, a lo que aspiraba con el estudio era a conocer los “divinos misterios”. O sea, supo muy bien cómo encauzar su existencia en un ascendente camino intelectual y espiritual hacia Dios. Cada nueva evidencia histórica viene a comprobar que ella fue una gran esposa de Jesucristo.

Las “desavenencias” con la confesada fe católica de la poetisa que ofrecen los críticos jacobinos no provienen de las pruebas históricas, sino de los caprichos de éstos. Una de las estratagemas que suelen utilizar para presentarla como “perseguida” por la Iglesia es decir que ella quería ser sabia y no santa. Como si no se pudiera ser sabio y santo al mismo tiempo, este ridículo argumento trata de explotar el prejuicio moderno según el cual quienes tenemos la fe de la Iglesia es por ignorancia. A ello se agrega la falacia de que la Iglesia prohibía el aprendizaje a las mujeres. La vida y la obra entera de Sor Juana, así como sus excelentes relaciones con la cúpula eclesiástica, son un mentís a tan adulteradas afirmaciones.

Todo ello es falso

–A Sor Juana se le ha tachado de todo: desde lesbiana hasta hermética, pasando por feminista de pro o presa de conciencia…. Después de un trato tan cercano con la Fénix ¿cómo debemos verla hoy, según el resumen de tus investigaciones?

Desde inicios del siglo XX los académicos liberales se empeñaron en apoderarse de la monja católica. No podían aceptar que una figura tan atractiva fuera una fiel cristiana. Por ello, llevaron a cabo una incesante labor de zapa con la finalidad de volverla a su imagen y semejanza. Así, a través de una constante falsificación y una propaganda machacona, fueron desposeyéndola de sus características de devota hija de la Iglesia y transformándola en una “víctima” de ella.

Este proceso de victimización ha sido muy conveniente para todo tipo de causas, porque ha convertido a Sor Juana en una lastimera “mártir» de las mismas: la pobrecita Juana habría sido, de un modo tan inicuo, “perseguida” por la Iglesia a causa de ser feminista, lesbiana, hermética, hereje y cualquier otra tendencia que se desee agregar. Evidentemente, todo ello es falso. Sin embargo, la mayoría de la gente no lo sabe, y es presa de la corrompida idea de la Sor Juana “hostigada” por la Iglesia.

La realidad es que nuestra monja fue, como he venido explicando, una piadosa católica, que no sólo no tuvo ningún conflicto con la jerarquía eclesiástica, sino que fue apoyada y exaltada por ella. Las pruebas son muchas, entre las cuales están, además de las ya referidas, los múltiples encargos que los templos y catedrales de México le hicieron para engalanar sus ceremonias (los que, por cierto, solían pagarle bien).

Hay que agregar que Sor Juana tuvo fama de escritora espiritual, pues compuso un rosario de quince misterios que debe rezarse en las dos fechas dedicadas a Nuestra Señora de los Dolores (el cual recomiendo con entusiasmo) y unos Ejercicios de la Encarnación. Entrambas oraciones estuvieron dedicadas a las monjas y a los sacerdotes, de forma que en su época se consideró que la reverenda madre Juana Inés tenía la experiencia y la altura espiritual para dirigir este aspecto de su vida del alma. Lo mismo puede decirse de la Protesta de la Fe, que ella firmó con su sangre y se imprimió el año de su muerte para uso de sus hermanas religiosas (lo cual siguieron haciendo hasta el siglo XIX).

ALEJANDRO SORIANO VALLES;

­–Un pregunta final, difícil y escabrosa: ¿qué podemos hacer para restituir a Sor Juana el lugar que le pertenece, como poeta y como religiosa, quizá como santa?

Sor Juana Inés de la Cruz fue una sabia y devota mujer católica, cuya experiencia en los asuntos del espíritu sobrepasó los confines de la literatura y se introdujo con pie firme en los terrenos de lo divino. No es de extrañar, luego, que su amigo, el obispo de Puebla, la exhortara a escribir sobre política, moral y mística. Hoy, los católicos tenemos una deuda, tanto con ella como con sus contemporáneos religiosos, pues también han sido calumniados al presentarlos cual si hubiesen sido zafios y rencorosos verdugos suyos.

Pienso, sinceramente, que es nuestro deber de cristianos reivindicar tanto a Sor Juana como a los sacerdotes que la rodearon, porque al hacerlo no únicamente estaremos rescatando, con la reputación de todos ellos, el glorioso pasado de la civilización hispanoamericana, sino, principalmente, el honor de la Santa Madre Iglesia que la forjó.

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