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Los santos ángeles y las celebraciones en torno a los muertos

Adam Jan Figel | Shutterstock

Fernando Cárdenas Lee, Foyer de Charite - publicado el 05/11/21

En lugar de ponerte máscaras, muestra tu verdadero rostro y deja que Dios lo ilumine para siempre

Considerar que el mundo de los ángeles es “muy bonito”, pero que tiene muy poco que decirle al hombre contemporáneo, es olvidar uno de los aspectos más atrayentes de la devoción a estos seres espirituales: los ángeles se interesan por cada todo lo que le ocurre al hombre.

Nada de lo que pasa a los hombres es indiferente a los ángeles. En ellos no existe la indiferencia.

Pues bien, en este sentido, se puede pensar que el Día de Muertos, Halloween y las fiestas en torno a los difuntos, no deja indiferente a tu ángel de la guarda, y él tendrá cosas que enseñar y mostrar.

Con esa luz del ángel, quisiera iluminar dos aspectos característicos de estos días de noviembre:

La máscara

Uno de los distintivos de las celebraciones en torno a los muertos es el uso de la máscara. Hay máscaras de fantasmas, monstruos, superhéroes, etc.

La máscara nos hace pasar inadvertidos y nos sumerge en el anonimato: somos uno más dentro del montón de otros que igual usan máscaras para ocultar su rostro.

Este pasar ocultos, esconder el rostro, ¿acaso no es lo que hicieron Adán y Eva, después del pecado original, que salen a esconderse de Dios?

Y recorriendo la historia de las criaturas espirituales, recordemos que al demonio se le presenta con un número, 666; como aquel que no tiene nombre, sino que es un número, como aquel que ha perdido su rostro, su identidad y se ha perdido en el anonimato al ser un número más.

El rostro de Dios

Benedicto XVI ha dicho que el cristianismo es la religión del Dios que tiene un rostro humano.

Y no sólo eso, sino que ese Dios ha querido que cada hombre refleje su rostro, en especial los que sufren y los excluidos, y de modo eminente los santos.

Dios es un rostro y busca nuestro rostro, ha señalado el Papa emérito.

Dios no quiere que te escondas, Dios no quiere que pases como uno más entre el montón y que pierdas tu identidad; Dios quiere ver tu rostro.

El busca ver tu rostro, pues en tu rostro ve el rostro de un hijo amado, pensado y creado por amor.

No te escondas

Si estamos llamados a reflejar el rostro de Dios, si Dios mismo busca nuestro rostro, entonces ¿por qué esconderse bajo formas de monstruos y fantasmas?

Atrás de ello, podemos contemplar esa historia de la mayor y más radical transformación: la de Lucifer.

Una criatura creada como luz, y prefiere las tinieblas para esconderse de Dios por toda la eternidad.

Esta transformación para el mal de los demonios es lo que hace que sean descritos como seres tenebrosos, dragones, perros negros, lobos de fuego, serpientes.

El diablo en los monstruos

Se cuenta de san Antonio Abad, que en una lucha que sostuvo contra los demonios, el lugar se llenó de leones, osos, leopardos, toros, serpientes, áspides, escorpiones y lobos.

El león rugía, deseando atacar; el toro se preparaba para embestir con sus cuernos; la serpiente se arrastraba buscando un punto de ataque y el lobo gruñía rodeándolo. Todos estos sonidos eran aterradores.

El Padre Gabriel Amorth recordaba que al Padre Pío el diablo se le aparecía en la forma de un gato negro o como algún otro animal repugnante. Con estas apariencias intentaba llenarlo de terror.

Fantasmas vacíos

Nosotros los hombres, creados a imagen y semejanza de Dios, llamados a reflejar el rostro de Dios, encontramos el fundamento de nuestro ser precisamente en la relación con Dios, en ser de Dios y estar orientados a Dios.

Si negamos esto, lo que hay es un vacío, y en palabras del teólogo Romano Guardini, el hombre se convertiría en un fantasma.

Vaya, vaya: ¿fantasma?, ¿no ves alguna coincidencia con las máscaras de fantasmas del Halloween?

Protege tu rostro

Dios envió a su Hijo Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, para enseñarnos a presentarnos con nuestro rostro, para buscarlo a Él con un rostro humano y prestarle nuestro rostro, sin máscaras.

Quítate las máscaras que Dios quiere ver tu rostro, ese rostro que tu ángel de la guarda contempla a la luz de Dios (Mt 18,10).

Tu ángel ve la dignidad de tu rostro y quiere defenderlo y protegerlo, y busca que no lo ocultes, sino que brilles con tu rostro.

Halloween te dice: ponte la máscara, y Dios te dice: quiero ver tu rostro. Halloween te dice: disfrázate como los demás, y entra en el anonimato, y Dios te dice: te he llamado por tu nombre, y tienes una dignidad única y personal.

El brillo de los santos

Otro aspecto característico del Halloween es que se ha deformando lo que originalmente era: la celebración de la víspera de la solemnidad de todos los santos.

Los santos, ha escrito el papa Francisco, son el rostro bello de la Iglesia. Y volvemos, el rostro, no la máscara.

Los santos son aquellos que han expuesto su rostro ante Dios, y han permitido que la gracia de Dios los trasformara.

En ellos brilla el rostro luminoso y transformador de la gracia alcanzada por Cristo en su misterio de la pasión, muerte y resurrección.

En palabras un poco más sencillas: los santos son aquellos que han expuesto su rostro ante Cristo, y han sido trasformados por el fuego del amor de Dios.

Ángeles de vida, no de muerte

Halloween proclama con sus máscaras la muerte, el decaimiento, la derrota. En cambio los santos que celebramos el 1 de noviembre manifiestan la vida, la inmortalidad, la resurrección.

¿Acaso, entonces, Halloween, no está mandando un mensaje -con sus pésquelos y fantasmas, y brujos-, que el hombre no puede vencer la muerte, y que la última palabra es la muerte a la que hay que celebrar?

Los ángeles anuncian la resurrección de Cristo y proclaman que Cristo no está en la tumba, sino que ha resucitado.

Son los testigos de esa victoria sobre la muerte y el poder transformador del poder de Dios. Ese es el mensaje de los ángeles en la resurrección de Cristo.

Prefiero mil veces más celebrar la vida y el triunfo de la vida, y la inmortalidad, a ver fantasmas y monstruos.

¿Y de la máscara? Ni usarla, me pondré ante Dios como soy, con mi pequeñez y debilidad, y le rogaré que me trasforme porque quiero la santidad y la vida que Él me viene a dar.

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