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El Papa tenía razón: 28% menos de bosques en la Amazonía venezolana

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Shutterstock | kakteen

Macky Arenas - Aleteia Venezuela - publicado el 09/11/21

El cambio climático, que tantas canas ha sacado el papa Francisco, se "traga" nuestra indispensable jungla

El papa Francisco, desde el comienzo mismo de su pontificado y a conciencia, abrió varios frentes, a cual más espinoso. Son temas acuciantes para la humanidad, ante los cuales la Iglesia no puede estar ajena y tampoco en silencio. Asuntos como las armas, las mafias, la trata de personas, el descarte de los pobres, el olvido de los ancianos, los migrantes, la pederastia que ha entrompado sin vacilación y hasta la dañina y aniticristiana chismografía han estado en la mira del pontífice.

Pero es seguro que será recordado como el Papa que puso sobre el tapete el cambio climático y sus terribles efectos sobre la «Casa Común». Ha llamado “pecado”, con todas sus letras, la agresión contra el ambiente y el desprecio por el equilibrio ecológico y ha sido el primero que generó una encíclica («Laudato Sí») para impactar al mundo acerca de las consecuencias de nuestra negligencia.

Un «lío» justificado

Y ha hecho lío, como él mismo recomendara una vez a los jóvenes del mundo. Ha armado un jaleo que hoy ya lleva dos cumbres climáticas y un sin número de reuniones internacionales donde no ha tenido problema en participar, pronunciarse, exhortar y hasta sentenciar sobre lo que está pasando con nuestro planeta, un regalo de Dios que estamos a punto de volver trizas.

Siendo temas peliagudos, es lógico que toda una campaña de insultos, tergiversaciones,  y  burlas se haya desatado para manipular a la opinión pública. Son temas que enfrentan a poderosos intereses. Pero temas sensibles a las mayorías y el Papa lo sabe. 

La gente está seriamente preocupada por lo que está ocurriendo con el clima, lo vive, lo sufre. Es inocultable. No se puede sofocar a punta de hegemonías comunicacionales. También sabe que quienes pueden hacer algo al respecto son los que tienen en sus manos las decisiones. Y ha resuelto colocarse frente a ellos, con las verdades del mundo en la mano, dando voz a los que no la tienen en los escenarios donde esas decisiones pueden ser asumidas, en conjunto y sin dilaciones.

Suponemos que, en tiempos en que Nuestro Señor Jesucristo andaba por el mundo y lanzaba auténticos dardos contra los convencionalismos vigentes, la chismografía y la habladuría, las imprecaciones, falsedades y mofas lo tendrían como blanco. Tanto así fue el «lío», que paró en la Cruz. 

Pero quedan sus enseñanzas y advertencias, escritas para todos los tiempos.  Aquello de que los últimos serán los primeros, de que lo poco que entregó la viuda valía más que cualquier abultada donación, que la hipocresía es un pecado grave, que el templo no es para mercaderes, que un camello pasa primero por el ojo de una aguja…y que el sábado es para el hombre y no al revés, todo eso debió hacer reverberar tímpanos y conciencias. Pero él no se callaba.

Al Papa, hoy, le pasa lo mismo. Pisa callos y lanza dardos que van al corazón de un mundo que se ha entregado al beneficio y a la comodidad, que prefiere colocar tapones en sus oídos que escuchar la queja de una naturaleza agotada; que no le parece políticamente correcto lo que el pontífice señala.  

¿Es que podríamos imaginar a Jesús en este mundo, cobijado en la corrección política, diciendo cosas diferentes y en tono distinto a como lo hace el papa Francisco? Tal vez sería mucho más duro y lo que sí podríamos perfectamente imaginar es a los mismos críticos de entonces, hoy envueltos en el manto engañoso y puritano con que se cubren los autodenominados custodios de la verdad.

Ya lo ha dicho el padre Lombardi -muy experimentado gestor comunicacional de la Santa Sede- que los últimos papas han sido grandes comunicadores, cada uno en su estilo, pero todos con un mensaje claro que  comprenden los que tienen ojos y oídos abiertos a la Verdad.

Y lo que entendemos sin mayores dificultades es que la alerta del Papa, sus desvelos, sus recriminaciones, tienen el mayor sentido. Él escucha el grito del planeta y no le es indiferente.

La Amazonía es un clamor

Ha sido una alerta continua lo de la Amazonía. Todo pasa a gran velocidad. Entre 2011 y 2015 se había perdido 7% de nuestros bosques, y entre los años 2006 y 2010 se había perdido 18%; y hoy la realidad es que solo entre 2016 y 2020 en el país se perdió 28% de la jungla amazónica.

Tan grave es el problema que el Instituto Latinoamericano de Investigaciones Sociales (Ildis) -la oficina de la Fundación Friedrich Ebert (FES) en Venezuela- organizó un seminario con varios especialistas para conocer las implicaciones en el país, los retos y cómo contribuir para disminuir estos efectos e impactos causados por el cambio climático. 

Varios especialistas participaron y el diario El Correo del Caroní (estado Bolívar) cita a Tina Oliveira-Miranda, representante del Programa de Monitoreo Socioambiental  de la Amazonía Wataniba, quien aporta la grave cifra poniendo énfasis en la velocidad con la que este proceso está teniendo lugar; lo que afecta a la cantidad de carbono que se pierde.

Se está deforestando en las cabeceras de las cuencas y ello afectará gravemente la capacidad de los bosques para mantener el equilibrio de fijación y liberación de carbono, por la pérdida en la capacidad para captar agua con todas las consecuencias que implica.

Habrá lluvias extensas o sequía, inundaciones, crecida de ríos, pérdida de la fertilidad del suelo. Ya hay todo eso y más. Otros participantes en el encuentro, como Rafael Javier Rodríguez, profesor de la Universidad Centro Occidental Lisandro Alvarado, explica que el cambio climático «va a reducir la productividad agrícola, la estabilidad de la producción y, en consecuencia, los ingresos de los productores del campo”. Cambiarán los patrones de temperatura y podrían aumentar entre 1,5 y 2 grados centígrados y una disminución de las precipitaciones de entre 15 y 20%. Aumentarán los incendios forestales y subirá el nivel del mar. Lo cual no es poco, aunque se diga fácil.

El pulmón respira mal

Hemos escuchado mucho que los gases con efecto invernadero son responsables del cambio climático. Parece poco lo que se ha hecho para disminuirlos o eliminarlos. Pero ya es  mucho el perjuicio que ha causado. El pulmón vegetal del mundo está respirando mal. Y es grave pues la selva tropical suministra humedad a toda Sudamérica, influye en las lluvias de la región, contribuye a la estabilización del clima global y posee la mayor biodiversidad del mundo.

Los ríos voladores

La DW publicó en 2019 un reportaje de Priscila Jordao donde se explica como los llamados «ríos voladores», es decir, las masas de aire cargadas con vapor de agua producido por la evapotranspiración, transportan la humedad a grandes partes de Brasil. Estas enormes nubes de lluvia también influyen en la precipitación en Bolivia, Paraguay, Argentina, Uruguay e incluso en el extremo sur de Chile.

Y cita un estudio del instituto estatal de investigación INPA, según el cual un árbol de 10 metros de diámetro puede soltar más de 300 litros de agua a la atmósfera en forma de vapor al día, más del doble de lo que un brasileño consume diariamente. La preservación de la Amazonía es esencial para la agricultura, la producción de alimentos y la producción de energía de Brasil. La deforestación interrumpe la evapotranspiración, daña la extensión de los «ríos voladores» y afecta a las precipitaciones en muchos países de América del Sur. Además, la Amazonía es responsable de casi una quinta parte del agua que llega a los océanos.

Peligro viejo, alerta nueva 

En pocas palabras, la importancia de la región va más allá de los ocho países que abarca. Además de ser el hogar de una de cada 10 especies que lo habitan, ayuda a estabilizar el clima a nivel mundial.

Según el World Wildlife Fund (WWF), la Amazonía es la selva tropical y el sistema fluvial más grande que existe. Además, es el lugar con mayor diversidad biológica del mundo: una de cada diez especies conocidas en la Tierra habita allí.

Pero el peligro vinculado a la Amazonía no es nuevo. Desde el año 2000, las lluvias en esta región han disminuido hasta un 69% y WWF estima que para el 2030, el 27% de este territorio se quede sin árboles si su tasa de deforestación continúa. La gran amenaza  es la  interrupción de las redes de agua y bosques de los que depende la vida silvestre. Además, las temperaturas más cálidas y menos lluvias han producido sequías de proporciones históricas.

Estabilizador del clima

Sobre el cambio climático, el dato es claro:

“La Amazonía y las selvas tropicales, que almacenan entre 90 y 140 mil millones de toneladas de carbono, contribuyen a estabilizar el clima mundial. La selva amazónica por sí sola representa el 10% de la biomasa total del planeta. Por otra parte, los bosques deforestados son la mayor fuente de emisiones de gases de efecto invernadero. La deforestación para obtener tierras para la agricultura libera gases de efecto invernadero a la atmósfera y desestabiliza el clima”.

Aún así, Oliveira-Miranda dice que por la integridad del ecosistema que aún existe es posible hacer algo.  Y ese “algo” lo define  con precisión el arquitecto  venezolano Domingo Acosta, especialista en diseño sostenible: combatir la desigualdad y la pobreza, cambiar el modelo económico predominante, tener diseño y tecnología para la regeneración, intensificar las políticas ambientales y abordar con urgencia los más graves problemas ecológicos del entorno.

Y vale la pena. También vale la preocupación del Papa y el puesto que le ha conferido entre las prioridades de su pontificado. La Amazonía situada en el corazón de América del Sur constituye una de las regiones de mayor importancia ecológica y estratégica del mundo, su situación geográfica, su composición etnocultural y su gran diversidad de ecosistemas la convierten en uno de los lugares de mayor atractivo científico, económico, turístico y religioso.

No es por falta de campanadas que hemos llegado a un punto en que el deterioro nos coloca ante posibles tragedias ambientales y humanas. Los científicos y conservacionistas han venido avisando. Escucha quien quiere escuchar. Francisco ha querido hacerlo.

¡Razón tiene el Papa!

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